Macron vs Le Pen: altas y bajas pasiones

El actual modelo constitucional francés está agotado y se reflejará en la dificultad del nuevo presidente para conseguir una mayoría parlamentaria. Pero eso no fue en absoluto obstáculo para que el debate de este miércoles fuera un apasionante episodio de confrontación política. Apasionante en primer lugar porque Marine Le Pen intentó sin cesar activar las más bajas pasiones, injuriando a su rival al que llegó a acusar de “complacencia con el fundamentalismo islámico”. Apasionante también por la admirable y articulada convicción con que Emmanuel Macron fue desplegando argumentos en cada uno de los temas presentados.

El formato resultó muy acertado por lo ágil que resultaban las interpelaciones, lo cual en principio era una ventaja para un tribuno tan hábil como falto de escrúpulos como Le Pen. Pero Macron demostró su inteligencia personal y la eficaz organización con que ha abordado su campaña midiendo bien no responder a cada una de sus provocaciones y, solo en ocasiones, sacando de la recámara alguna prueba con la que evidenciar el cinismo de la ultraderechista. En pocos momentos Le Pen consiguió su propósito de que ambos se enfangaran en reproches mutuos sobre la autenticidad de su compromiso con el país, como cuando se acusaron durante varios minutos acerca de quién había pasado más tiempo discutiendo con los obreros de una fábrica que amenaza cierre.

Por lo demás, Le Pen dedicó mucho más tiempo a intentar desacreditar el programa del contrincante que a presentar el propio, lo cual Macron supo evidenciar en varias ocasiones reclamando que en lugar de “decir tonterías sobre mis propuestas, intente exponer las suyas”. Cuando lo hizo, debió quedar claro la farsa que suponen las recetas del Front National: aumentar el poder adquisitivo de todos los franceses y sufragarlo solo con impuestos a las importaciones, expulsar inmigrantes y cerrar las fronteras.

No obstante, es obvio que muchos franceses quieren soñar en las promesas imposibles (muchas también indeseables) de Le Pen, convencidos de que su gran nación lleva tres décadas de declive y que el enemigo está necesariamente fuera: la globalización. Un diagnóstico que reclama una ruptura completa y que la presidenta del Front National intentó capitalizar con la machacona asimilación con que intentó hacer a Macron heredero de todo el legado, no solo de Hollande, sino también de sus predecesores al menos desde Chirac.

El mero hecho de la existencia de este debate supone ya una normalización para Marine Le Pen. En 2002, cuando su padre pasó por sorpresa a la segunda vuelta, Chirac pudo permitirse rechazar esa confrontación para evitar “la banalización del odio y la intolerancia”. Pero Macron no tenía más remedio que prestarse a este desagradable encuentro: la constante progresión del Front National, que en las recientes europeas había llegado a ser ya el primer partido, exigían que midieran sus personalidades y programas. Macron probablemente puede considerarse ganador de este debate y superado ya el último gran obstáculo para convertirse el domingo en el más joven presidente de Francia, pero desgraciadamente algún Le Pen seguirá acechando en las próximas elecciones.

En España, parece que por fortuna la política no bordea aún tan graves peligros, pero en algunos aspectos lo estamos rozando y podría darse un vuelco inesperado. No me refiero a la emergencia de un gran partido de ultraderecha, pero sí al predominio en la oposición de un populismo irresponsable.

Tampoco por desgracia parece que estamos cerca de la oportunidad de renovación que encarna Macron. Pero debemos intentarlo. Dependerá del carisma y la visión de los líderes que puedan llegar pero también de la conciencia que tomemos todos sobre lo que necesita nuestra política.

Debemos huir de la desresponsabilización que supone la manida democracia directa y apostar por la deliberación. Es preciso desconfiar de quienes proponen “superar” a los partidos porque aspiran un poder sin contrapesos. Y, para lograrlo, el mejor camino es conseguir que haya muchos más españoles implicados directamente en los partidos, opinando, votando, eligiendo e incluso postulándose para evitar que la política se convierta definitivamente en un juego de iniciados.

Víctor Gómez Frías es militante del PSOE y miembro del Consejo de Administración de El Español.

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