¿Maestra o salmodia de la vida?

Sospecho que la inmensa mayoría de cuantos ponen el grito en el cielo porque en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia se califica a Franco de «autoritario» en vez de «totalitario» se llevarán una enorme sorpresa, con el correspondiente disgusto, si se enteran de que tal calificativo no lo inventó la RAH ni el autor del criticado texto, sino que tiene ya cuarenta años y que lo puso en circulación el sociólogo español posiblemente de mayor prestigio internacional, en una publicación nada menos que de la Universidad de Yale, donde enseñó ciencia política a varias generaciones de dirigentes norteamericanos. Me refiero a Juan Linz, que abandonó España a mediados del pasado siglo, al no encontrar en ella ni la libertad ni las oportunidades para desarrollar y exponer su pensamiento. En el libro «Regimes and Opositions» (Yale University Press, 1973), compilado bajo la dirección del profesor Robert A. Dahl, Linz se ocupó del capítulo España, con la precisión, ecuanimidad y hondura que caracterizan todos sus trabajos. Partiendo del esquema establecido por Dahn de clasificar los regímenes en hegemonías unificadas, hegemonías pluralistas y poliarquías, Linz afina la puntería y diferencia entre regímenes autoritarios y totalitarios, definiendo los primeros como «aquellos con pluralidad política limitada, sin haber asumido responsabilidades ni tener una ideología elaborada o guiada (aunque con distintas mentalidades); sin intensa ni extensa movilización política (excepto en ciertos puntos de su desarrollo); con un líder (ocasionalmente un pequeño grupo) que ejerce el poder dentro de unos límites mal definidos, aunque predecibles, mientras caracteriza los segundos como sistemas cerrados, impenetrables, sin capacidad de evolución». Para incluir el régimen franquista entre los autoritarios, remachando: «Los diferentes tipos de oposición, dentro y fuera contra el régimen sólo pueden entenderse si partimos de que España no es —o no ha sido desde mediados de los años cuarenta— un régimen totalitario».

Así que las protestas hay que hacerlas no a la RAH ni al profesor Suárez, sino a la Universidad de Yale y al profesor, hoy emérito, Linz. Ya sé que esto que digo no va a convencer a quienes reservan a Franco el título de dictador como más benigno, olvidando, o puede sin saber, que uno de los grandes líderes socialistas, Largo Caballero, no tuvo inconveniente en colaborar con el primero de nuestros dictadores del siglo XX: Primo de Rivera. Aparte de que la izquierda sólo encuentra odiosas las dictaduras ajenas, porque las suyas le encantan. Recuerden que alardeó incluso de la «dictadura del proletariado», que denominó «paraíso de los trabajadores», y que incluso tras demostrarse que era un inmenso campo de concentración, sigue sus arrumacos con la dictadura cubana. Son cosas que hay que decir, aunque no guste oír.

Pero de lo que yo quería hablarles era de la tarea fáustica que es escribir historia, esa «novela de la humanidad» como la llamaba Ortega, más apasionante que cualquier relato de ficción. Ramke la definió como «contar lo que ocurrió exactamente como ha sido». Pero si lo que ocurre ante nuestros ojos puede ser contado de formas muy distintas, ¿cómo contar lo ocurrido hace siglos en lugares y condiciones muy distintas? Si hay una tarea imposible es ésta.

La mejor definición de la historiografía la encontré en el Über Geschichtsschreibung de Sebastián Haffner y empieza, como suele ocurrir con el mejor ensayista alemán del siglo XX, con una sorpresa: «Escribir historia es, en primer lugar, un arte». Que remata con otra tan impecable como un revés cruzado de Roger Federer: «Como todo arte, se compone principalmente de omisiones». Lo que Haffner quiere decir con ello no es que el historiador tiene que olvidar hechos y nombres, sino que, como auténtico artista, tiene que concentrarse en lo verdaderamente importante, obviando todo lo demás, para que no estorbe. Esa mirada a vuelo de pájaro sobre el pasado es lo que diferencia al auténtico historiador del mero erudito, como el pintor genial se diferencia del pintor rutinario en que se centra en los rasgos fundamentales del paisaje o personaje que lleva al lienzo, en vez de contentarse con reproducirlo con todo detalle.

Sentado que la historia es un arte, Haffner echa mano de su palabra favorita: trotzdem, sin embargo. «Sin embargo —advierte— escribir historia es también una forma de ciencia». El «una forma de» indica ya que no se trata de una auténtica ciencia, como las matemáticas, la física o la biología, que se asientan en un cúmulo de certezas probadas y comprobables, mientras la historia utiliza un material demasiado desperdigado e instrumentos demasiado romos. En cuanto a sus fuentes, advierte Haffner, «son principalmente mentiras intencionadas de políticos y cortesanos muertos. De ahí que la historia sea, como la criminología, un eterno trabajo de Sísifo: aclarar actos cuyos autores tenían el mayor interés en evitar su aclaración. Y sin embargo —de nuevo el trotzdem—, cuando el escribir historia renuncia totalmente al intento de hacer ciencia, se convierte en mera producción de leyenda o propaganda, lo que tampoco es». O debiera de ser, añadimos por cuenta nuestra.

Con tales premisas, se comprende la enorme dificultad de escribir historia. Ser al mismo tiempo un artista y un científico, sin dejarse engañar por las apariencias, requiere una mente ágil e incisiva, una enorme autodisciplina y un saludable escepticismo, que incluye no dejarse llevar por la moda reinante ni por los propios prejuicios, siendo aquello tan importante o más que esto, pues nuestros prejuicios los conocemos y podemos defendernos de ellos, mientras la moda o pensamiento imperante nos espera tras cada esquina para atracarnos. E incluso si el historiador sortea todas esas trampas y dificultades, le quedará todavía lo más difícil por salvar: las inevitables distintas interpretaciones. Un mismo hecho —digamos, la Revolución Francesa, la Soviética—, una misma etapa —la Ilustración, la Restauración—, un mismo personaje —Napoleón, Cleopatra— puede ser juzgado como un éxito o un fracaso, con tantos argumentos para defender una tesis u otra. De ahí que el historiador deba huir de una historia vista a través de las lentes de una ideología, para atenerse únicamente a hechos y testigos, a fin de ofrecer un retrato lo más real y sucinto posible del personaje, suceso o época a describir. De ahí también que Tucídides continúe siendo el modelo de historiador —el primero que se atuvo a los hechos, relacionándolos con las circunstancias sociales y económicas reinantes—, mientras no se demuestre que tenía un «mensaje oculto» a enviar, cosa improbable de descubrir a estas alturas.

Haber sido testigo de la narrado, pero teniendo ya una distancia suficiente de ello para darle perspectiva, es la última condición que Haffner pide al historiador, señalando incluso una distancia: veinte años después de los hechos, «cuando los recuerdos se han posado, pero aún no diluido».

Han pasado ya más de treinta años de la muerte de Franco y, sin embargo (vamos a imitar al virtuoso del trotzdem) no parece que pueda todavía escribirse históricamente sobre él, sino sólo a favor o en contra. Como Mingote nos mostraba el sábado, los nietos de quienes libraron la contienda siguen combatiéndola. Y eso no es ni ciencia ni es arte. Es no haber aprendido la primera lección de la historia, según los antiguos, «maestra de la vida».

José María Carrascal, periodista.

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