Manos invisibles: empleadas de hogar

En nuestra literatura y en nuestro teatro, los personajes del criado y la criada jugaron roles de envergadura. Incluso en la novela moderna, desde el XIX a los años 50 con el realismo social, abundan sirvientas y cocineras, como en la literatura infantil, donde eran las únicas interlocutoras frente a progenitores ausentes. Es natural, pues los vínculos, en esa particular relación humana que se desarrolla bajo nuestro techo, son laborales y también personales, y por lo tanto ricos y complejos. Sin embargo, hoy aparecen poco en la ficción, aunque las estadísticas y un vistazo alrededor demuestren que son 700.00 trabajadores en España, mayoritariamente mujeres, un 80% inmigrantes. La sociedad española se sostiene gracias a ese bastión de extranjeras que se ocupan de nuestros hijos, de nuestros mayores y de nuestras casas. Si son imprescindibles, ¿por qué son invisibles?

Quizá sea porque no suelen hablar de sí mismas. Por las características de su empleo, el asociacionismo y la afiliación sindical son bajos, y por tanto carecen de instrumentos sociales para reivindicarse y tener voz. Además, el trabajo que desarrollan –barrer, fregar, cocinar, lavar, tender, planchar, cuidar de niños y ancianos– es una tarea que nunca tuvo valor ni reconocimiento. Tampoco cuando lo desempeñamos nosotras, sus jefas y empleadoras. Y hay una tercera razón por la que a mi juicio no hablamos públicamente de ellas, y es la conciencia de que hay algo desequilibrado en esa relación que la propia ley define como «especial». Particularmente si eres una persona progresista, no puedes dejar de preguntarte si tener ayuda (algo tradicionalmente asociado a los ricos y la desigualdad) es moralmente correcto. Sabemos que es una reliquia de otros tiempos, que nuestros amigos europeos de clase media no necesitan empleados domésticos. ¿Por qué aquí sí? La respuesta la encontré en un magnífico trabajo de la Universidad Pública de Navarra hecho por Leticia Bertol. Explica que en países con el mismo nivel de desarrollo económico y social nuestra ayuda doméstica resulta anacrónica y chocante porque, según las mujeres se incorporaban al mercado laboral y los modelos familiares cambiaban, ellos desarrollaron políticas y servicios para la conciliación. Por el contrario, en España, a partir de los años 90 el servicio doméstico en lugar de desaparecer resurgió con fuerza.

Como Italia, Grecia y Portugal, somos una sociedad familiarista con un pasado reciente muy conservador, y el Estado nunca, ni el franquista ni el democrático, se ocupó de ayudar a las mujeres a incorporarse al mundo profesional. Si queríamos trabajar, teníamos que contratar a otras mujeres para sustituirnos en casa. La fuerte inmigración de los 90 permitió que esa demanda encontrara oferta. El Estado sabe que como regule adecuadamente sus condiciones de trabajo equiparándolas con las de cualquier trabajador, como inspeccione y sancione a quienes tienen a sus empleadas en negro, sin cotizar y sin respetar horarios, se encontraría con un problema muy gordo: tendría que cubrir un vacío absoluto de servicios que no ofrece. Basta un ejemplo, en España apenas el 8% de los niños de entre 0 y 3 años tienen plaza en una guardería pública. Dada esa escasez de ayudas y servicios, es lógico que la tasa de natalidad se desplomara según las mujeres nos convertíamos en profesionales. Nuestros poderes central y autonómicos delegan en las familias el cuidado de personas dependientes, por eso la ley de dependencia era tan crucial. El retraso en su aplicación es un golpe para las políticas democráticas de igualdad. Las mujeres cargamos en mayor medida con la responsabilidad del cuidado. Como el Estado no proporciona ninguna ayuda para que las familias concilien, se recurre a la contratación privada en un sector altamente informal. De las 700.000 cuidadoras, canguros, asistentas, chicas internas o externas, solamente cotizan a la Seguridad Social la mitad.

«Relación laboral de carácter especial del servicio del hogar familiar», la define la ley. Por supuesto que es especial: son las personas que conviven con nosotros, comparten nuestra intimidad, ven lo bonito y lo feo de nuestras vidas y dependen de nosotros tanto como nosotros de ellas. Si no están visibles en la ficción es porque tampoco lo están para el resto de la sociedad. Ordenan nuestro desorden. Si un día se pusieran en huelga, el 46% de los trabajadores, las mujeres, no podríamos acudir al trabajo. Es hora de reconocerlo, profesionalizar su función y ofrecer alternativas a las familias.

Ángeles González-Sinde, escritora y guionista.

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