Maestras

A todas las maestras que dejaron huella indeleble en tantas generaciones de estudiantes

MI vida no podría explicarse sin las mujeres. Nada de lo que soy ni de lo que he sido podría interpretarse con acierto sin su presencia y aportación, empezando por mi madre, fundamental en mi existencia. Supongo que a la mayoría de los hombres les ocurre algo parecido, por lo que, en una jornada como la de hoy, parece pertinente insistir en lo obvio: nuestro devenir no puede entenderse sin las mujeres, y viceversa. En ese sentido, reconozco con gusto y admiración que toda mi educación y el esculpido que el tiempo fue haciendo en mi personalidad contó de manera decidida y determinante con la mano e inteligencia femeninas de todas mis maestras y profesoras.

A la espera de dejar atrás los grisáceos cielos del invierno, me asalta esa vespertina nostalgia de aquellos días azules machadianos y del sol de la infancia. Ignoro la razón por la que, a pesar de haber disfrutado en Galicia de mi niñez, su evocación siempre se me antoja rebosante de luz. Ahora que el viejo paradigma masculino quiere ser arrebatado por alguna furia femenina, es justamente cuando recuerdo -y concluyo- lo importantes que fueron las mujeres en mi educación y formación.

Conservo todavía nítidas las imágenes de mi primer curso de parvulitos en la escuela pública de mi pueblo. Allí aprendí a leer de la mano de doña Magdalena Leonardo. Un ser beatífico que combinaba la docencia más elemental de las primeras letras con las matemáticas de sexto de bachiller, en horario nocturno. Doña Magdalena era todo dulzura, o al menos esa es la sensación que guardé en algún rincón de mi memoria. También ahí se me quedó grabada la imagen de aquellos viejos maestros nacionales, empeñados en enseñarnos a dividir a base de pegarnos en la mano con una regla cada vez que nos equivocábamos. No logré aprender nada.

Hasta que un buen día, mi madre decidió que, a partir de las cinco de la tarde, cuando terminaba el horario lectivo de la escuela pública, acudiría a unas clases particulares con otra maestra nacional, llamada doña Elena Khün. A veces le ayudaban dos de sus hijas: Pilar y María José. Entrar en aquel aula era para mí como pisar el paraíso. En apenas unas semanas, entendí todo lo que era incapaz de asimilar con los profesores varones. Por algún motivo que todavía no he logrado desentrañar, con ellas todo me resultaba más fácil y comprensible. Tal vez por la cordialidad de aquellas mujeres Khün, aunque todas mis educadoras fueron indulgentes y afables.

Lamento que ya no viva casi ninguna. Nunca tuve la oportunidad de darles las gracias, pero no me gustaría abandonar mi tiempo de escritura periodística sin subrayar todo cuanto ellas me aportaron, ya no a mí, sino a centenares de jóvenes. Y no solo ellas: también otras muchas mujeres que, sin sobreactuar ni reivindicar un protagonismo extemporáneo, contribuyeron a la más noble de las actividades: formar a personas. La huella y la guía que todas ellas nos dejaron está todavía por reconocer. Eran mujeres entrañables y silenciosas, que no necesitaron de ruido bronco para reinvindicarse.

María Jesús Vázquez fue mi profesora de Historia en el Instituto Concepción Arenal de Ferrol. Nunca olvidaré sus clases. Me enseñó de la asignatura más que nadie. Hoy tengo claro que el conocimiento de nuestro pasado es fundamental para cualquier periodista, pero de su mano llegué todavía más lejos: hizo de la Historia mi pasión.

María Jesús era una mujer de baja estatura que adquiría proporciones gigantescas cuando comenzaba a hablar en el aula. Subida a aquella tarima, captaba nuestra atención y me atrevería a afirmar que ninguno de sus alumnos hemos olvidado su magisterio. Como nunca volví a hablar con ella, ignoro si fue consciente de la magna simiente que sembró en las sucesivas promociones de jóvenes a las que instruyó, pero sospecho que no. Era conocida como «la Coreana» por su disciplina y rigor. Gracias a esa severidad formal y a su conducta, aprendimos a amar la Historia y a nuestro propio país. Murió hace años, al igual que doña Elena y doña Magdalena, y en este 8 de marzo quiero homenajearlas en la Tercera de ABC: reconocer en su persona a las miles de mujeres que consagraron su vida a la enseñanza.

Ya en mi etapa universitaria, tuve la fortuna de encontrarme en la Complutense con Luisa Santamaría. Durante dos cursos fue mi profesora de Redacción Periodística. De nuevo, la afabilidad de los primeros años se combinó con el conocimiento y el aprendizaje de técnicas y saberes propios de mi futuro oficio. Ella completó el grupo de mujeres de las que verdaderamente aprendí y me permitieron ser mejor.

La arquitectura vital sobre la que se diseña y construye una persona la traza la educación que recibe en sus distintas formas. No siempre se encuentra el guía adecuado para discurrir por la senda del conocimiento y del progreso interior. A veces un docente sin vocación impide que se desarrollen las capacidades de sus alumnos. ¡Cuán importante es un buen maestro!

Hoy celebramos el día de la mujer. Hace decenas y decenas de años que ellas trabajan con una constancia admirable, tantas veces no reconocida. Fueron y son nuestras maestras. Pocas palabras encierran en su significado tanta nobleza.

Es posible que me esté haciendo mayor, y tal vez por eso sienta nostalgia de aquel tiempo luminoso de mi infancia y juventud. Pero, sobre todo, soy felizmente consciente de que nada hubiera hecho, nada hubiera sido, sin las maestras de mi vida.

Bieito Rubido es director de ABC.

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