Lucia de Medrano

El ejemplo y, sobre todo, el sentido de patronazgo de Isabel I, reina de Castilla (1451-1504), produjo un fuerte impacto que conmovió el ámbito social de su tiempo, de modo particular el femenino, gracias a la atención y al modelo personal de la Reina, que procuró extraerlas del peso de ser ignorantes para poder ser virtuosas. Muchas mujeres intelectuales que adornaron con sus saberes y sus conocimientos la Corte fueron modernas y brillantes figuras, que encontraron la comprensión, ayuda y empuje incondicionales característicos de Isabel I, en la que siempre encontraron el apoyo para superar el terror, acaso por timidez y miedo, a llegar al final del impulso vocacional, sin temer la crítica social.

Es éste el caso de Lucía Medrano, que a los veinticinco años de edad fue catedrática de Salamanca. De ella se sabe poco; casi todo a través de la correspondencia de Lucio Marineo Sículo, especialmente en relación con sus clases y lecturas en la gran Universidad española de Salamanca, en el momento en que se produce una renovación de los estudios universitarios y se comienza a orientar los «studia humanitatis» como un nuevo modo de entender la cultura en cuanto resultado del ejercicio de libertad intelectual en todos los campos del saber. Como representación específica en la Universidad de los saberes humanísticos en toda la dimensión de los saberes: teología, filosofía, derechos, estudios clásicos, medicina. Una verdadera explosión de conocimientos y saberes.

La Reina Isabel era una entusiasta del nuevo modelo educativo y comprendió rápidamente que éste no debía ser privativo de los varones; se rodeó de damas; se preocupó de que recibiesen instrucción; como dice el latinista Lucio Marineo Sículo en «De rebus Hispaniae Memorabilibus», Isabel «educaba a sus expensas gran número de damas a quienes distinguía con un trato llano y familiar…». Una de esas damas fue Lucía de Medrano. A los veinticinco años leía y comentaba públicamente los autores latinos con ejemplar elocuencia y sabiduría.

Nació en Atienza el 9 de agosto de 1484, en una familia de linaje noble. Fue catedrática de Retórica en la Universidad de Salamanca. Existen datos de humanistas de la época que recogió con su gran erudición don Marcelino Menéndez Pelayo. El linaje Medrano es uno de los Doce Linajes de Soria, cuya nobleza es tan notoria que «no hay casa en España que más lo sea». Colegas universitarios de Lucía, como fueron Pedro de Torres y Marineo Sículo, han dejado testimonio.

Sólo rasgos acerca del magisterio universitario, suficientes sin embargo para exponer el hecho de una mujer, con capacidad de magisterio en la Universidad de Salamanca, nos permita defender, cómo en la España de los siglos XV y XVI existe ya en lo que se refiere al magisterio un dualismo gnoseológico de principio en el que la filológica distinción griega entre «episteme» (ciencia, saber, investigación) y «doxa» (opinión), significaba dos formas típicas y diferentes de poseer el saber científico y el fundado en prejuicios subjetivos que en tal terreno diferenciaba el sexo masculino del femenino. Ello supone una evidente muestra de modernidad: el conocimiento objetivo que en la tradición aristotélica supuso una tradición en la Escolástica medieval, acuñado en el aforismo «singularibus non est scientia», sin asentar en planteamientos biológicos capaces de imponer crítica expiatoria para las mujeres en el máximo orden del saber y la educación formativa.

La equiparación de varones y damas fue un hecho absolutamente real y efectivo en la España de los Reyes Católicos. En Salamanca se profesaban cátedras de griego y hebreo, cuando en París y Oxford comenzaba la batalla de los nuevos estudios. El impulso de la Reina, extendiendo la equiparación de sexos en el desempeño de cátedras, no se negaba, antes bien se las apoyaba para el desempeño de la enseñanza superior en el gran Renacimiento humanista español del gótico renacentista. Evidentemente, todavía en esa época y sobre todo cuando se perdió el apoyo feminista de la Reina Isabel, se impuso la designación masculina de profesorado, pero ya se abrieron puertas a través de las cuales se singularizó primero y multiplicó después la colaboración y actividad directa de mujeres, generalmente damas virtuosas, que ya llegaron a establecer en la segunda fase de la literatura de Santa Teresa de Jesús, no en la fundacional sino en la religiosa y literaria, las líneas de colaboración, realización y admisión de mujeres generalmente religiosas y con fundamentos escolásticos, de una importante serie valorativa literaria que también pudo apreciarse con la participación mucho más activa de religiosas en las labores de enseñanza universitaria. De modo particular, curiosamente, en la literatura jurídica canónica que, como es sabido, fue la primera literatura en la que se extendió la participación de las mujeres.

Mario Hernández Sánchez-Barba, Catedrático de Historia de América. Universidad Francisco de Vitoria.

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