Maragall, Carod y Saura

Por Oriol Bohigas, arquitecto (EL PERIÓDICO, 26/11/03):

Debo confesar que una de las cosas que me han parecido más positivas de esta campaña electoral ha sido reconocer el valor y la capacidad de muchos de los líderes de los partidos en competición. Creo que se ha demostrado que hay más consistencia en el liderazgo que en los propios partidos. Esto ocurre hace ya tiempo en CiU, pero ahora, de una forma especial, hay tres personajes que me han convencido, cada cual con diferencias sustanciales aunque, en cierta manera, complementarias. Me refiero a Pasqual Maragall, Josep Lluís Carod-Rovira y Joan Saura. De Maragall no es necesario decir mucho, porque es suficientemente conocido por su actividad política, y quien más quien menos lo tiene clasificado. A pesar de ello, me parece que últimamente ha dado muestras de una conciencia catalanista más firme e incluso más radical de lo que era habitual. La petición de un nuevo Estatut, la protesta contra el actual sistema de financiación autonómica, la reivindicación de otro esquema de infraestructuras que responda a nuestras necesidades y no sólo a las de Madrid, la afirmación de la plurinacionalidad y la exposición de sistemas factibles para implantarla con eficacia, la defensa de identidades como la lengua y la cultura, son algunos datos.

ME HA gustado, pues, que, además de las afirmaciones evidentes procedentes de una ideología socialista –quizá demasiado encogida– se haya esforzado en declararse catalanista, a pesar de la tradicional resistencia de los socialistas españoles con los que, por desgracia, su partido convive en el grupo parlamentario de Madrid. Únicamente le ha faltado la valentía de decir que se proponía desprenderse de esta convivencia.

Carod-Rovira ha sido un líder brillantísimo defendiendo los principios de la izquierda –siempre con espíritu republicano– dentro de una Catalunya independiente sin que la independencia represente el separatismo, sino la libre interdependencia. Se ha llevado gran parte de los votos jóvenes porque ha sabido ofrecerles una perspectiva ilusionada y un cambio radical de los escenarios habituales: una Catalunya libre y de izquierdas que puede enfocar una nueva línea de progreso y que puede organizar una definitiva batalla contra lo que durante tantos años ha representado Madrid.

Pero quien más admiración me ha despertado quizá es Saura, al frente de un partido aún minoritario, pero lleno de ideas nuevas y convincentes –radicalmente izquierdistas–, según un programa muy bien trabado, seguramente el más completo y coherente de todos los que se han presentado a las elecciones. Ha tenido siempre una respuesta justa y razonable, lejos de cualquier sectarismo, pero sin desvincularse de las grandes ideas sociales que alimentaron a las izquierdas históricas.

Sin embargo, lo que más me ha gustado de estos tres personajes ha sido poder imaginármelos superpuestos. Si mezcláramos la afabilidad de Maragall con un bigote aún tímido y su capacidad de saltos imaginativos dentro de un seny aristocrático y selecto, con el entusiasmo apasionado de Carod-Rovira con bigote rústico, adicto al tono ilustrado de los mejores charnegos convencidos de su integración catalanista, y con la serenidad programática de Saura, siempre bien afeitado, preciso como un tecnólogo al servicio de la revolución, tendríamos a un personaje excepcional que garantizaría la simpatía popular y la eficacia política.

PERO ADEMÁS podría darse también una superposición ideológica. Cuando, en los medios de comunicación, he leído u oído algo de ellos, por separado, a menudo he descubierto alguna insuficiencia o desequilibrio teórico de detalle y he tenido que plantear alguna disconformidad. Pero casi siempre esta disconformidad la he visto compensada en las explicaciones y los propósitos de los otros dos. Si de los tres personajes pudiéramos hacer uno, lograríamos propuestas coherentes y juiciosas para nuestros problemas políticos y nuestro bienestar social. Ya sé que esto no sería fácil porque no se trataría sólo de sumar tres programas, sino de matizarlos previamente para reducir sus diferencias.

Y me parece que esta posibilidad de sumar y matizar también es, al fin, la que los electores han elegido al dar una mayoría absoluta al conjunto de los tres partidos. Nunca el Parlament, desde antes de la guerra, había tenido una mayoría tan evidente de catalanistas de izquierda; si los tres partidos supieran mantener los principios fundamentales de sus programas tras hacer el esfuerzo de matizarlos ligeramente para cohesionarlos y adecuarlos a las circunstancias y, sobre todo, si supieran perdonarse generosamente algunas diatribas mutuas que cabe considerar sólo como efímeros roces electoralistas.

Esperemos, pues, una Catalunya de izquierdas con más soberanía y más libertad. Y, quizá, con el tiempo, una Catalunya incluso republicana.

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