Manantiales en tiempos de sequía

Ha pasado medio siglo desde la clausura del Concilio Vaticano II. Aún estamos bajo el impulso de sus decisiones, actitudes y textos: los que hemos realizado y los que nos quedan aún por llevar a la práctica, tanto en espíritu como en acciones e instituciones. Fue un concilio peculiar, ni centrado en decisiones dogmáticas sobre las realidades primordiales como la naturaleza y misión de la persona de Cristo en los de la Iglesia antigua, ni en proyectos de reforma, como lo fueron los concilios medievales. Fue un concilio pastoral. Esto significa que su preocupación primordial fue percatarse de su misión de parte de Dios para los hombres, de encontrar los nuevos caminos transitables para el evangelio y de ofrecer a los hombres una palabra de salvación. Esa meta debe ser el aguijón permanente de la Iglesia y de la teología.

Se ha dicho que el Concilio Vaticano II fue un concilio de teólogos. Lo fue, pero no solo de ellos. Fue fruto de una actitud nueva de la Iglesia, desde los papas a seglares de a pie. Fue el resultado de una teología, que decidió acometer con nuevo coraje su tarea de acoger e interpretar la revelación de Dios en la historia, fijada en los textos bíblicos, interpretada en los concilios y destinada a ser para la vida del mundo. Esa teología fue la creadora a la vez que el resultado de grandes conmociones internas de la Iglesia, y de su atención a los grandes movimientos del espíritu humano. Fue la llamada refontalización (resourcement) o retorno a las fuentes del que surgieron los movimientos bíblico, patrístico, ecuménico.

La teología del siglo XX abarca tres periodos diversos. El primero es el de la dura represión e infames delaciones del modernismo y sus consecuencias. El segundo periodo va de los años 1930 a 1950, de trabajo en silencio y de duro empeño por encontrar una palabra verdadera para la Iglesia. El tercero abarca desde los inicios preparatorios del Concilio Vaticano II en 1959 hasta los años 80. A partir de esta fecha van desapareciendo las grandes figuras que prepararon y llevaron a cabo el Concilio. ¿Dónde estamos hoy? En pausa de espera, de acción silenciosa, de fidelidad necesaria. Se ha dicho que el nuestro es tiempo de invierno, porque no aparecen grandes propuestas teológicas ni síntesis nuevas. El otoño y el invierno son tan esenciales como la primavera y el verano. Sin la sementera y maduración de aquellos no podría venir la cosecha de estos.

¿Cuál es nuestra responsabilidad en estos tiempos de intemperie teológica? No plañir, y menos alimentar un cierto resentimiento teológico señalando culpables. Un renacimiento de fondo no lo logran ni una persona ni unos breves años; es fruto de varias generaciones en lenta germinación. Lo único fecundo es trabajar, como dice Santa Teresa con Isaías: «En esperanza y silencio será mi fortaleza» (30,15). Vivir insertos en la real trama de la humanidad y de la Iglesia. Y desde ahí heredar, estudiar, dejarnos fecundar por los que nos precedieron: los Rahner y Balthasar, los Lubac y Congar, Ratzinger, Kasper…Es urgente acercarlos a las conciencias cristianas de las nuevas generaciones, ya que de lo contrario estas se van a encontrar en un desierto, porque muchas nuevas propuestas, por más radicales, sutiles o piadosas que les parezcan, no son suficientes para dar razón de la esperanza que tenemos que ofrecer a los hombres. Una Iglesia donde el pensar en gratuidad no está a la misma altura que el servir en amor pronto olvidará su misión y quedará a merced de vientos y tempestades.

Para poner solo un ejemplo: no tenemos todavía hoy un libro que pueda superar al del P. Congar sobre «Verdadera y falsa reforma en la Iglesia»; por eso es un signo de lucidez el que Sígueme lo haya vuelto a publicar. Hay un hecho revelador del verdadero valor de las grandes culturas: estas son las que mantienen el sentido y el instinto para la verdadera tradición, porque sin ella no es posible la creación. Es un hecho que casi todos los grandes teólogos del siglo XX fueron patrólogos o especialistas en un tramo cultural de la historia de la Iglesia. Hay que subirse a los hombros de los gigantes para ver lejos.

Hoy quiero levantar acta del hecho siguiente: Francia ha editado las obras completas de H. de Lubac en 49 volúmenes y Alemania está editando las de sus grandes teólogos. Lo comenzó a hacer con las de Rahner, publicadas en 32 volúmenes, con admirables introducciones. Rahner lo ha abarcado todo, pero en el corazón de su teología está la preocupación por iluminar ese hondón del espíritu humano que le abre al Absoluto y desde el cual es hombre. Junto con las de Rahner tenemos las obras completas de Ratzinger en 18 volúmenes, de los cuales ya han aparecido seis en castellano. Su obra deriva de otra actitud fundamental: ver al cristianismo como historia en sus expresiones encarnativas, por ello en sintonía permanente con la Biblia, la tradición y el diálogo ecuménico. El tercer ejemplo son las obras completas de W. Kasper en 18 tomos, de la misma procedencia intelectual y centradas más en las cuestiones eclesiológicas, ecuménicas y pastorales. Estos días aparece el primer tomo de las obras completas de H. Küng. Es quizá el más conocido y leído entre las gentes de la calle y entre quienes viven en la frontera del cristianismo. Ha sido un gran revulsivo dentro de la Iglesia, y sus últimas posturas esperan un discernimiento último por la recepción eclesial futura. Su aportación al diálogo sobre la responsabilidad de las religiones para la paz en el mundo ha sido muy importante. Añadiré otro autor menos conocido en España, filósofo a la vez que teólogo: B. Welte, del mismo pueblo que Heidegger, amigos de por vida, y quien dijo las palabras de despedida durante el entierro de aquel en la aldea natal de ambos. Sus obras completas abarcan 13 tomos e iluminan las múltiples franjas de luz común a la filosofía, a la religión y al cristianismo.

Los problemas del regadío y de las cosechas de Salamanca no los resuelven solo los canales y las propias fuentes. La gran pregunta es: ¿hay neveros en las cumbres de Gredos, que están en Ávila? ¿Hasta cuándo en el verano seguirán bajando regueros de agua desde aquellas alturas y llegando con el Tormes? Esta es nuestra responsabilidad hoy: abrir las cumbres a las nuevas generaciones, enseñarles a pensar desde lejos y desde el fondo. La Iglesia es la predicación de un mensaje salvífico y la oferta de un proyecto de vida, junto con la oferta simultánea de un pensamiento que piensa y da razón, de que es verdad y por eso salva. Las obras de esos gigantes teológicos que he enumerado son la mejor compañía posible para llegar a una fe madura, capaz de ser contemporánea proponiendo preguntas y acogiendo respuestas. Sin teología viva no hay predicación fecunda y la Iglesia estará tentada por la rutina, el moralismo y el olvido del evangelio esencial. En tiempos de sequía moral, filosófica, política, hay que volver a abrevarse en los manantiales: los pensadores mejores, los hombres y mujeres ejemplares, los que prefirieron la verdad a la mentira, los que asumieron el sacrificio para evitar el envilecimiento moral, los que hicieron del heroísmo servicio sagrado a sus semejantes.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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