Madariaga y Europa

En estos tiempos electorales de plena efervescencia europeísta, en muchos de los actos de campaña que se celebran en los países europeos, se rememora con orgullo a las grandes figuras políticas que se consideran los «padres» de la unidad de Europa. Los nombres de Schuman, Monet, Adenauer o De Gasperi se ensalzan como los inspiradores ideológicos del pensamiento europeísta que dio impulso a la creación de las primeras instituciones comunitarias, superando las tensiones nacionales e implantando un nuevo orden de convivencia en un continente tradicionalmente asolado y devastado por las guerras mantenidas por sus pueblos.

Pero como casi siempre, por desgracia, pasa en España a la hora de tratar estos asuntos de reivindicación de nuestro pasado histórico, nadie todavía se ha molestado en traer a colación la memoria de don Salvador de Madariaga y, a través del recuerdo de su trayectoria europeísta, identificarse y considerarse el continuador del español que tuvo mayor protagonismo en la construcción de la UE y al que universalmente se le reconoce como uno de sus más ilustres fundadores. Posiblemente la principal razón de este olvido obedezca a que en estos tiempos de graves carencias ideológicas ningún partido político está en condiciones de incurrir en la osadía de proclamarse heredero de su obra y pensamiento.

Su biografía, su talla intelectual y el prestigio internacional del que gozó en vida y sigue todavía hoy manteniendo en el mundo político y académico de Europa y América son también motivos para su olvido, ya que sus méritos y virtudes no proliferan ni adornan en demasía a la actual generación de políticos españoles, los cuales en su mayoría difícilmente resisten la más mínima comparación intelectual con una personalidad como la de don Salvador.

Este coruñés universal, ingeniero, diplomático, diputado, ministro en la II República, académico de la Lengua y de la Historia, catedrático en Oxford, escritor trilingüe (por cierto, en un inglés y en un francés exquisitos y depurados), nos dejó un impresionante legado de obras que abarcan todos los géneros: biografías, ensayos, novelas, teatro, poesía, artículos periodísticos, tratados de historia, especialmente sobre el descubrimiento y la colonización de América, monografías sobre derecho internacional y hasta unas magníficas series radiofónicas en la BBC y en Radio París, lo que sin duda alguna lo convierte en uno de los más grandes intelectuales españoles del siglo XX. En las circunstancias de su dilatada vida concurren de forma dramática los trágicos avatares de nuestra historia reciente, algunos de cuyos peores capítulos rebrotan en este presente en parte desalentador a causa del olvido o la ignorancia de conductas y hechos que de permitirse o repetir volverían a alterar gravemente nuestra convivencia nacional.

Al hilo de su largo periplo vital, permítaseme recordar algunas situaciones por él vividas que constituyen una inestimable aportación al presente para evitar repetir los errores del pasado. Madariaga es el prototipo por excelencia del político reformista y moderado, ese centro que muchas veces se ve superado y desbordado por el radicalismo y el extremismo a los que es tan dada la política española, que termina convirtiendo en una «rara avis» las posiciones equidistantes que desde el diálogo y el acuerdo buscan superar la división frentista, que tanto daño y tanto mal nos ha causado.

Republicano de primera hora, al estallar la Guerra Civil se vio obligado a tomar el camino del exilio. En las memorias del gran editorialista de «Le Figaro», Raymond Aron, éste nos relata un encuentro que en 1937 tiene en las calles de París con Madariaga, al que le pregunta cuál es la razón que lo tiene lejos de su Patria. Madariaga sencillamente le responde que cualquiera de los dos bandos lo fusilaría. Don Salvador refleja la tragedia de los intelectuales y políticos que en su defensa de la libertad se veían condenados en aquellos duros años, por anteponer siempre su compromiso en favor de «los derechos, los deberes y el honor del espíritu», como le recordaba su amigo el premio Nobel Albert Camus en un discurso que le dedicó con ocasión de un banquete celebrado en su sesenta cumpleaños.

Cuarenta años de su vida los vivió en el exilio. El rector del colegio europeo de Brujas, institución fundada por Madariaga, nos dice que en ese tiempo hizo cierto el precepto de Nietzsche que asevera: «Escogerás el exilio para poder decir la verdad». Sin respaldo de ningún gobierno ni partido, con la única fuerza de su prestigio, gozó durante esos años de extrañamiento forzoso de un reconocimiento internacional que lo llevó a ser elegido presidente de la entonces poderosa Internacional Liberal. En 1973 recibió el prestigioso premio Carlomagno, reconociéndose así su inestimable aportación al proceso de unidad europea, e incluso en dos ocasiones fue nominado para el Nobel de Literatura y el de la Paz.

Don Salvador, que gozaba de la aquiescencia de la izquierda y la derecha del exilio español, promovió siempre el diálogo entre los dos antiguos bandos, impulsando su presencia en las incipientes instituciones europeas, como cuando siendo presidente del Movimiento Europeo nombra delegados a José María Gil Robles y a Indalecio Prieto. Deberían ser de obligada lectura sus amargas reflexiones sobre la deslealtad de los partidos nacionalistas más preocupados por conseguir un reconocimiento internacional para sus pretensiones territoriales que en lograr un gran acuerdo nacional que permitiese sentar las bases para restaurar la democracia en España.

Republicano convencido, al final de su vida no regateó elogios ni apoyos públicos a la figura de Su Majestad el Rey, al que consideraba el auténtico protagonista e impulsor del cambio español y al que después de las elecciones de 1977 dedicó las siguientes palabras: «Las elecciones generales celebradas en España han sido un triunfo para la Monarquía. Quien estudie con detalle la actitud y la orientación que se ha dado, verá que el Rey se ha revelado como el mejor político español».

Ese afán integrador se manifestó también en sus intervenciones en el debate constitucional de la II República, cuando en el apartado de la libertad religiosa condenó toda medida vejatoria y dogmática contra la Iglesia, defendiendo incluso la continuidad de las órdenes religiosas en las tareas docentes.

Madariaga asocia Europa a la extraordinaria vitalidad de su cultura nacida del eterno debate entre la voluntad y la inteligencia, que, como destaca Henri Brugmans, lo asociaba a los conceptos de religiónrazón, que él personificaba en las figuras de Jesucristo y Sócrates. Consideraba que Europa no debía aspirar a constituirse en una nación, sino a convertirse en una forma de vida humana surgida del principio civilizador que dirige el curso de su historia. Con estos pensamientos no es difícil imaginarse cuál sería el contenido del discurso que Madariaga mantendría si estuviera presente como candidato en las ¿dialécticas? electorales del presente.

A su fallecimiento legó a su ciudad natal, La Coruña, todo su archivo personal, constituido por su correspondencia, manuscritos, libros en diferentes ediciones, así como artículos, crónicas, discursos, premios y distinciones, constituyendo así un fondo documental de interés histórico que se encuentra depositado en el Instituto José Cornide de Estudios Coruñeses, siendo visitado y consultado por estudiosos procedentes de todo el mundo. Siendo alcalde de La Coruña, tuve el honor de entregarles a su viuda, Mimi, y a sus hijos la Medalla de Oro de la ciudad, inaugurando un monumento en su honor y una exposición, de la cual fue comisario César Antonio Molina, que dirigió y coordinó la edición de un extenso libro-catálogo, que hoy es pieza buscada por los bibliófilos.

Su viuda cuando murió me nombró albacea para dar cumplimiento a la voluntad de su marido, que deseaba que sus cenizas, junto a las de su esposa, fuesen aventadas en las aguas de la bahía coruñesa, encargo que, emocionado, cumplí con sus hijos y nietos, despidiendo así a un español ejemplar que, como señalaba André Maurois, «amaba a España con un amor completo, orgulloso, celoso y apasionado».

Francisco Vázquez, embajador de España.

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