Manuel Fraga: el centenario olvidado

Frente a una doctrina que se ha convertido ya en oficial, cada vez resulta más necesario escribir la historia desde la complejidad. Resulta evidente que no puede considerarse al régimen nacido de la Guerra Civil como un todo en el que fuese imposible distinguir entre conservadores ilustrados, moderados y modernizadores y tradicionalistas e inmovilistas. La ausencia de las necesarias distinciones es el fruto amargo de una cultura de izquierdas, que se refleja en la inmensa falacia de la denominada «memoria histórica». Considerar a la España de Franco con la imagen monolítica del mal radical impide comprender cómo funcionó en realidad el régimen y cuáles fueron sus fines y su actuación en las diversas etapas de su trayectoria histórica.

Manuel Fraga: el centenario olvidadoEn los años 60 del pasado siglo, la dictadura española, gracias a los éxitos de la política económica modernizadora de los tecnócratas y de la legislación liberalizadora, podía considerarse, siguiendo las pautas elaboradas por el filósofo del derecho John Rawls, «un régimen no liberal decente». Según defiende el sociólogo Emmanuel Rodríguez López en su obra El efecto clase media, el recuerdo de esa etapa es el fundamento de la memoria histórica dominante en el conjunto de la población española sobre el franquismo. En este proceso, tuvo un papel esencial Manuel Fraga Iribarne, nacido el 23 de noviembre de 1922, y de quien ahora se cumple el primer centenario. Siempre caracterizó a Fraga una clara voluntad de conducir a sus compatriotas por el camino que él consideraba adecuado. Su gran ambición fue ejercer el liderazgo político de un proceso de modernización y liberalización que consideró irreversible. En ese sentido, su trayectoria fue paradójica, ya que fue, al mismo tiempo, autoritario y liberal.

Devoto de Aristóteles, Saavedra Fajardo, Maeztu y Carl Schmitt, consiguió muy pronto la cátedra de Derecho Político y de Teoría del Estado en la Universidad Complutense; además, fue director del Instituto de Cultura Hispánica y del Instituto de Estudios Políticos. Desde sus primeros escritos, se mostró partidario de la reforma política del régimen. Ya en su libro La crisis del Estado, de 1955, manifestaba su confianza en las posibilidades históricas del sistema parlamentario. Su etapa como ministro de Información y Turismo le dio la oportunidad de poner en marcha algunos de sus proyectos políticos.

Una de sus grandes iniciativas fue la promoción de la industria turística, que sigue siendo uno de los pilares de nuestro sistema económico. No menos lúcida fue su apuesta por las reformas políticas como respuesta a los cambios que experimentaba el país, tras el Concilio Vaticano II y el proceso de modernización económica. Su Ley de Prensa de 1966 fue liberalizadora, aunque con límites políticos y religiosos. Como ha señalado el historiador Juan Pablo Fusi, esta ley abrió múltiples «espacios de libertad» en el campo cultural y periodístico. En su debe, hay que señalar los casos de Julián Grimau y Enrique Ruano. Perdió, además, la batalla por la apertura política frente a Carrero Blanco. Tras su cese como ministro, elaboró un proyecto reformista, declarándose partidario del «desarrollo político» como vía para la instauración de lo que denominaba «la democracia posible», basada en una política de «centro». Su marco de referencia histórico fue el sistema político de la Restauración.

Tras la muerte de Franco, Fraga apareció como el líder natural de una derecha con posibilidades de futuro. Sin embargo, su presencia en el primer Gobierno de la Monarquía, como vicepresidente y ministro de Gobernación, fue un fracaso. Sus proyectos reformistas fueron rechazados por los sectores más inmovilistas del régimen y por la oposición de izquierdas. Los luctuosos sucesos de Vitoria y de Montejurra consolidaron la imagen de un Fraga autoritario. Sin embargo, su figura se perfiló como la del líder de la transición a la democracia liberal. No fue así. El monarca eligió a Adolfo Suárez. Fraga nunca se recuperó de esa derrota. Para colmo, fue Suárez quien encarnó la política de «centro». Sin embargo, el gallego no tiró la toalla y aspiró a liderar lo que entonces se denominaba «franquismo sociológico», a través de Alianza Popular, federación de partidos que agrupó a siete ex ministros de Franco. No obstante, se vio eclipsado por el dinamismo de Suárez y tuvo que dar su apoyo a la Ley de Reforma Política.

En aquel nuevo contexto político, su fracaso electoral era previsible; tan sólo consiguió 16 diputados en las elecciones de 1977. No obstante, su participación en la elaboración del texto constitucional de 1978 contribuyó a realzar su figura política. Su diagnóstico del proyecto constitucional no resultó entusiasta. Criticó, sobre todo, su modelo territorial y la inclusión del término «nacionalidades». En su opinión, la cuestión nacional era «la cuestión capital de esta Constitución; la que determinará su éxito o su fracaso y el juicio de la Historia». No se equivocó: lo estamos viendo. Finalmente, optó por el voto afirmativo en el referéndum de 1978.

Uno de sus gestos más llamativos fue la presentación de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI. Lo cual no le sirvió para despegar electoralmente. Coalición Democrática fue un nuevo fracaso. No obstante, rechazó posiciones maximalistas; para él, sólo existía una «derecha posible», la liberal y democrática. Al final, logró vencer a Adolfo Suárez, político audaz pero carente de cultura y de proyecto político. La crisis de UCD y la aplastante victoria del PSOE en las elecciones de 1982 convirtieron a Fraga y a su partido en la única derecha posible. Sin embargo, a esas alturas, el político gallego representaba ya otra época, la del tardofranquismo, y no podía competir con el vanguardismo juvenil representado por Felipe González. En el fondo, su función histórica radicó en facilitar la integración en el nuevo régimen de los sectores conservadores; y lo consiguió. Cometió el grave error histórico de propugnar la abstención en el referéndum sobre la OTAN. Elección tras elección, no fue capaz de romper su techo electoral; y, tras no pocas derrotas, renunció a la jefatura de Alianza Popular en 1986. Aun así, su carisma continuó siendo insustituible para la derecha. Por ello, su retorno a la escena política salvó a su partido de una más que probable desaparición. Fue consciente, sin embargo, de que su tiempo había pasado, abriendo el paso al liderazgo de José María Aznar. Su dilatada carrera política finalizó en Galicia, protagonizando una intensa labor modernizadora, aunque asumiendo en demasía los supuestos del galleguismo.

La viad política de Manuel Fraga fue, en resumen, una sucesión de éxitos parciales y de fracasos. Sin duda, su constante fue la apuesta por el reformismo frente a la ruptura. Contribuyó a la liberalización del régimen de Franco, pero fue incapaz de lograr una auténtica reforma de las instituciones. No obstante, su actuación modernizadora le dotó de un capital simbólico que luego pudo explotar en el nuevo período. A pesar de todos sus fracasos, logró integrar al conjunto de la derecha en las instituciones del nuevo sistema político. Sin su figura, esa integración, si no imposible, sí habría sido más tardía y problemática. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, su figura ha quedado en la penumbra, como lo demuestra el olvido de su centenario. El año pasado un diario digital denunciaba que la fundación que lleva su nombre carecía de fondos y de organización. Más recientemente, Xosé Luis Barreiro, en una semblanza de Alberto Núñez Feijóo, señalaba que este se siente más identificado con la figura de Adolfo Suárez que con la de Fraga. El olvido de su figura resulta no ya injusto, sino inconsecuente. Fraga forma parte ineludible no sólo de la historia de la derecha española, sino de la génesis del régimen político actual. Hace falta en la derecha española un mínimo de sensibilidad histórica.

Pedro Carlos González Cuevas es historiador y autor de 'Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días' (Biblioteca Nueva, 2000).

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