Macron, absolutismo posmoderno

LA Constitución de la V República y la eficacia implacable de sus maniobras tácticas comienzan a ofrecer a Emmanuel Macron un poder «absoluto» al que no pueden aspirar Donald Trump, Angela Merkel ni ningún jefe de Estado o gobierno democrático.

El equilibrio de poderes federales de la República imperial norteamericana (Raymond Aron dixit), acota y recorta el poder del presidente más ambicioso, que puede llegar a perder su cargo, como le ocurrió a Ricard Nixon, forzado a dimitir tras una larga batalla perdida.

El modelo federal alemán obliga a la Cancillería a tomar decisiones forzosamente equilibradas, favorables a grandes pactos de Estado, políticos y económicos, incluso sociales.

En Francia, la Constitución de la V República instala al presidente electo en un pedestal único entre las democracias industriales avanzadas.

Jacques Chirac pudo ser presidente de la República, entre 1995 y 2007, perseguido judicialmente por delitos de corrupción tan graves como los que forzaron la dimisión de Nixon en 1974. La Constitución impidió que el presidente Chirac fuese juzgado y condenado por unos delitos de corrupción consumados siendo alcalde de París. Abandonado el Elíseo, Chirac fue juzgado y condenado a dos años de cárcel, con remisión de pena, por delitos de «extorsión de fondos públicos».

Caso único entre las democracias occidentales, el de un presidente protegido judicialmente por la Constitución, siendo conocidos los delitos cometidos antes de ser elegido. Los casos de corrupción durante las presidencias de Mitterrand y Sarkozy nos recuerdan, por otra parte, que los comportamientos delictivos de los hombres del presidente, instalados en el Elíseo, pueden beneficiarse del «escudo protector» del jefe del Estado.

Todo presidente electo de la V República tiene automáticamente poderes excepcionales: comandante en jefe de los ejércitos, puede tomar decisiones militares de primera envergadura; su gobierno y varios millares de cargos públicos, al más alto nivel, le deben unos puestos de los que pueden ser revocados con un gesto; todas las administraciones del Estado quedan bajo su benevolente o autoritario poder discrecional.

Concebida a imagen y semejanza del general De Gaulle, la Constitución de la V República «solo» tiene un freno relativo al poder presidencial: la Asamblea Nacional (AN), primera cámara del Parlamento francés. De Gaulle y el primer Mitterrand (1981) pudieron beneficiarse de unos batallones de diputados sumisos a la voluntad presidencial. Los diputados electos en la Asamblea Nacional son siempre elegidos con la etiqueta de «mayoría presidencial». Y una vez elegidos son «invitados» a la votación sumisa de los proyectos presidenciales.

Cuando un presidente francés pierde esa mayoría absoluta (Mitterrand y Chirac, a los dos años de ser elegidos), el aura del jefe del Estado queda mancillada. Y el poder absoluto se transforma en poder relativo. Cuando el presidente se enfrenta a una renuente mayoría absoluta, insensible a sus proyectos (Giscard, Sarkozy y Hollande, a los dos o tres años de ser elegidos), el presidente se ve forzado a pactar o recurrir a dos armas de disuasión política, las «ordenanzas» y el artículo 49.3 de la Constitución, que le permiten gobernar con decretazos sin gran debate parlamentario.

Si se cumplen las previsiones electorales, como ha ocurrido en Francia, sin excepción, desde hace cincuenta años, el presidente Macron tendrá dentro de veinte días unos poderes absolutos que solo tuvieron antes De Gaulle y Mitterrand.

Según todas las previsiones, las elecciones del 11 y el 18 de este mes de junio, darán a Macron una mayoría presidencial absoluta, asumiendo entonces unos poderes que no tiene ningún jefe de Estado occidental.

Durante la primera vuelta de la reciente elección presidencial, Macron dinamitó al PS, dejando a las distintas y enfrentadas familias socialistas en un estado de crisis saturnal: devorándose las unas a las otras, condenadas a la previsible condición de grupúsculos sin influencia parlamentaria.

Integrando en su primer gobierno a jóvenes personalidades de intachable pedigrí conservador, Macron aspira a recortar el futuro poder parlamentario de Los Republicanos (LR, derecha, el partido de Sarkozy). Ofreciendo posibles ministerios, mañana, a jóvenes centristas y conservadores, Macron prosigue su implacable trabajo de división y tentativa de demolición de toda resistencia conservadora.

Si LR consigue una victoria electoral imprevista por los sondeos, Macron se vería forzado a cohabitar con una mayoría parlamentaria conservadora. Su poder quedaría muy mermado. Si LR son víctimas del resultado previsto por los sondeos, Macron podrá beneficiarse de un poder «absoluto» excepcional: los diputados le deberán el cargo, y serán invitados a la sumisión; el recurso a las «ordenanzas» y el artículo 49.3 de la Constitución permitirán gobernar con decretazos, si fuese necesario; las intervenciones militares en el exterior y los «asesinatos selectivos» de «enemigos de Francia» (ordenados por Hollande, colaborando con Obama), podrán continuarse sin reservas de ningún tipo; el cumplimiento o incumpliendo tradicional del pacto fiscal europeo será el fruto de la política económica personal del presidente…

La experiencia del poder absoluto que la Constitución de la V República confiere a todo presidente no permite avanzar esperanzas excesivas. Ese poder favoreció la patética experiencia socialista (Mitterrand) de la «ruptura con el capitalismo», tampoco evitó la corrupción de los años Mitterrand y Chirac, ni «invitó» a ningún presidente (Chirac, Sarkozy, Hollande) a cumplir los compromisos de Estado (pactos fiscales y de estabilidad europeos) con la UE. Bien al contrario, ese poder «absoluto» atizó una soberbia siempre nefasta, para Francia y para Europa, que terminó acelerando un cierto «declive» nacional.

Candidato, Emmanuel Macron prometía «romper» con la «tradición» de los últimos veinte o treinta años de política nacional, anunciando una «revolución» (una más, desde la primera de 1789/93) basada en el liberalismo económico («más libertades»), el intervencionismo tradicional de raíz cristiana, en su caso (Paul Ricoeur), y un «optimismo voluntarista» semejante al del primer Giscard (1974).

El primer Macron, por su parte, maniobra con la habilidad de un general cuyos modelos nacionales son el joven Bonaparte de la campaña de Italia y el joven De Gaulle teórico del «cuerpo acorazado»: los blindados «acompañando» a la infantería que ocupa el terreno. Electoral, en el caso del presidente Macron, dispuesto a asumir «todos los poderes» tras la campaña electoral en curso.

Juan Pedro Quiñonero, periodista.

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