Lula, otra vez

Por Fred Halliday, profesor visitante del Cidob (Barcelona), de la London School of Economics y del Institut Barcelona d´Estudis Internacionals. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 28/09/06):

No ocurre en todos los países del mundo que el presidente se presente a la reelección con un anuncio televisivo afirmando haber concedido un crédito para la creación de una fábrica de bikinis. Sin embargo, la cuarta democracia del mundo, donde el 1 de octubre se celebran elecciones a la presidencia, el Congreso Nacional y las gobernadurías federales, lo que importa es la credibilidad de las políticas nacionales y, por encima de todo, la política de empleo. Por ahora, Lula lleva camino de lograr el segundo mandato. De ahí el lema de su campaña: “Lula, otra vez”.

Durante los últimos cuatro años, el presidente se ha visto sacudido por una sucesión de escándalos financieros que han hecho mella en su imagen de honradez y probidad, cuando no la han desacreditado por completo. En los sectores acomodados y cultos, existe una gran desilusión por los casos de corrupción en curso y aún no resueltos y por las turbias vinculaciones entre el gobierno y los partidos políticos. Con todo, en los anuncios televisivos, Lula aparece relajado, casi campechano, hablando del éxito económico que ha aportado al país – donde la inflación es hoy inferior al 5 por ciento y el crecimiento aumenta-, así como de los dos millones de empresas – desde la fábrica de bikinis a los cibercafés pasando por los hogares campesinos- que se han beneficiado de sus políticas. Una de las paradojas de su popularidad como presidente es que, si bien sus orígenes están en el movimiento obrero organizado y representado por el Partido de los Trabajadores (PT) que él contribuyó a fundar a partir de una huelga de 140.000 obreros metalúrgicos en 1980 durante la dictadura militar (1964-1985), sus mayores seguidores proceden hoy de la amplia masa de brasileños más pobres, sin empleo ni ingresos seguros.

En una reflexión sobre este cambio durante un almuerzo en las afueras de Río, un viejo amigo y uno de los ministros de la minoría del Partido Comunista que participa en la coalición gubernamental, me cuentan que hoy en Brasil la clase trabajadora organizada es, en realidad, la clase media. El Partido Comunista, con unos 15 escaños en el actual Parlamento, ha permanecido leal a Lula y parece confiar en él para conseguir su principal prioridad estratégica, una política de desarrollo económico de base nacional y estatal.

La política brasileña ha recorrido mucho camino desde la inestabilidad del decenio de 1950, cuando el presidente Getúlio Vargas se suicidó de un tiro antes las presiones militares en 1954 (la camisa agujereada de su pijama y la pistola utilizada se exhiben en palacio Catete, el antiguo palacio presidencial de Río), y desde los años de la dictadura militar que gobernó el país por la fuerza y persiguió a los opositores liberales y de izquierdas. A diferencia de lo que ocurre en España, Italia o Chile, por ejemplo, en la actualidad no hay ningún partido influyente de la derecha tradicional, no hay ni ningún Aznar ni ningún Berlusconi: el principal oponente al que se enfrenta Lula es Geraldo Alckmin, del Partido de la Social Democracia Brasileña. Su anterior dirigente, el sociólogo Fernando Henrique Cardoso, fue presidente entre 1994 y el 2002 tras derrotar en las dos ocasiones a Lula y, en gran medida, consolidó el regreso del país a la democracia y a una economía liberal estable. El llamamiento de Alckmin a quienes apoyaron a Lula en el 2000 es claro: “Sólo hay tres cosas que uno hace en la vida: nacer, morir y votar al PT”.

De todos modos, Alckmin es diferente de Fernando Henrique: se trata de un antiguo dentista sin carisma y ex gobernador del Estado de São Paulo; no se ha deshecho del acento, el lenguaje corporal ni la imagen de la elite blanca paulista y no está en condiciones, ni en la televisión ni a los ojos de gran parte de la opinión pública, de rivalizar con el populista Lula. Sus anuncios televisivos, que parecen completamente dirigidos a las votantes, prometen una atención infantil, una sanidad estatal y un sistema asistencial más eficaces, uno de los (múltiples) puntos débiles de Lula. El lema de su campaña: “São Paulo funciona, Brasil no” se le ha vuelto en contra, dado que su etapa en el cargo ha coincidido con un gran aumento del crimen organizado en esa ciudad.

Algunas encuestas predicen una clara victoria de Lula en la primera vuelta, incluso con la entrada en liza de una importante tercera candidata, Heloisa Helena, senadora desde 1998 y crítica de izquierdas que rompió con el PT por sus políticas neoliberales y la corrupción. Candidata del Partido Socialismo y Libertad, articula parte del desencanto de la clase trabajadora ante las políticas centristas de Lula. Sin embargo, carece de un amplio seguimiento y, entre la clase media y los votantes liberales, debe superar el obstáculo de unas opiniones religiosas conservadoras sobre la familia, las mujeres y los homosexuales. Ha contribuido a inyectar pasión a la campaña electoral, pero no parece constituir un rival serio puesto que en las encuestas su apoyo no supera el 10 por ciento.

No deja de haber una trágica ironía en el modo en que Lula, la primera persona procedente de la clase trabajadora industrial en llegar a la jefatura del Estado en una democracia occidental, se ha convertido en objeto de continuadas críticas por motivos éticos. Tras varios intentos electorales en los que se presentó como modelo de gobierno honrado, Lula enseguida vio su presidencia y, sobre todo, su apoyo parlamentario envueltos en un conjunto de escándalos de corrupción; entre ellos, un caso de cuentas bancarias electorales secretas, la llamada “cuenta número 2”, y otro caso de pagos mensuales ilegales a miembros de otros partidos para conseguir su apoyo parlamentario al gobierno. Sus contrincantes hablan de tres tipos de personas corruptas en el entorno del presidente: los mensaleiros,los parlamentarios que aceptan un salario mensual (ilegal y no declarado) a cambio de favores políticos; los sanguesuccas,o sanguijuelas, como los parlamentarios que se han beneficiado de comisiones por la venta de ambulancias a los servicios sanitarios; y los vampiros,como los que practican otros tipos de corrupción.

Diversos personajes próximos a Lula en la jerarquía del PT se han visto atrapados en esos escándalos y son investigados. Sin embargo, Lula ha continuado afirmando que no sabía nada de todo eso y ha resistido a las voces que pedían su dimisión. No encontré a nadie en una semana en Brasil que creyera que Lula no supiera nada de esos pagos bajo mano, pero muchas personas sostenían que no se trata de un caso de corrupción personal del presidente, sino más del PT como partido; y que lo sucedido es, en términos legales, un delito menor y no uno grave. La cultura política brasileña, donde la cohesión parlamentaria es de lo más voluble, no resulta de ninguna ayuda. La imagen campechana transmitida por los anuncios televisivos y el tranquilo optimismo con que el presidente parece contemplar su segundo mandato están diseñados para confirmar esa actitud pública. Ni qué decir tiene que Lula y quienes lo rodean contraatacan con rapidez y declaran que, sobre el tema de la corrupción en la asistencia sanitaria, la mayor parte tuvo lugar bajo el presidente Cardoso y que el partido del antiguo presidente se vio envuelto en una gran cantidad de tratos turbios relacionados con la privatización de empresas estatales llevada a cabo durante su mandato. No cabe duda de que en algunos aspectos a Brasil le ha ido bien con Lula, que ha continuado más o menos las políticas introducidas por Cardoso, tanto en lo político como en lo macroeconómico. Las exportaciones están en auge y el país posee una saludable balanza por cuenta corriente. El peso del café en el conjunto de las exportaciones ha descendido del 53% hace cuarenta años al 2% actual. Los días de la inflación galopante y la crisis financiera parecen pertenecer al pasado.

Sin embargo, hay otras cuestiones, más preocupantes, que ni Lula ni sus predecesores han sido capaces de resolver. La delincuencia, en gran parte relacionada con la droga, continúa aumentando.

En el contexto latinoamericano, Brasil ve con alarma – y no le falta razón- las políticas del nuevo presidente boliviano sobre la nacionalización de los recursos energéticos, ya que su compañía energética nacional (Petrobras) posee importantes intereses en el país andino. “Morales va a tener que aprender”, fue la observación que oí más de una vez; y, de hecho, Brasil ya ha conseguido la destitución de Andrés Soliz, el ministro boliviano de Hidrocarburos responsable del proceso de nacionalización. Más allá del preocupante impacto de esos dirigentes regionales, también persiste la prolongada herida de Brasil con otro vecino, Colombia, un país desgarrado por la guerra y el narcotráfico: la lucha entre el gobierno colombiano y los rebeldes de las FARC se adentra a veces en territorio brasileño, y existe un gran flujo de drogas y armas desde Colombia hasta las favelas de Río y otras ciudades. Brasil ha tenido diferencias con Washington, en particular a propósito de las acusaciones de haber permitido la organización de terroristas entre los musulmanes chiíes que viven en el triángulo fronterizo compartido con Paraguay y Argentina.

De modo que el presidente y su equipo han cosechado unos resultados muy diversos y han desencantado a muchos; pero da la impresión de que Alckmin lo ha entendido mal y a la hora de votar a un nuevo presidente, en la segunda ronda del 15 de octubre e incluso ya en la primera, la mayoría de los brasileños volverá a votar por Lula. El anuncio de la fábrica de bikinis, al menos con una definición novedosa del microcrédito,probablemente no le vendrá mal.