Manuel Valls, un referente para la socialdemocracia en España

No hay mejor forma de hacer frente a los populismos que la democracia. La participación, el deseo de que la opinión del pueblo sea escuchada y cuente, fue el mensaje más contundente de las elecciones del 25-M, el rechazo a los manejos de los aparatos de los grandes partidos.

El PSOE, aunque no ha hecho primarias abiertas, optó por resolver la sustitución de Rubalcaba con un sistema híbrido: el voto de los militantes. Es cierto que el resultado final ha demostrado que las estructuras siguen condicionando la opinión de los afiliados. Pero, al final, Pedro Sánchez fue votado por unos 65.000 militantes y, por tanto, goza de una legitimidad enorme para ejercer su liderazgo con autoridad.

El PSOE está en una situación muy delicada. No sólo ha perdido millones de votos, sino que ha perdido su credibilidad como alternativa. El fenómeno de Podemos ha sido posible gracias a la debilidad del principal partido de la izquierda.

Pedro Sánchez ha ganado su primera batalla. Su designación como secretario general no ha sido producto de un conciliábulo, o el resultado de una conspiración, sino que ha devenido del ejercicio de la democracia.

La gran dificultad de Sánchez a partir de ahora es que va a tener que liderar un partido con vocación de gobierno, pero que debe mirar por el rabillo del ojo los movimientos que se producen a su izquierda.

La democracia, en efecto, es condición necesaria, pero no suficiente para lograr recuperar esa pérdida de credibilidad que ha desgastado al PSOE en los últimos años.

Me comentaba un destacado miembro de la nueva ejecutiva, que la clave de la pérdida de valor de la marca PSOE era que «Rubalcaba se ha construido la imagen de estadista a costa de destrozar la imagen del partido».

Es evidente que el anterior secretario general tiene una enorme responsabilidad en el desplome del PSOE, pero no es el único culpable. La cuestión es más profunda y tiene que ver con la definición de lo que debe ser la izquierda aquí y ahora.

Es, por supuesto, un debate europeo, que afecta a los grandes partidos socialdemócratas que han gobernado o están gobernando en Francia, Italia, Alemania o España.

Sánchez ya no podrá mantenerse en la indefinición sobre los grandes asuntos: modelo económico, modelo de Estado, estructura territorial, límite de la reforma constitucional, etcétera. Es decir, tendrá que hacer política con mayúsculas si no quiere que su liderazgo se estrelle contra la realidad. Y no tiene mucho tiempo. Su primer gran examen se producirá en las elecciones municipales y autonómicas del mes de mayo, dentro de sólo diez meses.

Esta semana ha visitado España el primer ministro francés, Manuel Valls, que puede convertirse en un referente para los socialistas españoles. Algunos le consideran un modelo a seguir; otros, creen que su política significa un giro a la derecha poco recomendable para la situación española.

Valls es un político atípico. Huye de los circunloquios, de las frases vacías. Dice lo que piensa sin temor a parecer políticamente incorrecto.

En una conversación mantenida con un grupo de periodistas el pasado miércoles en la residencia del embajador de Francia, Jérôme Bonnafont, apunté algunas frases que me llamaron la atención.

«Defiendo un republicanismo intransigente». Valls, que como todos ustedes saben, nació en Barcelona y habla un más que correcto castellano, argumenta su rotunda declaración de principios: «Yo aprendí a ser francés. Aprendí los valores que significan la República y que han hecho posible que yo, que no había nacido en Francia, haya tenido la posibilidad de ser primer ministro. La defensa de esos valores, fundamentalmente la libertad y el amor a Francia, el patriotismo, son ahora prioritarios. Ante la pérdida de esos valores es ante lo que soy intransigente».

«Me defino como patriota, no como nacionalista». La diferencia, explica, es que el patriota «ama a los suyos» mientras que el nacionalista «odia a los otros».

Hablamos de un primer ministro de izquierdas que ha prohibido el velo en las escuelas y que ha tomado decisiones muy polémicas respecto a los inmigrantes. Lo razona: «Debemos tener autoridad, porque si no hay autoridad se derrumba la democracia».

¿Cómo compaginar políticas de izquierdas con el mayor programa de ajuste económico que se ha puesto en práctica en Francia? «Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Tenemos que hacer compatible la reducción del déficit con políticas de crecimiento que ayuden a reducir el paro. Los ciudadanos nos van a pedir resultados. Si nuestras políticas no los dan, no nos votarán. El equilibrio presupuestario debe llevarse a cabo preservando la educación y salvando de los recortes a los salarios y a las pensiones más bajas. Eso es ser socialdemócrata».

Un socialdemócrata convencido de que la solución a los problemas que viven la mayoría de los países del Viejo Continente está en la «construcción de ese proyecto extraordinario que llamamos Europa». Lo más reaccionario que hay en estos momentos es el euroescepticismo, la destrucción del proyecto europeo.

Un proyecto construido sobre la base de los Estados-nación. Ahí fue donde dio el golpe de gracia al proyecto separatista en Cataluña: «Si los Estados-nación se dividen, Europa se debilita. No se puede romper un Estado sin consecuencias. Si se produce la secesión de Cataluña habrá consecuencias muy peligrosas no sólo para Cataluña, sino para España y para Europa. Necesitamos una España fuerte».

Y finalmente, el reconocimiento de una realidad que debería ser una lección tanto para la izquierda como para la derecha: «Hemos hecho algunas cosas mal, pero hemos perdido las elecciones porque hemos subido los impuestos».

Pedro Sánchez puede tener la tentación de coquetear con la demagogia de la vieja izquierda para no ser fustigado por Podemos. Pero Sánchez sólo ganará si los electores distinguen claramente lo que representa Podemos y lo que representa el PSOE.

El nuevo líder del socialismo español tiene una oportunidad histórica. Construir un nuevo mensaje para la izquierda asentado sobre el realismo que implica la responsabilidad de gobernar.

A Sánchez le esperan momentos difíciles, y tiene muy poco tiempo para consolidar su liderazgo dentro y fuera del PSOE.

España está pidiendo un cambio. Eso es cierto. Los ciudadanos demandan democracia, transparencia, regeneración. Pero también soluciones a sus problemas.

Por el bien de España, espero que Sánchez sepa asumir su responsabilidad pensando que un día podrá gobernar con un apoyo mayoritario.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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