Mapas sociales europeos

Empieza un largo recorrido por las urnas que dibujarán nuevos mapas políticos locales, nacionales y europeos para finales del 2015. La primera cita son las europeas del 25 de mayo. Se verá cómo las sociedades, a largo plazo, juzgan más los actos que las intenciones, las realidades que los discursos. Llevamos mucho tiempo escondiendo problemas como el paro, la corrupción y el deterioro del Estado de bienestar. Ya no basta con fingir, con verdades a medias, con anuncios de optimismo cuando la realidad es que simplemente sólo hay síntomas tímidos de un cierto crecimiento que afectará al conjunto de la sociedad dentro de un tiempo indeterminado. Vamos mejor pero no estamos bien.

No es necesario que la campaña de las europeas sea sobre los grandes conceptos sobre los que se han construido los éxitos de la Unión Europea en el último medio siglo. Se trata más bien de acercar a los ciudadanos a unas instituciones que son de gran utilidad pero que aparecen lejanas e innaccesibles.

A tantos millones de jóvenes sin trabajo y sin esperanza hay que ofrecerles un horizonte en el que una combinación de esfuerzo y talento les permita seguir las huellas de sus padres. Europa se levantó de las cenizas de la guerra con más sufrimiento que satisfacciones. La reconstrucción la dirigieron los gobiernos con visión social pero quienes la realizaron fueron las gentes que trabajaron con la idea de que no sólo había que restaurar los destrozos sino que era necesario crear una sociedad solidaria, abierta y libre.

Líderes como Adenauer, De Gaulle, Schmidt, Kohl, Mitterrand, González y tantos otros sabían lo que cuesta ponerse de acuerdo entre democristianos y socialdemócratas. Se inspiraron en los padres fundadores que sembraron la idea y ellos la implementron dos generaciones después con acuerdos y pactos transversales. Europa es la historia escrita en muchas madrugadas al borde del fracaso.

Este capitalismo renano que fue teorizado y puesto en práctica por el canciller Ludwig Erhard (1963-1966) tenía dos ejes fundamentales. Primero, crear riqueza y, luego, repartirla de forma generosa y equitativa. Todo en un marco de libertades. Seguramente muchos de ellos leyeron a Tocqueville cuando hablaba sobre América y decía que “no hay dictadura mayor que una democracia sin libertad”. Para poder repartir riqueza es necesario crearla primero.

A los políticos que entran en campaña estos días hay que exigirles que destierren la palabra vacía, la retórica, las promesas y las pugnas inútiles con sus adversarios. El Parlamento Europeo va a elegir por primera vez al presidente de la Comisión. Hay que exigir en los debates qué planes tienen para consolidar la ampliación a 28 estados. También hay que pedirles qué ideas sopesan sobre el movimiento de tropas y de fronteras en los confines de la Europa oriental. Rusia es un socio de primera magnitud, pero no se pueden aceptar todas sus acciones que afecten a la dignidad de las personas o comporten cambios unilaterales de fronteras.

Ahora que ya no disponemos de un paraguas de seguridad tan extenso y tan poderoso como el de Estados Unidos, es necesario hacer pedagogía sobre cómo se puede organizar mejor la defensa y la seguridad de Europa si Rusia decide cruzar las líneas rojas en Ucrania.

Se espera de los políticos que nos expliquen cómo piensan reducir las crecientes desigualdades entre los pocos que cada vez tienen más y los muchos que cada día poseen menos. Una distribución de la riqueza equitativa es imprescindible para que sobreviva la idea de Europa que hemos conocido. El distanciamiento entre políticos y ciudadanos es inaceptable porque puede convertir a Europa en una gran estructura alejada de la voluntad de los ciudadanos. El déficit democrático no es un invento académico o una especulación periodística.

Europa es algo más que una gran realidad supereconómica con presupuestos desorbitados. Europa es la patria de la memoria y, por ello, tiene un gran reto para borrar los destrozos causados por las guerras incubadas en el continente en diversas épocas y circunstancias.

Los derechos y deberes de las minorías y los pueblos forman parte de la hoja de ruta inicial y hay que combatir que partidos racistas puedan construir políticas xenófobas en el nuevo Parlamento Europeo. La fuerza de Europa, su capacidad de atracción para los venidos del este, del sur y de países transatlánticos, es respetar el derecho y proteger y tratar con dignidad a los que arriesgan sus vidas y llegan a Ceuta, Melilla, Lampedusa y las costas griegas.

La campaña no puede ser de vuelo raso, endogámica, pendiente de rivalidades de campanario. Sólo una Europa fuerte puede garantizar el derecho de todas las minorías y los pueblos. Las peleas locales tendrán que dirimirse desde discusiones civilizadas y abiertas. El sociólogo alemán Ulrich Bech dice que “la política es nacional y está nacionalmente organizada, pero los problemas no son nacionales sino transnacionales”. Desde Europa es desde donde se pueden modificar mejor los tan desequilibrados mapas sociales.

Lluís Foix

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