Luchar contra el terrorismo

Sami Naïr es eurodiputado y profesor invitado de la Universidad Carlos III (EL PAIS, 06/05/04)

España está en el ojo del huracán. Ya era víctima de ETA y ahora, desde que el Gobierno de José María Aznar se alineó incondicionalmente con la política imperial de Bush, se ha convertido en objetivo del terrorismo integrista. Era lo que le faltaba. Un ciudadano iraquí de a pie, preguntado por un periodista de The New York Times, pronuncia como cosa evidente la siguiente frase: “Nuestros enemigos, América, Gran Bretaña y España…”. ¡España, enemiga!

En esa región había una pelea a muerte entre los nacionalistas árabes, partidarios de la lucha política y la modernidad, y los integristas islámicos, recluidos en sus montañas o en los hoteles de cinco estrellas de las ciudades, y llenos de una ira reaccionaria y de resentimiento contra el desorden del mundo. Los primeros sufrían la dictadura de Sadam Husein, pero defendían el régimen laico iraquí; los segundos no luchaban contra el despotismo, pero aguardaban su caída para aprovecharse del caos resultante. Hacían bien: Bush y sus aliados les han facilitado el trabajo. No hay más que fijarse en una cosa: ayer hablábamos de iraquíes, hoy no hablamos más que de “suníes”, “chiíes” y “kurdos”. Estados Unidos, desde luego, ha perdido la guerra, como era previsible, pero a cambio ha ganado en lo peor: la confesionalización del conflicto. Y, con ello, los estadounidenses han logrado además otra proeza: hoy, la guerra se ha generalizado, ha salido de Irak para extenderse a toda Europa, América, Asia, África. Ésa es la diferencia con la guerra de Vietnam, que sólo se desarrolló en territorio indochino. Y vivimos con el miedo al terrorismo. Los que han alimentado el fuego, los Bush-Blair-Aznar-Sharon, no van a ayudarnos a apagarlo.

Lo más grave es que el terrorismo no provoca sólo la muerte de inocentes, sino que también aviva el odio indiscriminado por parte de los que viven. Incluso aunque se diferencie el islam del terrorismo, con un esfuerzo de lucidez y autocontrol, ¿quién no piensa, de todos modos, que el terrorismo tiene algo que ver con el islam? Con lo que todos los musulmanes se convierten en posibles sospechosos. La victoria de los fundamentalistas estadounidenses que rodean a Bush, independientemente de que procedan del protestantismo, el judaísmo o el marxismo, consiste en haber conseguido que el fundamentalismo musulmán, antioccidental, antisemita y devastador, que era muy minoritario, se haya transformado ahora en un peligro mundial. Estamos atrapados en el círculo salvaje de los fundamentalismos. Estamos atrapados en su estupidez, su ceguera, su violencia. ¿Cómo luchar contra el terrorismo de los asesinos? ¿Cómo luchar contra la ceguera de quienes nos gobiernan y nos han encerrado en este círculo mortal?

Una actitud de firmeza sin vacilaciones debe empezar por ser firme contra los terroristas, no porque, al defender la democracia, defendemos el mejor sistema que existe, sino porque el terrorismo indiscriminado viola un principio elemental de humanidad: está moralmente prohibido agredir a ciudadanos indefensos. Si hay un principio sagrado que debemos defender, es ése. Esta firmeza antiterrorista debe asentarse en el contexto de la ley. No es el Estado el que debe hacer justicia, es la propia justicia la que debe hacerla. Esto implica varias cosas: la cooperación entre todas las policías del mundo, entre la policía y la justicia de cada país, y entre la policía, la justicia y la población en todas partes. Porque estamos ante una guerra sin rostro, y los ciudadanos son las primeras víctimas.

Implica también el control de las fronteras, pero un control que no debe convertirse en humillaciones repetidas de los ciudadanos procedentes de países “de riesgo”, ni mucho menos por el color de su piel o su supuesta confesión religiosa. Ahora bien, la verdadera guerra contra el terrorismo se libra en los lugares de los que el terrorismo saca sus fuerzas: el sistema financiero internacional, los circuitos oscuros del dinero, las bodegas malolientes de la globalización liberal. En este aspecto, es obligado destacar que, por más que Bush saque pecho, Estados Unidos y otros países se benefician de las oscuridades del sistema financiero internacional. A nadie le interesa, en realidad, que la transparencia de los flujos de capitales y la especulación financiera se conviertan en norma en las relaciones económicas mundiales. Y los integristas aprovechan para poner en circulación sumas astronómicas que les permiten corromper a intermediarios, comprar armas en el lugar mismo de sus crímenes, reclutar asesinos y financiar actividades religiosas propicias al desarrollo del fanatismo.

Sobre todo, no hay que equivocarse de adversario. Ésta no es una batalla entre la “civilización” y la “barbarie”, como afirma tontamente Bush. No es un choque de culturas, y no hay nada más peligroso que hacer creer que se trata de una lucha entre el islam y Occidente. Los integristas representan una versión fascistoide dentro del islam, igual que los fascistas y los nazis representaban una versión totalitaria dentro de la democracia europea. Hacer creer que los terroristas islamistas manifiestan una versión “radical” del islam es darles la legitimidad que buscan y, además, hacer que las poblaciones musulmanas se solidaricen con ellos. Lo que hay que hacer es exactamente lo contrario: “No sois musulmanes, no sois más que asesinos y se os tratará como tales”. Así es como reaccionan los países musulmanes que luchan contra este terrorismo, y tienen razón.

Debemos aislar a los integristas y arrebatarles toda fuente de legitimidad, como quien le quita el agua al pez. Los caldos de cultivo del terrorismo son conocidos: la miseria, el subdesarrollo y el resentimiento que eso provoca en un mundo globalizado. Los programas de televisión exhiben en los países pobres la cultura de las ventajas de la vida cotidiana en los países ricos. Y no se les ofrece ninguna vía de acceso a esa riqueza. Al contrario, la patriotería de la prosperidad nos empuja a considerar la inmigración como una amenaza y convertir Europa en una fortaleza. Es la vuelta del colonialismo, disfrazado de lucha por la democracia y los derechos humanos. En nombre de esos “valores” y la mentira de la eliminación de “las armas de destrucción masiva” se invadió Irak. Resultado: fracaso de los invasores, guerra civil en perspectiva. ¿Quién juzgará a esos grandes mentirosos que son Bush, Blair y Aznar? Eso sí, mientras tanto, Irak ya está colonizado: su petróleo ya está totalmente en manos de los estadounidenses. Hace falta estar especialmente lleno de prejuicios para pensar que las poblaciones musulmanas no se dan cuenta. Y, aunque no tengan nada que ver con el terrorismo, nunca aceptarán esa situación. Del mismo modo que nunca aceptarán el doble rasero en relación con Palestina: ¿por qué no se aplica allí ninguna resolución de la ONU? Basta con darse una vuelta por lo que se llama la “calle” árabe para comprender que allí nadie cree ya en la justicia internacional, violada tanto en Palestina como en Irak. Hace años que el Gobierno egipcio pide la convocatoria de una conferencia internacional para luchar contra el terrorismo, pero Estados Unidos e Israel se oponen porque tienen miedo de que se mencione la actitud del Estado hebreo en Palestina. Todo el mundo sabe que los asesinatos “extrajudiciales” de los militantes palestinos son también actos de terrorismo internacional.

Luchar contra el terrorismo es abordar el problema de frente y en toda su complejidad. El terrorismo integrista no tiene nada que ver con el terrorismo vasco: unos están tan locos como otros, pero obedecen a lógicas totalmente distintas. El terrorismo integrista debe combatirse en todas sus dimensiones, y la de sus causas profundas no es precisamente la menor. Entre las injusticias cometidas contra el mundo árabe-musulmán, los terroristas crecen como plantas venenosas en un terreno envenenado por defoliantes. Nunca repetiremos demasiado que la mejor garantía de la seguridad es la justicia. Sin justicia, no hay paz ni tranquilidad. La diferencia fundamental introducida por la globalización liberal y la época reciente es que la guerra, ahora, se puede globalizar sin esfuerzo; la asimetría entre las fuerzas puede favorecer tanto a los fuertes como a los débiles. “Vuestros bombardeos superavanzados tienen efectos sangrientos sobre nuestras poblaciones civiles, y decís que los lleváis a cabo en nombre del derecho; nuestras bombas artesanales causarán el mismo mal entre vuestras poblaciones”. Esta lógica del talión y el terror se alimenta de la injusticia. Los países democráticos no tienen más remedio que resolver la cuestión de la justicia internacional para quitar credibilidad al discurso engañoso de los fanáticos, que utilizan la injusticia para imponer su fanatismo. Deben mostrar a las víctimas de los nuevos imperialismos y colonialismos que están con ellos. Deben distanciarse con claridad de la política imperial de Washington y sus aliados. Durante el debate del Consejo de Seguridad, en febrero, se constituyó una coalición de Estados contra la violación del derecho internacional. El ministro francés de Asuntos Exteriores había expresado su temor por las aterradoras consecuencias que la decisión de Estados Unidos iba a tener para el resto del mundo. Por desgracia, tenía razón. Hay que hacer que Estados Unidos vuelva al marco del derecho internacional. Es la única forma de obtener la adhesión de todos los pueblos en la lucha contra el terrorismo internacional.

En España, la cuestión iraquí se ha convertido en un problema crucial. Todo el mundo lo tiene claro. El nuevo Gobierno fue elegido como señal contra la mentira de Estado y la manipulación. José Luis Rodríguez Zapatero acaba de devolver su honor a España, respetando su promesa de retirar las tropas españolas de Irak. Con este gesto, también hace un inmenso favor a las fuerzas democráticas estadounidenses que quieren, en contra de la Administración de Bush, que las Naciones Unidas encaren el asunto. El gesto de Zapatero desencadenó varias reacciones, como la decisión de Honduras, República Dominicana y Nicaragua de retirar sus tropas de Irak, o la de Romano Prodi, presidente de la Comisión de Bruselas, que ha felicitado al Gobierno español por su decisión. Éste lleva consigo las esperanzas de los que quieren reanudar el diálogo con el mundo árabe-musulmán, volver a encontrar el camino de la solidaridad europea, establecer relaciones sanas con EE UU. Y, sobre todo, hacer que la justicia sea la norma de las relaciones internacionales. Es la mejor manera de luchar contra el terrorismo.