Maniobras orquestadas en la oscuridad

Nuestra democracia ha ingresado en una fase francamente crepuscular. No estoy insinuando, ¡no se alarmen!, que esto vaya a acabarse en dos días, o que, agazapado a la vuelta de la esquina, nos aceche un espadón, terciado el instrumento de matar sobre el abdomen. Todo lo que quiero decir es que el aire se ha obscurecido, y que empieza a no verse nada. Nada de nada. A partir de mayo pasado, los indicadores de la política se han puesto a girar erráticamente, lo mismo que el manómetro de un avión al traspasar el triángulo de las Bermudas. El presidente ha continuado siendo presidente, aunque no se sepa ya qué proyecto encarna; el PSOE apoya al Ejecutivo por falta de alternativas; la oposición se opone, faltaba más, pero sin que sea evidente qué es aquello a lo que se opone; et ainsi de suite, que dirían los franceses. El colmo, la exacerbación del disparate, se produjo en el mes de septiembre, cuando, tras la aprobación de la reforma laboral, los sindicatos bajaron a la calle para tirarle un viaje al PP, uno de los partidos que la habían votado negativamente en el Congreso. ¿De dónde procede este furioso desorden?

La explicación es harto sencilla. A fin de que no se extendiera a nuestro país la convulsión financiera que postró a Grecia hace nueve meses, personas que mandan más que Zapatero llamaron a este a capítulo e intimaron la absoluta e inmediata inversión de su política económica y social. Zapatero pudo dimitir y dejar el testigo a alguien más congruente con el orden de cosas que las circunstancias exigían. O pudo haberse formado un gobierno de gran coalición. O haberse excogitado otros expedientes. El caso, sin embargo, es que se apostó por la continuidad. El hombre que había ganado las elecciones acogiéndose a la autoridad de un determinado programa prosiguió en el cargo para desarrollar el programa contrario. Esto ha tenido dos consecuencias importantes. La primera es que no está claro que el presidente de los españoles siga representando en realidad a los españoles. La segunda es que, alterado radicalmente el argumento de la obra sin que los actores hayan variado de identidad o incluso de disfraz, todo el mundo se dedica a hacer lo que no le corresponde. Ocurre lo mismo que si un empresario teatral hubiese permutado, a medio camino de una representación, el guión original por otro que escondía traviesamente en el bolsillo. Tras el cambiazo, la actriz que va ataviada de Cleopatra se expresa como si fuera Rosa Luxemburgo; o Marco Antonio dice las cosas que uno habría esperado oír de Tartarín de Tarascón. Todo esto es profundamente desorientador. Y quizá desmoralizador.

Afirmo lo último porque, así en el teatro como en la vida democrática, necesitamos creer en lo que vemos. No voy tan lejos, ni soy tan gaznápiro, que piense que la política deba regirse inflexiblemente por los principios que campean en los libros de filosofía. Hacer una política inmaculada es tan imposible como hacer una digestión inmaculada. Los intestinos, tanto en el organismo humano como en el nacional, son tubos largos plagados de bacterias cuyo trabajo resulta ser, a un tiempo, necesario y poco pulcro. Pero hay límites, y cuando esos límites se rebasan las cosas empiezan a ponerse un pelo chungas. En esencia, se me figura muy cuestionable que la dirección a distancia, o teledirección, de la política española desde centros de poder remotos y animados por prioridades que no tienen por qué ser las nuestras resulte compatible, no digo ya a la larga, sino a corto o medio plazo, con la preservación de los estándares que asociamos a una democracia respetable. Echemos no más un vistazo a lo que ha venido sucediendo desde la primavera del 2010.

Algunas iniciativas han sido buenas, otras se han torcido sobre la marcha, y otras, sencillamente, carecen de sentido. Ha sido bueno que se recortara el déficit; será bueno, si al fin cae la moneda de cara, que la renovación de los salarios se desvincule de la inflación o se desactive la práctica de medir a todas las empresas por el rasero de los convenios colectivos. Pero la reforma laboral ha terminado saliendo peor que regular, entre otras cosas, porque se trata de un asunto técnicamente complejo que no cabe ventilar de un plumazo desde un despacho de Bruselas. Y entra dentro de lo maniático, por decirlo suavemente, la idea de recortar las pensiones a la manera como se ha hecho. Por supuesto, ha tiempo que debería haberse iniciado una reforma del sistema. Pero también importa el decoro. Ni la reforma de las pensiones guarda relación con las medidas de choque que nos ayudarán a sortear la crisis, ni es sano ni bueno para nuestra relación duradera con Europa que algo de esta magnitud, de esta gravedad, se determine sin que los españoles hayan dicho esta boca es mía. Se aprecia, de nuevo, un conflicto de perspectivas. Para la señora Merkel, o quien fuere, era preciso arrancarnos un gesto que impresionara favorablemente a los mercados. Y lo ha impuesto, por mucho que la crisis no vaya a durar por ello ni un minuto menos. El mismo hecho, contemplado desde la perspectiva de un español, presenta un escorzo distinto. El recorte no se había discutido seriamente antes, afecta a los fundamentos del contrato social sobre el que implícitamente se sostiene el sistema y nos llega no por voluntad propia, sino como llovido del cielo y porque ha extendido el índice alguien sobre el que no sabemos casi nada. Un demonio perverso que quisiera deslegitimar a la democracia no habría encontrado medio más hábil para llevar su fin adelante.

Se me replicará que es preferible hacer lo que hay que hacer, aunque sea declinando el gobierno de sí en terceros, que quedarse con los brazos cruzados. No sé qué contestar a esta observación. Solo señalaré que aceptarla sin reservas implica resignarse a la irresponsabilidad de quien se declara menor de edad. ¿Puede subsistir una democracia cuyos ciudadanos se declaran irresponsables? Sí, mientras no suceda un terremoto. Pero este «sí» no me deja del todo tranquilo. Se trata de un «sí», por así decirlo, inercial o, por lo menos, de baja intensidad.

Volvamos a la señora Merkel. No es cierto que Merkel, como tiende a afirmarse por ahí, haya levantado a su país a pulso. La recuperación de Alemania, tras unos años difíciles, no se ha producido por arte de birlibirloque, sino después de que, a lo largo de un periodo que comprende al menos decenio y medio, los diarios, los foros empresariales, los sindicatos, hubieran estado pegando la hebra, un día sí y otro también, sobre el declive económico alemán y las causas que lo habían provocado. Logró crearse, a la postre, un estado de opinión tan formidable que los partidos hubieron de fijar su agenda por referencia a él. Ha sido esto, mucho más que la habilidad de los políticos, lo que ha introducido en Alemania la disciplina pública que ahora envidiamos. Nosotros hemos improvisado, o mejor, nos han improvisado. Los improvisadores, por definición, no pueden ser coherentes. Y sin actores coherentes tampoco pueden funcionar las reglas de juego. Maniobramos, orquestalmente, en la oscuridad.

Por Álvaro Delgado-Gal, escritor.

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