Malos tiempos para experimentos

Una cosa que ya se ha llevado por delante el coronavirus es la política o, mejor dicho, la vieja política. No solo nos parecen sin sentido y fuera de lugar esos guiños independentistas que todavía persisten, sino también los discursos vacuos que hemos escuchado en el Congreso de los Diputados. Unos proponiendo el «nuevo Pacto de la Moncloa» a modo de mágico talismán; y otros rechazándolo con encriptadas frases más o menos ingeniosas fabricadas en las oficinas de la mercadotecnia de los partidos. Mientras tanto, como la gente se va muriendo a millares, la indignación va in crescendo y, en el mejor de los casos, apretamos el botón del mando televisivo para no escuchar mentecateces. El Gobierno no quiere responsabilizarse  de la parte que le toca -que es mucha- en la gestión de la catástrofe. Y la oposición ha sido incapaz de hablar claramente. Quizás ahora, después de la conversación entre Sánchez y Casado, se haya abierto una ventana de esperanza para el acuerdo sobre temas fundamentales: economía y libertades. Pero dudo que se llegue a nada, tras la sesión parlamentaria de ayer.

Malos tiempos para experimentosAsí las cosas, intentamos buscar ejemplos de la historia pasada más reciente por si nos pudieran servir de guía o de ejemplo. Me viene a la memoria, cómo no, la figura de Churchill en la II Guerra Mundial cuando decidió enfrentarse a uno de los peligros más grandes que tuvo el mundo de sucumbir a la destrucción masiva: el nacionalsocialismo y Hitler. Churchill tenía las ideas muy claras de con quién debía aliarse, le gustase o no. Se opuso abiertamente a su compañero de partido Chamberlaine que aconsejaba pactar con Hitler para evitar la guerra. Son famosas aquellas palabras suyas en la Cámara de los Comunes en 1938 dirigiéndose al entonces primer ministro (Chamberlaine), que defendía el acuerdo entre Francia, Alemania, Italia y Gran Bretaña: «A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra». En 1939, Alemania invadía Checoslovaquia e Inglaterra entraba en guerra. ¿Qué hizo Churchill? En 1942 se alió con el partido laborista y nombró a Attlee, su jefe, viceprimer ministro. En el partido conservador, al principio, eso no lo vio todo el mundo bien, por supuesto. No se olvide que había una corriente conservadora muy próxima al fascismo que, aunque no abiertamente, miraba con simpatía a Sir Oswald Mosley, el político fascista inglés, procedente del partido conservador, que tuvo muchos seguidores en el Reino Unido. Así, con determinación, Churchill y Attlee, conservadores y socialistas, todos ciudadanos británicos, plantaron cara al nazismo y ganaron la guerra. Unidos en lo esencial.

Este no es tiempo para experimentos. Cuando Sánchez logra ser investido presidente el 7 de enero de este año con un gobierno de coalición junto a podemitas (procedentes del chavismo) y comunistas (de Izquierda Unida), además de la abstención de los independentistas catalanes, el principal problema político que tiene planteado España es la situación de Cataluña a punto de estallar en un enfrentamiento doble: entre catalanes, y entre las instituciones autonómicas catalanas gobernadas por sediciosos y el Estado. Es cierto que el «experimento» de Sánchez (abrir una mesa de diálogo) rebajó la tensión en Cataluña y se vio con cierta expectación -aunque con mucho escepticismo- la deriva de a dónde nos podía llevar eso. Hubo ministros de cuota, como Salvador Illa, que eran necesarios para la negociación. Se le metió en una de las carteras más intrascendentes y con escasas competencias que había: Sanidad. Casi todas las competencias en esta materia habían sido transferidas a la mayoría de las Comunidades Autónomas. Illa era un profesor con sentido común, alcalde de pueblo y amigo de Miquel Iceta, el secretario de los socialistas catalanes. La cartera de Sanidad era tan inane que incluso la habían desempeñado personas de escasos conocimientos sanitarios como Celia Villalobos, Trinidad Jiménez, Leire Pajín, Alfonso Alonso o Ana Mato, por poner los ejemplos más llamativos. Es cierto, también, que por esa cartera pasaron personas capacitadas como Mª Luisa Carcedo, Carmen Montón, Bernat Soria o Ana Pastor que, por lo menos, tenían la terminología mínima indispensable para lidiar con la sanidad. Y de repente Illa se convierte en el ministro más importante del Gobierno y en su portavoz de facto. Está por ver de a dónde nos conduce el experimento.

Nadie podía imaginarse el sunami -esto sí que era un sunami y no el catalán- que se nos venía encima en esos primeros días de enero y, mucho menos, los eufóricos y eufónicos nuevos ministros. El Rey, quizás el único informado, ya le advirtió a Sánchez nada más prometer su flamante cargo de presidente en una ceremonia de duración mínima: «Ha sido rápido; el dolor vendrá después». Resulta prematuro aventurar un juicio global sobre la gestión de esta crisis. El ministro de Sanidad, Salvador Illa, se ha puesto al día con rapidez en una materia que ignoraba por completo, lo cual es algo, y además guarda las formas, tan importantes en una democracia. Pero parece fuera de toda duda que el Gobierno despertó con un mes de retraso y no supo, o no quiso ver, que lo que ocurría en Italia sería lo que iba a pasar en España en las semanas siguientes. Porque de no ser así, de no haber visto lo evidente, no lo de China que estaba muy lejos, sino lo de Italia, país vecino, resultaría de una incompetencia e irresponsabilidad tan grande que algún día deberán explicarse.

Ahora, solamente la unión de los dos grandes partidos para gestionar unos presupuestos que cuenten con la mayoría del Congreso podrá servir de guía para un pacto que facilite la salida de la catástrofe económica que se nos viene encima. Y, por supuesto, como pidió el Partido Popular, un pacto en el Congreso de los Diputados, como así se ha acordado finalmente. Solo ahí, como sede de la soberanía popular, puede llegarse a consensos que vinculen a los partidos. Churchill, que tan bien gestionó la guerra, se estrelló en tiempos de paz ante el «gran smog» -mezcla de humo y niebla- de 1952 en el que murieron miles de londinenses mientras él esperaba, fumándose un puro, que escampase; y Attlee, pipa en mano, no se atrevía a formular una moción de censura. Confiemos que nuestros dos políticos -Sánchez y Casado- actúen con algo más de cordura, pues ni va a escampar el virus con el buen tiempo ni la oposición podrá presentar una moción de censura. Las fórmulas extraparlamentarias y experimentales que algunos proponen no son más que pan para hoy con eso de la renta básica y hambre para mañana con la destrucción del tejido empresarial.

Jorge Trías Sagnier es abogado y escritor.

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