Mallorca: un edén vergonzante

La isla de Mallorca está bendecida por su variedad topográfica: montañas que descienden hasta valles, torrentes que se amansan en las mesetas para deslizarse luego hasta deliciosas playas de arena y roca, piscinas naturales flanqueando cuevas ocultas, constituyen un paisaje tocado por la mano divina, el paraíso bíblico antes de la expulsión.

La abundancia de su flora y fauna es espectacular. De su fecundo suelo desborda tanta vida como si de un manantial se tratara. La Sierra de Tramontana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, alberga una nutrida población de buitres negros, «xoriguers», milanos reales y águilas que sobrevuelan majestuosamente sus cumbres. Somos afortunados los que hemos podido olfatear el aroma dulzón de los algarrobos de la isla, saborear la suculencia de sus almendras y el delicioso cuerpo de los vinos locales, privilegio de sibaritas acariciados por su sol y su aire salitroso, suave y reparador.

Y sin embargo, una lacra tan antigua como el pecado original aqueja a esta pletórica isla como una plaga vergonzante, infecta y putrefacta: la del sufrimiento animal.

Semana tras semana un lamentable desfile de perros hambrientos, abandonados y a menudo torturados, frecuenta sus carreteras flanqueadas por bellos muros de «pedra en sec». Algunos sobreviven sobre ese fecundo suelo atados a una cadena bajo el calor infernal de un sol sofocante, con las huesudas ancas milagrosamente en pie, apenas sostenidas por la orden de un cerebro reseco. Abundan los casos. Un pequeño terrier demacrado con las uñas tan largas como Fumanchú permanece en la cuneta donde fue arrojado desde un coche; una cabra enrollada con una corona de espinas de alambre exhibe sus heridas abiertas; una madre lactante cojea fuera del alcance de sus cachorros hambrientos; una camada de gatitos en una caja de cartón es engullida por las mandíbulas mecánicas de un camión de la basura.

Equipos de veterinarios voluntarios se mueven en furgoneta por los pueblos ofreciendo castración gratuita para mascotas; uno de ellos estimó la tasa de mortalidad canina entre seis y ocho mil perros al año. La de los gatos es aún mayor. Una voluntaria de una de las numerosas asociaciones de rescate animal, me dijo que la suya encontraba de tres a cuatro camadas de perros arrojados en contenedores de basura cada semana. Un propietario «contrató» a un matón para acabar con su pastor alsaciano de dos años, golpeándole en la cabeza con un palo.

Y la palabra «denuncia» se enarbola por doquier como un banderín de verbena, tan útil para eso de informar y frenar el abandono como para hacer aterrizar un jumbo en mitad del océano. A no ser que el animal haya sido golpeado, acribillado o abandonado a su maldita suerte, y mientras se le ofrezca comida y agua, hay poco que hacer para convencer a las autoridades de que, olvidado, con la única compañía de unos cientos de garrapatas en su lomo, es un ser vivo que necesita ayuda.

Tanto los turistas como los residentes extranjeros han ayudado a sacar a la luz múltiples casos de negligencia, particularmente en zonas del interior apartadas de los destinos más solicitados. Aquí está generalizada la idea de que castrar a un animal resulta una afrenta para cierto tipo de machismo obsoleto o un gasto inaceptable, y que antes de considerar a un animal como una criatura sensible con derecho a cuidados veterinarios habría que cultivar los campos de Marte.

Valientes e incansables trabajadores mallorquines también pugnan a diario, y de forma altruista, por salvar a los animales, pero no existe todavía ninguna entidad a nivel nacional equivalente a la británica Rspca (Sociedad Real en la Prevención de Crueldad hacia los Animales), para ayudar a proteger y prevenir no solo el abuso, sino el simple descuido de un animal. La Policía deriva las quejas a una sección de la Guardia Civil con buenas intenciones, pero ya desbordada en las tareas de vigilancia de costas y en la atención de asuntos medioambientales. Y las asociaciones de rescate animal trabajan en un ambiente adverso, dominado por una cultura que está a décadas de reconocer el bienestar emocional y físico de un animal como un derecho, menos aún como un deber. El Gobierno balear ha anunciado un plan de recaudación de 80 millones de euros a través de una tasa turística. De cualquier modo, no bastaría con plantar kilómetros de adelfas en los bordes de las carreteras para ocultar una realidad que necesita financiación y un compromiso serio con urgencia.

Recientemente, en una calle de Londres, un zorro yacía recién atropellado; inmóvil, sus ojos aún desorientados por el impacto del coche. A su lado una mujer sollozaba, sacudiendo su cabeza con resignación ante la callada dignidad de un animal que sabe que se está muriendo. Por desgracia, esa suele ser a menudo la situación de los animales en Mallorca y el fútil predicamento de aquellos que llaman a la isla su hogar.

Trisha de Borchgrave, artista y escritora.

1 comentario


  1. que fuerte y que cierto…en toda España es igual. Estamos a la cabeza del maltrato animal, podemos sentirnos orgullosos de ser crueles e indiferentes.

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