Marcha atrás

El implacable pulso que mantienen socialistas y populares desde hace diecisiete años ha rebasado, en demasiadas ocasiones, el tono que se espera de dos formaciones políticas que juegan a la alternancia en un régimen parlamentario. González, Aznar, Zapatero y Rajoy han representado sus respectivos papeles y protagonizado etapas diferenciadas en la citada pugna. Sin embargo, algunas de las constantes de esta han vuelto a aflorar con la última trifulca a cuenta del caso Gürtel. Se trata de la obstinada búsqueda de ese golpe de gracia que acabe noqueando definitivamente al adversario. De la inquebrantable fe en la movilización del electorado propio demonizando al oponente. Del permanente ejercicio de la defensa mediante un contraataque inmediato.

De la instintiva pose de serenidad y aplomo cuando el contrincante ha cometido un error notorio. Pero, sobre todo, se trata del más que reprochable recurso a poner en juego valores constitucionales a la hora de arremeter contra el otro. Valores que, en buena medida, se ponen en entredicho mediante la gestación de un Estado de sospecha.

El caso es que la inclinación de socialistas y populares a dar marcha atrás a la búsqueda de fórmulas que ya hayan empleado en anteriores confrontaciones no les sirve para desempatar en las encuestas, sino para mantenerse en un equilibrio que anuncia prolongarse en el futuro, independientemente de que sea uno u otro quien gobierne. Quizá porque en el fondo PSOE yPP, al trazar una estrategia que supuestamente persigue el poder o su mantenimiento, acaban aferrándose a una determinada forma de ejercer la política, común a ambos. Es probable que los socialistas hayan visto en el caso Gürtel ese ansiado golpe de gracia con el que frustrar para mucho tiempo las aspiraciones de Mariano Rajoy. Incluso es posible que, a la vista de los resultados, algún pretencioso estratega explique que el objetivo socialista es asegurar la continuidad de un adversario asequible como Rajoy acabando con todo cuanto en el seno del PP pudiera representar una alternativa a corto plazo frente a su actual presidente. Pero el efecto de más peso - más que el debilitamiento de Camps, Aguirre e incluso De Cospedal-es que el discurso de la persecución y de una fiscalía al servicio del partido en el gobierno ha calado entre el electorado más entusiasta de los populares no como un argumento que les anime a dar el salto definitivo para ganar unas próximas elecciones, sino como una convicción que más bien podría condenarles a seguir en la oposición.

En términos generales, la crispación le resulta más útil a quien pueda aparecer como víctima de ella que a quien la propicia. Esto tiene relación con el hecho de que el partido en el Gobierno, gracias al poder que ostenta, cuenta siempre con un campo de maniobra más amplio que la oposición. El Gobierno puede rectificar su postura sin formular autocrítica alguna.

Puede apelar a la responsabilidad - como lo hizo Rodríguez Zapatero la pasada semana-cuando la oposición se excede en sus críticas. Aunque cometa graves errores, siempre le será más fácil aparecer como el lado positivo de una realidad cuyo negativo está asignado a la oposición. Por todo ello, el recurso a la marcha atrás lastra sobremanera las expectativas populares. Especialmente, cuando el terreno en el que puede ejercer su oposición se reduce ostensiblemente. El PP de Rajoy ni quiere ni puede arremeter contra el Gobierno en materia antiterrorista. El flanco autonómico aparece limitado, también por los intereses que han de defender los propios populares en las autonomías que gobiernan. E incluso, a pesar de la oportunidad ofrecida por la tardía respuesta gubernamental a la crisis, los populares se han topado con el consenso internacional y con el riesgo que siempre supone aparecer como agoreros cuando la sociedad demanda perspectivas de salida y un mínimo de optimismo.

Extrañamente, han sido los contraataques frente al caso Gürtel los que han acaparado la presencia pública del PP durante los últimos meses. Pero cada uno de esos contraataques, lanzados con el propósito de cerrar filas, no sólo han sólo han sido portadores de una sutil inculpación. Además, han impedido que el Partido Popular ofrezca una alternativa solvente ante los temas y problemas que más afectan a los ciudadanos. Aunque la doble paradoja a la que se enfrenta el PP es que, realmente, no puede aprovecharse del recurso a la marcha atrás hasta que vuelva a la Moncloa y, quizá por su propia naturaleza, en ocasiones demuestra que no sabe emprender el camino de regreso al poder más que marcha atrás.

Kepa Aulestia