Marea Negra

En el Mare Nostrum, cuando sus traicioneras aguas turquesas se tornan glaucas por el sol y la arena de la costa africana, personas de toda raza y color son puntos blancos en el verde horizonte marino. Y si nuestra fragata «Victoria», como antes sus hermanas «Navarra», «Canarias», «Numancia», «Reina Sofía» y «Santa María», a la voz de su comandante toca zafarrancho, moviliza su dotación, rugen las turbinas y machetea la proa a toda máquina para salvar a quienes apiñados en precarias balsas no navegan sino que flotan semihundidos a la deriva, lo primero que cada marino ve al localizar a los buscados náufragos no son anónimos puntos blancos sino una marea de niños, mujeres y hombres de negra piel y blanca mirada, rotas marionetas cuyos hilos quisieron cortar las Parcas.

Un nuevo rescate en la operación «Eunavfor Med Sophia», aprobada por el Consejo de la Unión Europea para interrumpir las redes de tráfico ilegal y trata de personas en el Mediterráneo central y evitar más muertes en la mar. Operación en la que España coopera con otras naciones de la Unión y agencias gubernamentales como «Mare Sicuro» o «Frontex». Final feliz de otro zafarrancho Solas (Safety of Life at Sea), es decir, de otro salvamento marítimo de víctimas de las mafias en su huida de África a Europa. Pero tristes estadísticas, frías en la confortable distancia de las noticias en los medios de comunicación, que estremecen en la mirada del migrante que se salva y en los ojos ausentes del que duerme en el Reino de las algas.

Porque el Mediterráneo en la costa de Libia, en el mar de Alborán, en el estrecho de Gibraltar, es el tapete donde los desheredados del planeta lanzan sus dados en el juego de la oca de su destino esperando que su casilla sea la de la felicidad, no la de la muerte. Todo o nada existencial antes de continuar esclavizados por el terror de Boko-Haram, Mojtar-Belmojtar, Al-Shaaba, Al-Murabitin o Al-Qaida, padecer la sequía, pobreza y hambre de sus aldeas, o permanecer en la guerra de sus fallidos países. Así, miles de almas peregrinan desde África hacia el shangri-lá europeo en un drama humanitario que ya no aritmética sino geométricamente es una inmensa marea negra de tristeza y esperanza, dolor y redención.

Salvar a los náufragos de la muerte es un deber ineludible y esencial desde que existe el «Nomos Nauticos» (Derecho Marino) bizantino. Combatir el tráfico pirata de seres humanos es una obligación internacional de justicia y seguridad. Y la libre circulación de personas y la búsqueda de la supervivencia personal y familiar son derechos fundamentales para la razón natural y el humanismo cristiano. Principios éticos en los que Europa es un modelo de justicia y caridad universal, pero en los que debe implicarse todo el primer mundo, porque de no remediarse en su origen, y a pesar de los rescates militares, pronto se producirá un efecto de llamada migratoria que desbordará la Unión Europea, aumentará los náufragos muertos en el mar, se desestabilizarán las instituciones sociales, se radicalizarán las políticas de los países más prósperos y, en suma, se alterará tanto el mapa geopolítico y poblacional de Europa que ni quienes emigran buscando legítimamente una vida mejor, ni quienes los reciben en sus sociedades convivirán en paz, democracia y progreso.

Soluciones hay en tratados internacionales, como el despliegue militar en lugares claves de África para mantener la paz entre etnias y países, colaborar para que estados fallidos como Libia o Somalia recuperen gobiernos estables, combatir el terrorismo y vigilar las principales vías del tráfico de drogas y armamento. Por otra parte, el Programa Mundial de Alimentos, organizaciones privadas como Cáritas o los Objetivos del milenio de la «Millennium Declaration» de Naciones Unidas, son esenciales para el desarrollo africano y la disminución de su corriente migratoria. «Millennium Declaration» que, aunque no ha cumplido sus propósitos educacionales, asistenciales, financieros e industriales, ni su artículo segundo sobre «paz, seguridad y desarme», ni su tercer apartado de «progreso económico y estructural de los países subdesarrollados y la erradicación de la pobreza», sí sigue siendo útil para que los africanos no dejen sus pueblos y culturas en una ruleta migratoria de vida o muerte antes que agonizar en sus aldeas destrozadas por la violencia y la miseria. Por el bien de la humanidad, el primer mundo debe cumplir los «Objetivos del Milenio» de erradicar la pobreza y el terrorismo de África, sumados a estrategias geopolíticas y militares de seguridad en el Sahel y en todo el continente, para que ningún africano abandone su hogar rumbo a un sueño metamorfoseado en pesadilla en el Mediterráneo: Europa, otra vez de luto por una tragedia inmigrante en el mar.

Alberto Gatón Lasheras, capellán de la Armada.

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