Manuel Olivencia

Es unos de esos nombres que siempre hay que recordar en todas sus facetas y, aunque desde su fallecimiento hace sólo unos días se ha escrito mucho sobre él, no me resisto a volver a recordarlo bajo mi percepción como andaluz universal. De ascendencia rondeña, nacido accidentalmente en Ceuta, se sentía sevillano en grado extremo y siempre ejerció como tal para mayor gloria de los muchos hijos ilustres que la ciudad hispalense ha dado al mundo.

Fue, sin duda, a pesar del amor que sentía por su ciudad de nacimiento y por su muy querida Ronda, el arquetipo de lo que considero un sevillano cabal. Los exegetas de Sevilla, mantienen que, como descendientes de la cultura griega, ha quedado en nuestro carácter, en nuestras costumbres e incluso en nuestras manifestaciones culturales, una dualidad entre lo apolíneo y lo dionisiaco, extraído de dos de sus más notables deidades que, aunque para los griegos eran complementarios, la muy posterior interpretación de Nietzsche los hace aparecer opuestos sin remedio. Lo apolíneo representa, además de la belleza y el equilibrio de las formas, la cordura y el sueño que alimenta la poesía mientras que lo dionisiaco sería un desbordamiento de las formas llevadas por la música, el vino y la embriaguez de los sentidos, que podía terminar en éxtasis y bacanales. De esta manera lo apolíneo se encarna en el hombre brillante, trabajador equilibrado y cuerdo, siempre sensato y callado, mientras que lo dionisiaco representaría a esos andaluces que generalizaron los viajeros románticos, atraídos por juergas flamencas, bandoleros, cigarreras y toreros, inventándose el estereotipo de una falsa Andalucía del siglo XIX.

D. Manuel Olivencia Ruiz, es para mí el prototipo del andaluz ejemplar en el sentido que los griegos daban a las virtudes de sus dioses, sin pasar por el filósofo alemán. Fue un sevillano profundo que supo aunar en su persona todo lo bueno que puede tener lo apolíneo y las virtudes que, bien empleadas, tienen también sin duda lo dionisiaco. La muy debatida dualidad sevillana envuelta en una sabia retranca serrana rondeña. Unas raíces profundas y diversas de las que él, con el riego de su esfuerzo y su inteligencia supo sacar la mejor de las cosechas.

Olivencia era sin duda uno de aquellos «caballeros de la calle Sierpes», que tan bien describe Chaves Nogales, cuyas virtudes pasaban desapercibidas a los no iniciados, pero cuyas heroicidades deberían ser imitadas para que nunca desaparecieran ni fueran condenadas. Desafortunadamente en los tiempos que vivimos pocas veces son imitadas y siguen siendo condenadas porque en el imaginario que, desde el Romanticismo, se tiene de una Andalucía de mitos y panderetas, de siesta y juergas, sigue existiendo. Pero lo cierto es que hay muchos sevillanos que han demostrado por España y por el mundo que pueden ser unos trabajadores heroicos en cualquier faceta de la vida. En ese sentido D. Manuel Olivencia es uno de los grandes arquetipos que puede representarlos.

En la multitudinaria y sencilla ceremonia de su sepelio, oficiada por monseñor Amigo Vallejo, pudimos oír los valores –hoy algunos ya «heroicidades»– que no se podían perder y que Olivencia tenía en grado extremo: la dignidad, la honestidad, el esfuerzo o la generosidad que manejados por una fuerte inteligencia proporcionaban tolerancia, alegría, sentido del humor y amor a la vida y a sus semejantes. Que era exactamente lo que se apreciaba al tratarlo.

Tuve la suerte de hacerlo a raíz de mi ingreso en la Real Academia Sevillana de Buenas Letras en 1996 y, durante algunos años, más intensamente cuando al ser elegida directora, accedió a mi petición de volver a repetir en el cargo de vicedirector otros tres años, con lo que siguió entregando su prestigio a su querida Academia. Pero lo más importante es que en todo momento ejerció su cargo, con el esfuerzo que debía suponerle sacar tiempo entre sus múltiples ocupaciones para no dejar de asistir a las Juntas generales quincenales y a las más dilatadas, pero también frecuentes, Juntas de gobierno. Y en ellas nos relajaba con su paz, nos ensañaba con sus consejos y nos hacía reír con sus múltiples anécdotas y sus geniales frases, algunas de las cuales han salido estos días a relucir. Fue además Numerario de las de Legislación y Jurisprudencia de Madrid y de la de Sevilla a las que me consta que también acudía puntualmente.

No voy a detenerme en sus facetas de docente y de gran jurista porque son debidamente conocidas y reconocidas. Pero sí quiero resaltar dos hechos como docente que dan idea de su capacidad. Llegó y brilló en la cátedra de Derecho Mercantil de la Universidad de Sevilla en 1960, al principio de esa década maravillosa de su Facultad de Derecho en la que enseñaban otras grandes estrellas como Manuel Jiménez Fernández, Francisco de Pelsmaeker, Ramón Carande, Juan Manzano, Faustino Gutiérrez-Alvís, Juan Antonio Carrilllo Salcedo o Manuel Clavero Arévalo por citar sólo a los más destacados que han dejado escuelas de jóvenes letrados muchos de los cuales son de sobra conocidos. Pero de todos ellos, quizás sea Manuel Olivencia el que consiguió un mayor seguimiento por su interés en que sus buenos alumnos pasaran un año por la Universidad de Bolonia, así como por su enorme versatilidad.

Consejero de grandes empresas, presidente de importantes comisiones, quizás su más sonoro logro haya sido el Código Olivencia para el buen gobierno con el que se pretende conseguir la máxima transparencia en las empresas cuyo mecanismo él tan bien conocía. Sus reconocimientos y premios tanto en España como en el extranjero son numerosos y sólo voy a señalar algunos por su relevancia o porque dan idea de su personalidad: estaba en posesión de las varias grandes Cruces Nacionales como las de Alfonso X el Sabio, Isabel la Católica, la del Mérito Militar o la de San Raimundo de Peñafort, así como la de San Jorge de la Generalitat de Cataluña, Medalla de oro de Ceuta, de la Confederación General de Cámaras de Comercio, y de muchas y varias instituciones y era Hijo Predilecto de Ronda y Adoptivo de Sevilla. Nombrado comisario de la Exposición Universal por Felipe González, ostentó el cargo durante varios años en el que puso toda su ilusión y trabajo y consiguió acabar con el recelo de muchos países americanos y conseguir que acudiesen a Sevilla sin faltar ni uno. Cuando comenzó a detectar procedimientos administrativos con los que no estaba de acuerdo, no dudó en decirlo al presidente del Gobierno, que le pidió la dimisión para poder acelerar el ritmo del proyecto.

Pues bien, este sevillano universal, este prototipo y arquetipo en tantos valores, no tiene ni una sola condecoración ni reconocimiento de la Junta de Andalucía. Ello, por sí sólo, podría explicar la actual situación de una región, de una autonomía, que a pesar de los grandes valores de su gente, ocupa los últimos puestos de España y Europa, porque la sociedad que no reconoce a sus grandes hombres está abocada al fracaso.

El mejor recuerdo que guardo de Manuel Olivencia y de su esposa Hanne Brugger, una encantadora alemana nacida en la bella ciudad de Múnich, fue cuando ejercieron de anfitriones de mi marido y de mí en su querida y bella casa de Ronda. Allí con su numerosa familia, años más tarde rota de dolor por la muerte de su hijo Luis, pasamos unos ratos inolvidables, gozando de su compañía y de las vistas inenarrables de ese maravilloso Tajo en el que ya permanecerán sus cenizas para siempre. Digno y profundo lugar para un hombre tan profundo y tan digno.

Enriqueta Vila Vilar, miembro de la Real Academia de la Historia.

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