Mantengan firme al renminbi

Las guerras monetarias desatan su furia sobre el mundo y China está en la zona más afectada. El renminbi se apreció bruscamente durante los últimos años, las exportaciones flaquean y el riesgo de deflación aumenta. En estas circunstancias, muchos sugieren que revertir la política cambiaria china para debilitar al renminbi es el curso de acción más lógico, pero eso sería un grave error.

De hecho, mientras China procura implementar reformas estructurales orientadas a garantizar su continuo desarrollo, una depreciación forzosa es lo último que necesita. También sería muy problemático para la economía mundial.

En la superficie, la situación ciertamente parece preocupante, en especial vista a través de la lente cambiaria, que captura las variaciones de los precios chinos frente a los del resto del mundo. Según el banco de pagos internacionales (BPI), el tipo de cambio efectivo real de China –un promedio ponderado por las operaciones comerciales e indexado del valor del renminbi respecto de las monedas de un corte transversal de los socios comerciales chinos– aumentó el 26 % en los últimos cuatro años.

La moneda china se ha apreciado más que la de cualquiera de los restantes 60 países cubiertos por el BPI (excepto por la disfuncional Venezuela, donde los datos están distorsionados debido a los múltiples regímenes cambiarios). En comparación, el supuestamente fortalecido dólar estadounidense solo aumentó el 12 % en términos reales durante el mismo período. Mientras tanto, las contrapartes de China en los mercados emergentes han experimentado fuertes depreciaciones de sus monedas: el real brasileño cayó el 16 %; el rublo ruso, el 32 %; y la rupia india, el 12 %.

Este cambio en las monedas es, por supuesto, el equivalente funcional de un gran aumento del precio de las exportaciones chinas. Sumemos a eso el sostenido aletargamiento de la demanda mundial y tenemos como resultado el sufrimiento de la otrora poderosa máquina exportadora China, con una reducción del 3 % interanual de sus exportaciones en enero. Para una economía cuyas exportaciones representan aproximadamente el 25 % de su PBI, esta no es una cuestión trivial.

Simultáneamente, el fortalecimiento del renminbi ha llevado a que las importaciones resulten menos caras y presiona a la baja a la estructura de precios de China. No sorprende que esto haya exacerbado los temores deflacionarios y que el índice de precios al consumidor (IPC) solo haya aumentado el 0,8 % interanual en enero y los precios de los productores hayan sufrido una pronunciada caída del 4,3 %. Si bien estas tendencias indudablemente están siendo amplificadas por el desplome de los precios del petróleo en el mundo, la tasa de inflación básica China (que excluye a los precios volátiles de los alimentos y la energía) fue cercana al 1 % en enero.

Con este telón de fondo, es fácil ver por qué muchos anticipan un ajuste táctico en la política cambiaria china, de apreciación a depreciación. Ciertamente, parecería una forma atractiva para lograr un alivio temporal de la presión a la baja sobre el crecimiento y los precios. Pero hay tres motivos por los cuales podría fracasar.

En primer lugar, un cambio en la política cambiaria socavaría –de hecho, revertiría– los avances logrados por China en pos de la reforma y el reordenamiento económicos. De hecho, un renminbi más fuerte es coherente con el objetivo clave chino de pasar de un crecimiento intensivo en exportaciones a uno impulsado por el consumo. La apreciación generalmente estable del renminbi –que aumentó el 32,6 % frente al dólar estadounidense desde mediados de 2005– es coherente con este objetivo y no debe revertirse. Fortalece el poder adquisitivo de los consumidores chinos y reduce los subsidios cambiarios a las exportaciones.

Durante la reciente crisis financiera, las autoridades suspendieron temporalmente la política de apreciación del renminbi y el tipo de cambio se mantuvo estable desde mediados de 2008 hasta principios de 2010. Dado que las circunstancias actuales son mucho menos amenazadoras que las imperantes en lo más álgido de la Gran Crisis, la necesidad de otro ajuste táctico en la política cambiaria es mucho menos apremiante.

En segundo lugar, un desplazamiento hacia la depreciación de la moneda podría inflamar el sentimiento antichino entre los principales socios comerciales de ese país, en particular, Estados Unidos, donde el Congreso ha flirteado durante años con la posibilidad de imponer sanciones comerciales a los exportadores chinos. Una coalición bipartidaria en la Cámara de Representantes introdujo recientemente la llamada Ley de Reforma Monetaria para el Comercio Justo, que consideraría la subvaluación cambiaria como un subsidio y permitiría a las empresas estadounidenses solicitar mayores impuestos a las importaciones para contrarrestarla.

De manera semejante, la administración del presidente Barack Obama presentó otra acción más contra China en la Organización Mundial del Comercio, centrada esta vez en los subsidios ilegales que China otorgó a sus exportadores a través de las así llamadas «plataformas comunes de servicio» y «bases de demostración». Si China interviene para reducir más el valor de su moneda, el apoyo político estadounidense para las acciones comerciales antichinas indudablemente se intensificará y empujará a las dos mayores economías del mundo hacía la resbaladiza pendiente del proteccionismo.

Finalmente, una política de depreciación del renminbi conduciría a una brusca escalada de la guerra cambiaria mundial. En una época de expansión cuantitativa sin precedentes, la devaluación cambiaria competitiva se ha convertido en la norma para los mayores exportadores del mundo: primero EE. UU., luego Japón y ahora Europa. Si China se suma a esta carrera hacia el precipicio, otros pueden verse tentados a intensificar sus acciones y los mercados financieros del mundo se verían afectados por otra fuente más de grave inestabilidad.

Así como China resistió la tentación de depreciar al renminbi durante la crisis financiera asiática de 1997-98 –una decisión que puede haber desempeñado un papel fundamental para evitar el contagio regional– debe mantener su rumbo en la actualidad. Esto es aún más importante en medio del desordenado clima de la expansión cuantitativa, donde el papel de China como ancla cambiaria puede tener incluso más importancia que a fines de la década de 1990.

La estrategia es la mayor fortaleza china. Una y otra vez los funcionarios chinos han sorteado exitosamente situaciones inesperadas sin perder de vista sus objetivos estratégicos de largo plazo. Deben trabajar para mantener ese historial y aprovechar al fortalecido renminbi como un incentivo para redoblar los esfuerzos de reforma y reequilibrio en vez de como una excusa para volver sobre sus pasos. Para China, no es momento de acobardarse.

Stephen S. Roach, former Chairman of Morgan Stanley Asia and the firm’s chief economist, is a senior fellow at Yale University’s Jackson Institute of Global Affairs and a senior lecturer at Yale’s School of Management. He is the author of the new book Unbalanced: The Codependency of America and China. Traducción al español por Leopoldo Gurman.

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