Marcelo Rebelo de Sousa

Aureliano Neves y su esposa, Elsa, que son una especie de incansables y eficacísimos agentes de la hermandad peninsular (un día habrá que reconocer su silente empeño en la compenetración ibérica) me incluyeron entre los comensales de la Cámara de Comercio portuguesa en Madrid, que el pasado día 9 tributó una cena de homenaje al jefe del Estado vecino, profesor Marcelo Rebelo de Sousa, en un conocido hotel de Madrid.

68 años, catedrático de Derecho, exministro, y jefe de filas durante un tiempo del PSD, de optimismo ponderado y jovial, buena planta y mejor cabeza, envenenado por la cosa pública, analista político en TV –con audiencias más entregadas que las de un programa rosa–, Rebelo de Sousa ganó, hace once meses, la presidencia de la República por goleada de votos. Tal es el personaje homenajeado por los empresarios de la Cámara de Comercio. Allí prodigó su simpatía personal y contestó cumplidamente a cuatro preguntas, preparadas sobre la marcha, con otras tantas miniconferencias llenas de racionalidad, prudencia y toques de sentido del humor. Seguía siendo el profesor de siempre, con el don social de la palabra, que se enrollaba con llamativa brillantez. Y, con diplomática elegancia, sin pelos en la lengua. Lo de Trump era todavía «espuma» que exigía prudencia de juicio. Latinoamérica constituía la gran baza de las naciones ibéricas. Europa continuaba exigiendo firmeza y optimismo realista en el caminar de su irreversible construcción. Portugal y España estaban muy, muy cerca, tanto como él del Rey Felipe: Pero ¡si en menos de un año se habían reunido hasta cinco veces!

Por una vez, hice bien en no hacer caso a mi mujer, empeñada en que le entregase al profesor De Sousa unas recentísimas páginas sobre el general Humberto Delgado: había deslizado allí una nota crítica al aplauso con que el presidente portugués se había sumado a los nuevos reconocimientos públicos (como el bautismo con su nombre del aeropuerto de Lisboa) tributados a la memoria de aquel insigne general, tan «sin miedo» como políticamente atolondrado. Me explico. En vivo, a pocos pasos del hombre de centro, templado y de sociabilidad empática, percibí de pronto lo que de hecho ya sabía: el presidente de la República –al menos en Portugal– lo era de todos. Él mismo lo reconocía con cierto humor, no exento de orgullo: en medio de las naturales refriegas dialécticas entre Gobierno y oposición, su función arbitral le situaba en el papel popular de Teresa de Calcuta/Papa Francisco.

Una historia de las jefaturas del Estado republicanas en Portugal descubriría seguramente esa tradición funcional, que la figura enorme de Mario Soares relanzó con las famosas «presidencias abiertas»: Corte itinerante para llevar el efecto balsámico de esa especie de entrega moral, al modo de «reinas madres», a los portugueses de todos los rincones de la geografía física y sentimental de la Nación.

Pues eso no es anécdota intrascendente, sino categoría política, o a punto de serlo: hoy más que nunca, cuando la célebre «casta», definitivamente identificada y denunciada por el pueblo soberano, amenaza con generar arriesgadas respuestas populistas. Hace más de un siglo, también en circunstancias similares de crisis de las instituciones representativas, Oliveira Martins proponía «un apretón de manos directo entre el pueblo y el rey». No se trata ahora de desmontar el sistema, sino de depurarlo, de corregirlo, de reajustarlo a la medida del ciudadano. La presidencia de la República, al estilo portugués –familiar y cálido– de Mario Soares o Marcelo Rebelo de Sousa, puede ser esa pieza de engarce y reconciliación entre el poder y el pueblo. Porque, además, los poderes constitucionales del Jefe del Estado en Portugal no dejan de ser importantes. Que las «presidencias abiertas» alivien la orfandad del ciudadano, lleven e impongan el «rostro humano» de la sociedad al horizonte frío de la administración de los problemas.

Claro que el caso no es siempre exportable: precisa de esa magistratura republicana dotada de capacidad de intervención; de un país abarcable, integrado y con hábitos negociadores. Porque la historia portuguesa –lo he explicado en otros sitios– rebosa con frecuencia espíritu de pacto. En su punto de encuentro, entre las instituciones y la ciudadanía; en su papel de motor interactivo de una política del «bien público», la jefatura del Estado portuguesa puede estar insensiblemente alumbrando, sin apartarse del sistema (el menos malo, como es sabido), un modelo de pacto entre gobernantes y gobernados que evite los enormes costes del populismo y contribuya a superar la presente crisis de representación.

Viendo y escuchando a Marcelo Rebelo de Sousa, tuve el pálpito de que por ahí iban los tiros.

Hipólito de la Torre, Catedrático y director del departamento de Historia Contemporánea de la UNED.

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