Mali: una guerra complicada

Francia está en guerra. Si no estuviera por medio el caso de los siete rehenes secuestrados al comienzo de la intervención militar en el norte de Mali, nada indicaría un estado de guerra. Es algo que tiene lugar lejos, sin efecto directo sobre la población. Acaba de morir un tercer soldado francés. El ejército chadiano, muy activo sobre el terreno, ha tenido ya más de 70 bajas. En cuanto a los yihadistas, no es posible tener estadística alguna. Ni siquiera ha podido confirmarse de manera concluyente la desaparición de Abu Zeid y de Mojtar Belmojtar, los dos jefes de esta banda terrorista. Sólo una foto en un teléfono móvil para los dos muertos.

Como los estadounidenses en Afganistán, el ejército francés no se enfrenta de cara a un enemigo. Tiene que localizarlo, ir a buscarlo a su propio terreno en las grutas, en los pueblos, en los escondrijos de los que no se conoce nada. De ahí la dificultad de esta guerra que toda la clase política francesa aprueba porque se inscribe en el famoso “deber de injerencia” después de que el Estado maliense hiciera un llamamiento a Francia para que le ayudara a rechazar y a destruir a estos invasores que no sólo lograron ocupar el norte del país, sino que pusieron en práctica las aberrantes leyes de la charia. Así, cortaron manos, lapidaron mujeres, instalaron el terror… Como en el caso de los talibanes afganos, Europa se enfrenta a una barbarie que no sólo amenaza a Mali sino al Magreb y más allá.

Esta injerencia está apoyada afortunadamente por otros soldados, especialmente malienses y chadianos. Al principio las miradas se dirigieron hacia Argelia, pero la actitud de este Estado vino marcada por la prudencia. Autorizó a los aviones franceses sobrevolar su territorio y no se opuso a la intervención. Lamentablemente, Argelia ya conoció este terror entre 1991 y el comienzo de los años 2000. Vivió una guerra civil que dejó un resultado, según datos que citan a menudo los periodistas, de cien mil muertos entre la población civil. Los irreductibles yihadistas que actúan en la actualidad en Mali son argelinos. Se les han unido mauritanos, libios, africanos y otros aventureros y mercenarios, atraídos todos más por el tráfico de drogas que por convicciones religiosas. El ataque, a comienzos de año, al complejo gasístico con la toma de rehenes concluyó con la muerte de 37 extranjeros y decenas de argelinos muertos a manos de los terroristas. El 6 de febrero un comando atacó un cuartel militar de Khenchela, a 540 kilómetros al sudeste de Argel. El hecho de que el Estado argelino asista al espectáculo de esta guerra sin actuar no quiere decir que se desinterese. Sigue los acontecimientos y espera el momento de castigar a estas bandas de bandidos sin fe ni ley. Sin embargo, su compromiso sigue siendo mesurado.

También Marruecos vigila atentamente lo que ocurre en el norte de Mali. A finales de enero tuvo lugar en Rabat una reunión de los ministros de Interior de Marruecos, Francia, España y Portugal. Se trataba de reforzar la cooperación en la lucha contra el terrorismo y en el apoyo a la intervención francesa en Mali. Marruecos lleva a cabo también una lucha importante contra los aspirantes a la yihad. Varias células islamistas fanáticas han sido desmanteladas en el reino. En noviembre del 2012, una célula llamada Ansar al Charia fue desmantelada en Rabat; el 26 de diciembre se detuvo a 27 sospechosos en Casablanca, El Aaiún, Nador y otras poblaciones. Algunos jóvenes, marginados, son seducidos por el discurso de los yihadistas. Algunos han sido entrenados en Libia, otros han combatido en Iraq, otros han pasado por Afganistán. Aunque sean pocos, constituyen un peligro real para la seguridad en el Magreb y por extensión para la seguridad de los países europeos.

Esta guerra no ha terminado. Las autoridades francesas esperan retirarse lo antes posible, es decir, cuando el peligro terrorista se considere descartado. Pero todo el mundo sabe que los terroristas no tienen la misma lógica que sus adversarios. Se aprovechan de su buen conocimiento del terreno, lo que les hace invisibles, no localizables. Ahí está su fuerza. El ejército maliense y el chadiano parecen dispuestos a proseguir esta guerra sin la presencia de soldados franceses. Pero la ayuda estratégica de Francia siempre será necesaria. Sin embargo, hay otro problema que enerva a Human Rights Watch: existe una “sed de venganza” en los militares malienses, que fueron humillados en el 2012 por los independentistas tuaregs del Movimiento Nacional de Liberación del Azawad (MNLA) y por los islamistas de Ansar Din. En este contexto se han producido actos de violencia sobre las poblaciones sospechosas de haber ayudado a estos rebeldes.

La guerra de Mali es complicada. Francia se da cuenta cada día que pasa, pero nadie lamenta la intervención militar. Además, durante unos días ha servido para reforzar la estatura del presidente Hollande, cada vez más criticado en el país por su política económica.

Tahar Ben Jelloun, escritor.

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