Lula contra Bolsonaro… y la Iglesia, las élites y el Ejército

El próximo 2 de octubre, Brasil irá a las urnas para resolver la contienda entre dos candidatos, Jair Bolsonaro y Lula da Silva, que simbolizan las tensiones sociales del país.

Brasil es el coloso de América del Sur y uno de los países más relevantes en la definición del sur global y de sus estrategias por su peso regional y su pertenencia al grupo de los BRICS. Un club de economías y poderes emergentes en el que comparte espacio con Rusia, China, India y Sudáfrica.

Restaurada la democracia en 1985, en Brasil afloraron tensiones sociales muy profundas. Tensiones que no han encontrado solución definitiva a lo largo de estos 37 años.

Por un lado, la religión, dividida entre el catolicismo ancestral y el creciente fervor evangélico (aproximadamente un 30% de la población), ambos ligados a posturas conservadoras de renovado ímpetu y con una creciente presencia de la política en los pulpitos.

En segundo lugar, el modelo productivo de un país tan rico como frágil en su equilibrio ecológico. A pesar de años de eficaces políticas para la superación de la pobreza, Brasil sigue siendo el país más desigual de América Latina, víctima de una profunda tensión entre extractivismo y protección ambiental.

Finalmente, la tensión derivada por la inseguridad ciudadana. Las favelas brasileñas han sido durante años uno de los mejores ejemplos de la fatal convergencia entre ausencia del Estado, violencia, pobreza y militarización.

La desesperante criminalidad empuja a la ciudadanía a desconfiar de sus conciudadanos, especialmente si son jóvenes, negros y/o pobres. También favorece propuestas políticas de mano dura que prometen soluciones rápidas y fulminantes, pero que se revelan ineficaces y que generan agravios mayores que los que pretenden evitar.

Las tensiones en estas tres dimensiones también revelan cuáles son los tres pilares del poder en Brasil. La iglesia (o, mejor dicho, las iglesias), la élite económica y los militares.

Tras resultar ganador en cuatro elecciones (2002, 2006, 2010 y 2014), sacar del poder al Partido de los Trabajadores se convirtió en una obsesión para los líderes de los tres estamentos. El proceso de destitución de Dilma Rousseff y la persecución judicial contra Lula da Silva consiguieron temporalmente su cometido y permitieron el ascenso del exmilitar Jair Bolsonaro.

Bolsonaro fue una estrategia de algunos sectores de la derecha, que vieron en él a un candidato tan singular como para emprender una campaña basada en propuestas autoritarias y noticias falsas. También creyeron, falsamente, que podrían controlarlo y, tras la campaña, moderar su discurso.

A su vez, muchos brasileños decepcionados por la mancha de corrupción sobre el Partido de los Trabajadores se escoraron hacia la antipolítica.

Pero el deterioro institucional y la profundización de las brechas sociales han sido el resultado de la mala gestión de un presidente al que no ha parecido importar su condición de paria internacional. Por el contrario, Bolsonaro ha profundizado en la ruptura con otros países del Mercosur, como Argentina, se ha acercado sin reparos a Donald Trump y departido estrechamente con Vladímir Putin.

La pandemia de Covid-19 afectó gravemente a Brasil, que vio morir a más de 600.000 ciudadanos mientras su presidente fantaseaba con remedios milagrosos o negaba la existencia de la pandemia.

Pero no sólo eso. Las instituciones brasileñas se han debilitado, la presencia de militares en cargos civiles es creciente y preocupante, la educación pública ha perdido ingentes recursos e incluso la selva del Amazonas ha vuelto a los peores años de deforestación y deterioro ambiental.

La Universidad de Oxford estima además que las emisiones atribuibles al Gobierno de Bolsonaro, sobre la base de los compromisos climáticos actuales, causarán en todo el mundo más de 180.000 muertes relacionadas con el calor durante los próximos 80 años.

Sin embargo, no todo han sido perdidas. Las transferencias dinerarias a las familias más pobres que se iniciaron durante el Gobierno de Lula da Silva a través del programa Bolsa Familia no sólo se han mantenido, sino que han aumentado. Auxilio Brasil, como rebautizó el programa Bolsonaro, ha aumentado este último mes en un 50% la cuantía de los subsidios, pero sólo mantiene su existencia hasta pasadas las elecciones. Las transferencias condicionadas se han convertido en un arma electoral.

Bolsa Familia fue un programa muy eficaz para la superación de la pobreza. Con una inversión del 0,5 del PIB llevó a millones de personas a alcanzar la clase media y mejoró otros muchos indicadores sociales. Las encuestas electorales que dan una victoria relativamente holgada a Lula da Silva en la segunda vuelta recogen la voz de miles de brasileros que aspiran a volver a los años de crecimiento y protección social durante los que gobernó el exsindicalista.

Sin embargo, ni siquiera la vuelta del carismático político podrá traer de vuelta las circunstancias de la primera década del siglo XXI y el ciclo favorable de las materias primas. El mundo de hoy es muy distinto. Y aunque la invasión de Ucrania abre posibilidades a la participación sudamericana en la redistribución del mercado de algunas de esas materias primas, el saldo social de la pandemia, la incertidumbre y la inflación (10,6% en 2021 y un 9,5% previsto para 2022) lastran el futuro.

Lula da Silva sigue siendo un líder audaz y carismático a sus 77 años, pero sobre todo es pragmático. Lejos de encerrarse en su ideología, es un hábil creador de alianzas que incluso ha conseguido involucrar en su campaña a antiguos bolsonaristas descontentos.

En un Brasil donde las heridas sociales se han profundizado, Lula tendrá que presentar una estrategia nueva. Una estrategia que navegue la turbulencia económica y erradique toda sombra de corrupción, a la vez que intente coser las brechas sociales, incluso con los votantes más conservadores.

El mayor riesgo del proceso electoral brasileño, como ya ha ocurrido en otros escenarios, es la creciente presencia de discursos que alientan teorías conspiranoicas alrededor de la transparencia del proceso electoral. Si triunfa la desconfianza, desfallecerá la joven democracia. Bolsonaro no es conocido por su actuar responsable, por lo que Lula y en especial los distintos sectores de la élite que le acompañan deberán liderar la cordura y el respeto de las normas y las instituciones.

Hay grandes expectativas sobre el cambio de ciclo (de conservador a progresista) en América Latina. Sin embargo, y pese a las simpatías existentes entre los distintos Gobiernos, es de prever que el escenario doméstico robe buena parte de la energía de los nuevos líderes.

Asimismo, la importancia de la relación con China y la búsqueda de espacios propios de influencia harán de Brasil un actor menos previsible y tradicional, incluso aunque su próximo presidente sea de sobra conocido.

Erika Rodríguez Pinzón es doctora en Relaciones Internacionales, profesora de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y coordinadora de América Latina en la Fundación Alternativas.

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