Maldad

Por Fernando Luis Ruiz Piñeiro, Magistrado (EL CORREO DIGITAL, 25/06/08):

Ruiz Soroa afirmaba, en un artículo reciente, que el mal radical habita entre nosotros, que no es un invento religioso. Y afirmaba: «hay que afrontar la idea de que en ocasiones aparece ese lugar ciego, vacío, resistente al espíritu, hosco y denso que es el mal. Kant decía que el mal radical es aceptar que se trate a un hombre como un medio, en lugar de como lo que es, un fin en sí mismo».

El psiquiatra forense Cabrera, también recientemente, se preguntaba si no estaríamos «tecnificando demasiado la conducta humana». La argumentación hacía referencia a las conductas anormales, extravagancias y actos criminales que es capaz de cometer el hombre. Se buscará, para justificar las conductas desviadas de parámetros de normalidad, algún tipo de enfermedad mental, alguna patología psicológica o psiquiátrica. Y probablemente exista una explicación técnica. Pero la pregunta verdadera, la que muchos nos hacemos, quizás sea la que se formula este forense: ¿no deberíamos hablar simplemente de maldad?

El catedrático de psiquiatría Rojas, también habla de maldad cuando alude a los rasgos característicos de un personaje como el ‘monstruo’ de Austria. Alude a la agresividad, violencia y dureza de su conducta, afirmando que «la maldad es fina, precisa, concreta, con determinación».

¿Qué reflexión cabe ante el horror insospechado? ¿Cómo es posible que sucedan este tipo de hechos?
El hombre es un ser radicalmente libre. La libertad es una de las notas que define a la persona, al ser humano. El hombre es libre desde lo más profundo de su ser. Como afirma Yepes, toda persona tiene un espacio interior que nadie puede poseer si uno no quiere y en el cual uno se encuentra a disposición de sí mismo. «Ningún cautiverio, prisión o castigo es capaz de suprimir este nivel de libertad, el hombre tiene un dentro que es inviolable (por ejemplo el modo de pensar, una creencia, un deseo, un amor)». Este ámbito inviolable de privacidad es lo que en antropología se conoce como libertad constitutiva.

Aparte otras consideraciones, de las que no vamos a ocuparnos en este momento, la grandeza del ser humano, del hombre, radica en ser constitutivamente libre. Por ello también se afirma, desde el punto de vista antropológico que el hombre es abierto (Leonardo Polo), pues se tiene a sí mismo como tarea. El hombre, desde su libertad, toma sucesivas decisiones que van diseñando su propia vida, y los resultados de las decisiones adoptadas van conformando su propia biografía. El hombre es como un libro en blanco, cuyas páginas se van escribiendo a medida que toma decisiones, se incorporan los resultados, desarrolla su carácter dialogante en la vida social, reflexiona sobre sí mismo, consigue, o no, que la razón domine sus sentimientos, adquiere una ética acorde a su condición de ser único e irrepetible.

La libertad es, pues, una de las notas definitorias de la persona y permite al hombre alcanzar su máxima grandeza, pero también es posible que el uso que se haga de la libertad permita al hombre alcanzar su máxima degradación. Lo vemos con claridad en casos llamativos: el suceso de Austria; el maltrato de menores; el maltrato de mujeres y tantas y tantas ocasiones en que la tranquilidad, acomodo, de nuestra sociedad dormida se ve sobresaltada por las noticias.

La libertad puede, entonces, conducirnos al mal. El mal no es un concepto propiamente religioso o exclusivamente religioso. El mal es inicialmente un concepto antropológico. El mal tiene su explicación desde la propia conceptuación del hombre. El mal es algo real.

Admitámoslo: el mal existe. Cuando el hombre no es capaz de reconocerse a sí mismo en su propia grandeza y, por tanto, desconoce lo que significa otra persona, cualquier otra persona individualmente considerada, es capaz de las conductas más abyectas. El hombre es el único ser capaz de actuar desconociendo lo que él mismo es. Puede actuar como si no supiera que es hombre, sencillamente porque no se lo ha planteado. Al desconocer o ignorar su propia esencia, su propio ser, el hombre desconoce e ignora lo que representa la otra persona, y se produce, en ocasiones, esa conducta anormal, extravagante o criminal.

La conducta que identificamos como mal es la conducta que prescinde de la ética. Y hablamos de ética, no de moral, hablamos de ética como educación de los sentimientos. Porque el hombre tiene sentimientos y es bueno que los tenga, pero también tiene inteligencia. El problema surge cuando la inteligencia no domina los sentimientos, cuando no se encuentra un punto de equilibrio. Entonces las pasiones pueden dominar nuestra conducta y ésta desviarse hacia lo anormal.

La ética es, desde este punto de vista, un criterio de uso de la libertad o, mejor dicho, es el criterio de uso de la libertad, de tal forma que el hombre, o es ético, o no es hombre. De hecho ¿es un comportamiento ético la conducta anormal, extravagante o criminal? La respuesta es clara.

Veámoslo desde otro punto de vista: la violencia. No el concepto vulgar de violencia, sino el que puede emplearse desde el plano antropológico que aquí sostenemos. Es evidente que la violencia es una conducta anormal, extravagante o criminal y expliquemos el motivo. El empleo de la fuerza, cuando no obedece a la ley, se convierte en violencia. Siguiendo el ejemplo del león que usan Yepes y Aranguren en ‘Fundamentos de Antropología’, en la naturaleza no puede afirmarse que el tigre que mata a otro animal para alimentarse haya obrado con violencia, pues el acto de fuerza que ha empleado obedece a su propia ley: la de la naturaleza. Si en lugar de matar un animal para alimentarse, el tigre matase toda una manada por placer, el acto sería sin genero de dudas un acto violento, pues ya no existiría la finalidad alimenticia, sino la meramente destructora. La fuerza que habría empleado el tigre ya no estaría amparada por su propia ley de la naturaleza.

En el hombre ocurre algo similar. Puede ser necesario el empleo de la fuerza, pero si tiene lugar dentro de los parámetros que marca la ley humana, la ley por la que ha de guiarse el hombre, no es violencia. El empleo de la fuerza se convierte en violencia cuando no tiene una motivación ética, que es la que debe servir de base a la ley humana. No todo mal es violencia, en el concepto que aquí usamos, pero sí toda violencia es mal.
Dice Jacques Maritain: «El mal existe en las cosas… terriblemente. El mal es real, existe realmente como una herida o una mutilación del ser». Tiene el poder del bien sobre el que actúa como parásito. Es eficaz «por el bien deficiente y desviado, cuya acción es entonces desviada». «¿Cuál es entonces el poder del mal?», pregunta el filósofo francés, y responde: «Es el mismo poder del bien al cual hiere y sobre el cual actúa. Cuanto más poderoso sea este bien, tanto más poderoso será el mal -no en virtud de él mismo, sino en virtud de este bien-».

El también filósofo francés Alain Badiou afirma que «no hay mal sino en la medida en que el hombre es capaz de devenir el inmortal que es».

Existirá una explicación técnica, desde el punto de vista médico, para este tipo de conductas desviadas, no lo pongo en duda, pero admitamos que junto a esa explicación convive, cuando menos, otra que se me antoja sencilla: la posibilidad de hacer el mal es una de las variables de la conducta humana. Digámoslo crudamente: el mal está, potencialmente, en todos y cada uno de nosotros.