Maestro de teología

Recientemente, el teólogo español don Olegario González de Cardedal, profesor emérito en la Universidad Pontificia de Salamanca, ha sido distinguido con el Premio internacional Joseph Ratzinger, instituido por la Fondazione Vaticana Joseph Ratzinger para la investigación teológica. Tal galardón, al que ya se llama familiarmente el Premio Nobel de la Teología, significa el máximo reconocimiento de su obra por la instancia suprema pontificia, o dicho en términos académicos, por la Cátedra de Pedro. Los que creyeran ingenuamente que la teología española se agotaba en la escuela salmantina, se sorprenderán del alcance mundial de este reconocimiento de un maestro de teología, que viene a culminar la regeneración de la teología española durante el siglo XX. Al inmenso prestigio, nacional e internacional, de que goza la obra de Olegario, se viene a sumar ahora, como su consagración definitiva, este premio señero en su primera edición de 2011. Con esto se ha querido señalar indirectamente el carácter ejemplar de su investigación, una labor monumental como una inmensa cordillera en que destacan cuatro cumbres teológicas: Jesús de Nazaret. Aproximación a la Cristología (BAC, 1975), La entraña del cristianismo (Upsa, 1997), Cristología (2001) y Dios (Sígueme, 2004), aparte de numerosas obras de espiritualidad, como Elogio de la en cina. Existencia cristiana y fidelidad creadora (Sígueme, 1973) y Raíz de la esperanza (Sígueme, 1995); de crítica cultural y literaria, Cuatro poetas desde la otra ladera (Trotta, 1966), o de pensamiento teológico/político, España por pensar (Upso, 1984) y El poder y la conciencia(Espasa Calpe, 1984). Esta simple mención da imagen de su ingente producción intelectual, en una vida de plena dedicación al estudio y la meditación, en que alterna el callado y severo recogimiento del taller del escritor con la ferviente labor pastoral y la otra labor cultural en la

vanguardia de la prensa española, donde son frecuentes sus artículos de opinión. La palabra que acude a mis labios para celebrar esta vigorosa vida intelectual es colmada madurez humana.

Don Olegario no sólo es teólogo de profesión, con una larga y fecunda dedicación a la enseñanza, sino teólogo por vocación, por ese constante empeño de entrañar la inteligencia en la palabra de Dios y de ver cómo esta fecunda y tranfigura todas las otras palabras humanas. El primer movimiento de la teología es el intento de esclarecer la preñez de sentido que encierra la palabra divina, pero ha de ser acompañado por un movimiento complementario de transfiguración de la misma inteligencia en el misterio de la fe, en aquello que llamaba san Buenaventura la sursumactio, la acción de trascender integrando o de integrar trascendiendo el horizonte del humanismo. Ser fiel a este doble movimiento y decidirse a realizarlo en una aventura personal es la pasión del teólogo. Sin esta pasión de obediencia y de transfiguración, no hay teología que valga. El teólogo es el hombre que se atreve a hablar sobre Dios, pero en cuanto existencialmente interpelado por la palabra misma de Dios, que ya de antemano ha tomado su iniciativa en la historia de la revelación. «Es posible la teología —escribe— desde la memoria de su palabra, la contemplación de su figura y la docilidad a su espíritu; desde un atrevimiento absoluto que es, a la vez, candor y coraje de pensar hasta el fin al Impensable». Y también, claro está, humildad para revocar en silencio todos nuestros comentarios, demasiado humanos, a la fuerza indomeñable de esa palabra divina. Como decía Hölderlin del poeta, el teólogo es otro intermediario, no con el cántico sino con la meditación, y en cuanto expuesto a la omnipotencia de esta palabra es también, en los raros momentos de plenitud, el traspasado por el rayo divino.

Tal vez sea ésta la calidad de la palabra teológica de Olegario, palabra meditativa más que erudita, exigente y sobria en su rigor conceptual, y abierta, a la vez, en última instancia, a la mística y a la poesía. Su teología es radicalmente crística, cristocéntrica y cristotélica, porque Cristo es la palabra empeñada de Dios. Fuera de Cristo no hay ningún posible hablar operativo sobre Dios. «Los hombres —dice— no sólo no hemos sabido, sino que no podemos mantener un saber humanamente verdadero y eficaz sobre Dios, sobre su relación con el mundo y con nosotros, al margen de Cristo». Desde esta convicción, don Olegario ha censurado con el mismo empeño la lectura secularista del Cristo especulativo como la del Cristo profético y moralista, para atenerse al Cristo místico y cordial de la fe de los humildes, esclarecido con la reflexión secular de los contemplativos, los héroes de la caridad y los místicos.

El estilo teológico de don Olegario se me antoja un híbrido fecundo entre el rigor conceptual y crítico de Karl Rahner y la luminosidad radiante y tonificadora de Urs von Balthasar, con un punto de irisación poética en el simbolismo, que le viene de la tradición de la mística hispánica. No es de extrañar que su teología se haya abierto, como la de Rahner, a una consideración de las realidades temporales, y, como la de Urs von Balthasar, a una estética teológica. En el primero de estos flancos, ha analizado lúcidamente, en El poder y la conciencia, las aporías históricas entre el poder anónimo y la libertad humana, a través de una galería de pensadores y artistas hispanos, que han vivido esta dramática tensión. Y en España por pensar, la gran aportación de la teología a la transición democrática española, ha urgido convincentemente al necesario entendimiento de una ética civil secular con la moral cristiana de la libertad y la solidaridad. En el otro flanco, ha llevado a cabo, en Cuatro poetas desde la otra ladera, un fecundo y esclarecedor diálogo de la teología con la poesía, centrándose en Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Oscar Wilde y Jean Paul Richter, y está a punto de aparecer un diálogo gemelo con la pintura en su inminente libro sobre El rostro de Cristo.

Pero nuestro teólogo es también un escritor de raza, de lo que puede dar fe quienquiera que esté familiarizado con su obra. Es el suyo un estilo levemente retórico, de fraseo amplio como el horizonte de su tierra castellana, de expresión rotunda y grave, con cierto aire de casticismo en sus vocablos y giros. Tiene gravitasen su sondeo meditativo, y a la vez, la gracia de una intención expresiva que busca siempre consumarse en forma artística, en la creencia humanista de que la verdad y la belleza hacen su obra de consuno.

Ésta son, a mi modesto juicio, y entre otras posibles razones, los méritos que avalan este premio. No faltará algún malicioso que vea en este premio la sanción vaticanista de un teólogo fiel. Creo sinceramente que se equivoca. Don Olegario nunca ha sido un teólogo complaciente, sino independiente en su honesto criterio intelectual. Fiel, sí, como un libre compromiso de su conciencia con una fe religiosa, que da sentido a su vida, pero también fiel a la verdad, o a lo que así cree, sin lo que no cabe una honrada vida intelectual, y fiel a las exigencias de su vocación más que a las cambiantes coyunturas, aun cuando se ha atrevido a pensar y hablar desde ellas, como es patente en alguna de sus obras como España por pensar. Como teólogo sabe que la incondicional libertad, que instituye el misterio cristiano, es también una medida severa para su Iglesia, «para que pueda revivir el destino de Cristo verazmente y no absolutizarse a sí misma, convirtiendo su acción y servicio en un nuevo poder», como tiene escrito en Jesús de Nazareth. Y en España por pensar, critica severamente el riesgo de involución integrista del catolicismo español, en reacción al riesgo opuesto de un secularismo laicista militante, y se pregunta por las condiciones sociales que harían posible un catolicismo liberal en España, como demandaba Ortega a los católicos, siempre abortado por nuestros demonios familiares, pero ahora posible sobre la doble base de entendimiento del Concilio Vaticano II y la Constitución española de 1978. Quizá una de las deudas intelectuales que tengamos contraída con este teólogo sea la de habernos confrontado lúcidamente con el gran dilema de nuestro tiempo: o ser un cristiano radical o un ateo consecuente. El ateismo de nuestro tiempo se llama nihilismo y ha penetrado todas las raíces de nuestra existencia histórica, sin otra alternativa posible que un cristianismo radical, que de serlo, tiene que nutrirse de nuevo de la experiencia mística; un cristianismo capaz de combinar de nuevo la teología de la cruz, en medio de la noche del mundo, con el anuncio gozoso de la pascua. Mi enhorabuena al amigo teólogo tiene en este caso la forma de un agradecimiento por su lucidez extrema.

Pedro Cerezo Galán, catedrático emérito de Filosofía, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *