¡Manos arriba! Esto es un diálogo

Estamos cumpliendo el guion de los sediciosos, sin apartarnos un milímetro. El juez Marchena afeó a los políticos ahora condenados en su sentencia la incoherencia de haberse empeñado en una «ensoñación» independentista a sabiendas de que no tenía ninguna posibilidad de éxito. Les dijo que «eran conocedores de que lo que se ofrecía a la ciudadanía catalana como el ejercicio legítimo del derecho a decidir, no era sino el señuelo para una movilización que nunca desembocaría en la creación de un Estado soberano».

Un «señuelo», sentenció el juez, para presionar a negociar al Gobierno central. Y me sorprende que una persona tan dueña de la situación, a juicio de sí mismo, no se percatase de que la incoherencia de mayor bulto era la suya. Pues si la acción de los sediciosos no tenía como fin la subversión del orden constitucional, sino el establecimiento de un nuevo marco para el diálogo, ¿no resultaba demasiado prematuro calificar de fracaso su empeño?

Muchos deben de estar riéndose todavía de esa presunción de Marchena, toda vez que ahora ha llegado el tiempo de ese diálogo para el que todo lo anterior no ha sido más que una toma de posiciones.

La sentencia de Marchena no era el punto final del golpe posmoderno nacionalista, sino un punto de inflexión. Al dar todo el protagonismo al componente negociador —ese separatismo calculador y de circunstancias mayoritario entre los poderes fácticos— Marchena inauguraba formalmente su segunda fase. Para un poder ejecutivo como el de Pedro Sánchez, tan necesitado de apoyos como dispuesto a «dialogar» de lo que haga falta para obtenerlos, esta consideración del poder judicial ha sido miel sobre hojuelas. Una auténtica hoja de ruta.

El temible consenso empieza a adueñarse de la escena. Los editorialistas conjuntos ya se hacen guiños y reaparecen con fuerza actores con vocación protagonista que han desempeñado estos tiempos ominosos un papel poco vistoso, sin salir de la sombra.

Por fin llega la hora esperada por el tercerismo político, tan coincidente con el poder económico catalán. Es el momento de apostar con fuerza por el «diálogo». Pero, ¿y el traumático proceso de ruptura de la convivencia?, ¿y el empobrecimiento?, ¿y el patético corolario del procés en forma de grave agresión al orden democrático? Nada, pelillos a la mar, a lo sumo daños colaterales. Ha llegado el momento de ser constructivos, de buscar soluciones dialogadas…

Esa es la consigna, que bien sabemos en qué consiste: un trato de favor en las inversiones, que los catalanes lo merecemos porque somos muy productivos; un pacto fiscal a la vasca, que para privilegios medievales nosotros; un buen blindaje de las competencias en seguridad, en educación, en cultura, que no se detenga la desconexión; una justicia propia, que los trapos sucios se lavan mejor en casa.

A algunos líderes del separatismo, como Elisenda Paluzie, se les ha escapado el secreto a voces. La violencia da réditos. Que se lo pregunten a sus asesores vascos, tanto a los que sacuden el árbol como a los que recogen las nueces, que ambos son sus buenos amigos, porque no hay mejor lazo que compartir enemigos. «No conozco ningún pueblo que haya alcanzado su liberación sin que unos arreen y otros discutan», dijo el ínclito Arzalluz.

La utilidad de ese «sacudir las ramas» va más mucho allá del chantaje al interlocutor. Genera atmósfera, clima. Expresiones de violencia explícita como los atentados terroristas o los tumultos callejeros son sólo puntas del iceberg. Lo relevante es lo oculto bajo el agua.

Ahora que nos aproximamos al diálogo condicionado que el separatismo lleva décadas preparando, echemos la vista atrás a los orígenes de esa «preparación», en fechas tan adánicas como la primavera de 1981. La noche del 20 de mayo Federico Jiménez Losantos fue secuestrado por Terra Lliure y abandonado atado a un árbol con un disparo en la pierna. La razón del atentado era que Federico era uno de los firmantes, y promotores, del Manifiesto de los 2.300 profesores que diagnosticaba el incipiente cáncer catalán que ahora ha hecho metástasis en toda España.

Con ser grave el atentado, cuya víctima pudo morir desangrada, lo verdaderamente grave vino después. El diálogo, el auténtico diálogo, se cortó en seco. Ese tiro no sólo expulsó a Federico de Cataluña, sino que cortó en seco la disidencia, porque el nacionalismo en pleno —por supuesto también el catalanismo— se puso del lado de los pistoleros. Al poco nació la Crida (Crida a la solidaritat per a la defensa de la llengua, la cultura i la nació catalana), los firmantes tuvieron que irse o callarse —salida o lealtad, en términos de Hirchman, porque la voz quedó proscrita— y así se fue escribiendo unilateralmente la historia.

Insisto en que lo segundo es más dañino, socialmente, que lo primero: terroristas y otra gente violenta la hay en las mejores sociedades. Una sociedad no es totalitaria por albergarlos. Como también toda sociedad alberga su porcentaje de vándalos dispuestos a quemar contenedores. Lo más grave, lo que es síntoma de fascismo, de sociedad enferma, no es el acto de un pistolero contra uno de los 2.300 firmantes, sino el apoyo de un régimen para que los 2.299 firmantes que no han sido tiroteados sí tomen buena nota; no son los tres mil jóvenes hiperventilados dando rienda suelta a su salvajismo, sino las trescientas mil tietas sonrientes que los apoyan.

Ese régimen nacionalista ha invertido casi cuatro décadas en crear el marco para el «diálogo» que ahora les conviene. El PSOE lo acepta, aunque nadie duda de que esa llamada al diálogo de ERC es la enésima manipulación del lenguaje del nacionalismo, porque durante decenios los sucesivos gobiernos de España no han cesado de dialogar, y de ceder. Nadie duda de que se ha llegado a un límite en el que ya no es posible ceder más a las pretensiones nacionalistas sin romper el marco de convivencia. Y eso es, precisamente, lo que exige el nacionalismo, con la violencia como marco, para dialogar. Es el cinismo endémico del nacionalismo: no se pide diálogo, sino dialogar fuera del marco de la ley fundamental de los españoles.

Esta es la mesa de juego a la que el líder del PSOE acepta sentarse. ¡Manos arriba! Esto es un diálogo. Así son los términos. Es el diálogo del hampa, de una partida de tahúres a la que acude el presidente en funciones del Gobierno español con la desesperación de quien necesita jugar para salvarse, y con unos compañeros de juego cuyos intereses se alienan más con los del rival.

Esa partida no debe jugarse. Lo que se está jugando es lo que sus compañeros de mesa, sus compinches, denominan despectivamente «el Régimen del 78», esto es, el modelo de convivencia emanado de la Constitución que ha proporcionado a los españoles las décadas más prósperas y pacíficas de su historia.

Sánchez puede perder hasta la camisa, y la camisa es nuestra.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

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