Maestros en un paisaje europeo

Una bellísima parábola judía explica que «Dios creó al hombre para que pudiese narrar historias». Y también el viejo Fénix se dirige en 'La Ilíada' al joven Aquiles para advertirle que «ha sido educado para realizar hazañas y para pronunciar palabras». Por eso, en el principio de todas las grandes civilizaciones hay una epopeya o un poema. La superación de la naturaleza no es el artificio, sino el espíritu; o sea la sublimación de la fuerza espontánea y salvaje (territorios de guerra y muerte) en refugios de civilización, belleza, memoria, medida y espacio habitable por la vida.

Un síntoma preocupante y regresivo de nuestro tiempo es la nostalgia «naturalista» que se manifiesta frente a todas las formas de civilización: la ocupación que invade la propiedad, la cancelación que viola a la memoria, el ruido que acorrala al silencio, o la violencia y el acoso que amenazan a la libertad. Incluso en el terreno de la Medicina proliferan las sectas que pretenden confundir a las buenas gentes dándoles una versión pervertida de la «química», como si el principio sanador de las plantas fuese superior al de un medicamento sintetizado responsablemente en un laboratorio.

Los europeos dimos respuesta civilizadora a innumerables retos de supervivencia que nos permitieron crear un equilibrio entre la Naturaleza y el Espíritu defendiéndonos del caos primigenio del mundo salvaje. «Ur-geräusch» (estrépito primigenio), lo llamaba Rilke porque en su sensibilidad de poeta lo sentía como un ultrasonido.

El espíritu europeo se manifestó en un afán de ordenamiento y disciplina. Se fundamentó también en el ánimo de progresar y superar muchos barrancos, escollos y mutaciones inesperadas que se presentan en la evolución de natural de la vida y que deben ser «corregidas y tuteladas» cuando presentan tendencias regresivas o destructivas. La agricultura, la escritura, las religiones, las instituciones políticas, y los saberes del espíritu (la poesía, la medicina, la ingeniería, la ciencia, la filosofía, el comercio y las artes) se desarrollaron como una respuesta colonizadora que nos llevó también a comerciar y a superar fronteras tribales y nacionales para crear mercados, factorías y puertos.

Entre tantos maestros llegué a conocer de cerca a Paul Morand, que –con todas sus contradicciones– representaba para mí la personalidad más sublime y refinada del europeo «de espíritu». Le traté precisamente en 1968, que fue un año difícil para nosotros: los jóvenes educados en el 'esprit'. Me dolía entonces ver cómo unos niños de papá proclamaban la contracultura, cuando los últimos maestros europeos se nos estaban muriendo en el silencio. No era la Universidad la que había conquistado la calle, como soñó Ortega. Eran los políticos quienes se habían apoderado de la Universidad para manipular a los jóvenes con mil utopías como el fascismo, el nazismo y el comunismo, con sus maquillajes habituales de antiimperialismo y contracultura. Nadie parecía dispuesto a apoyar a los rebeldes de la Primavera de Praga que eran los verdaderos luchadores del espíritu que se levantaban en defensa de nuestra libertad. Nadie parecía dispuesto a enfrentarse verdaderamente con los coroneles griegos que habían dado un golpe de Estado en la patria del espíritu europeo.

No había pintadas que se enfrentasen al terrorismo que ya era una plaga en el siglo XX y que acababa de costar la vida, hacía un mes, a un defensor de la justicia llamado Martín Luther King. Y nadie parecía preocuparse por los millones de seres que viven en el mundo sometidos a las tormentas del crimen universal y que son las víctimas tradicionales del gran imperio de la ignorancia, de la bestialidad y de la incultura.

Se pierden antes los artesanos que los pueblos, se queman antes las granjas que las naciones y desaparecen los cafés, las vajillas y los percheros, antes de que caiga definitivamente una cultura.

Y, al hablar del 'esprit' en la cultura europea, no puedo olvidar la figura de mi maestro Stefan Zweig, porque creo que fue un representante único de esa especie de hombres de ingenio y de talento. Al meditar en los momentos finales de Zweig en Brasil, recordé que en sus últimas páginas hablaba sólo en pasiva, en condicional y en pretérito. Tenía 70 años y pocas fuerzas para proseguir un camino que, en aquel momento, era tan duro para un escritor europeo: liberal, humanista y, además, de origen judío. Nuestra Europa comenzaba ya a ser sólo pasado.

Esta historia ocurría en Brasil en febrero 1942. Y, cuando la comenté con mi inolvidable amigo Julián Marías, le dije que tenía la impresión de que Zweig se había suicidado porque nuestra patria europea –matria de l'esprit– había dejado de existir. Y no sólo eso, sino que, seguramente, había dejado de ser posible. Julián Marías, conmovido, me dijo: «Si viene a mi casa le enseñaré una copia de una carta de Ortega y Gasset que completará su historia».

En 1942, justo en estos días de febrero en que murió Zweig, el maestro Ortega y Gasset –exiliado en Argentina– vivía momentos difíciles, incluso económicamente. Le habían quitado, además, sus colaboraciones en la editorial Espasa Calpe que le permitían ganarse un sueldo. Y, en la carta que me mostró Julián Marías, el envejecido filósofo escribía: «Muchas veces en estos meses he temido morirme, morirme en el sentido más literal y físico, pero en una muerte de angustia. Hoy están en el mundo muriendo del mismo modo muchos hombres de mi condición. Es un hecho que la gente no conoce suficientemente. No sería, pues, el mío sino un caso más».

¡Qué testimonio de humildad el de este maestro español, consciente del dolor de muchos seres humanos, cuando en Europa había personajes bien mantenidos por la intelectualidad, como Heidegger o Sartre, que –a uno u otro lado de la contienda salvaje de nazis y comunistas– pretendían no haberse dado cuenta de lo que estaba ocurriendo! Todavía hoy necesitamos ofrecer a nuestros pueblos un proyecto mágico y moral, proponiéndoles ideales despierten su conciencia individual y social: responsabilidad, entusiasmo y fe. Esa es justamente la herencia que la cultura europea recibió de la antigua escuela clásica griega y latina: un espíritu que sobrevivió hasta que el falso racionalismo y el materialismo socavaron los fundamentos idealistas de nuestra tradición.

No se me va de la memoria la imagen de Zweig, con su corbata de lazo y su sombrero, al embarcar en la nave Alcántara que le llevaba hacia el exilio. Y no olvido a Ortega y Gasset, con su corbata de lazo y su sombrero en el camino de su destierro. Parece una simpleza que un discípulo guarde en la memoria estas dos reliquias (un lazo y un sombrero) de sus maestros. Pero el espíritu de una cultura se esconde en estos pequeños detalles. No más que minucias –pisadas de palomas– eran las letras que nuestras madres nos enseñaban a leer en los primeros cuentos. Y, en ellas, estaba el tesoro de nuestra lengua, la llama de nuestro espíritu y el cofre completo de nuestra cultura.

Mauricio Wiesenthal es escritor.

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