Marián y las estrellas

Hace unos años, cuando aún el papel aventajaba a las ediciones digitales, una niña devoraba la sección de Ciencia de ABC. A Marián le fascinaba aquel mundo sobrecogedor más allá de la bóveda celeste. No le abandonó aquella inquietud por «el cielo estrellado sobre mí» que para Kant constituía una de las «dos cosas que llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes cuanto más reiterada y persistentemente se ocupa de ellas la reflexión». El pasado día 14 de septiembre María de los Ángeles Moreno, Marián, se doctoró con una tesis sobre la información astronómica en dos diarios nacionales, uno de ellos el que acoge esta tribuna.

A nadie se le escapa la importancia de la divulgación científica en este tiempo de pandemia global. Se hacen más necesarios que nunca hombres y mujeres de ciencia que, como Carl Sagan, sepan espantar la superstición y las pseudociencias, destierren la frivolidad del pensamiento new age y faciliten la emancipación de la fe auténtica respecto de los fundamentalismos. Un comunicador tan excepcional como el productor, presentador y guionista de Cosmos desterró la falsa idea de que la ciencia no vende. Un sabio tan visionario descubrió al mundo que los científicos no debían limitarse a hacer ciencia: habían de esforzarse, además, en transmitirla. Su serie televisiva hizo accesible para el común de los mortales los secretos del universo, desde sus orígenes a la plausible especulación sobre la vida extraterrestre.

Trabajos como el de la nueva doctora ponen de relieve el papel de la universidad no solo en la innovación y la investigación, sino en la imprescindible transferencia del conocimiento a la sociedad. Un veterano periodista, bisnieto y nieto de responsables del Real Observatorio de Madrid, ha confiado recientemente cómo recaló, «degenerando», en la práctica del reporterismo a partir de su graduación en Físicas. Miguel Ángel Aguilar explica con ironía la «degradación» de haber pasado de la «inmutabilidad de los astros a la fugacidad del periodismo». En su descargo, debe decirse que cambió la astronomía por el relato de lo efímero cuando España afrontaba el difícil reencuentro con las libertades.

Hace cuatro décadas ya de esa modélica Transición hoy denostada, pero ahora se antoja más imperioso que nunca el rol del informador profesional, en especial como divulgador científico. Lo ha demostrado la amenaza del Covid-19, ante la que no caben las respuestas propias del mal llamado «periodismo ciudadano» (sic). Sus veredictos nos dejarían a merced de las «fake news» y la posverdad del voraz terraplanismo. El narcisismo y vanidad que campan por las redes sociales aconsejan no dejarse arrastrar por la superficialidad o el exhibicionismo. Paradójicamente, quizá fue la gran debilidad de Sagan, a veces desnortado por el vértigo de la popularidad, cuando no cuestionado por su militancia política.

Tampoco puede abandonarse la divulgación al mero interés de los gabinetes de empresas, instituciones o dirigentes políticos. La responsabilidad social de la ciencia no existiría sin el periodismo. Sin prensa resultaría inimaginable el ejercicio de esa ley moral interior que conmovía a Kant tanto como la contemplación de los astros en el cielo. De ahí el valor de la labor de ABC y de la tesis doctoral de la que fue una niña deslumbrada por el universo.

Álvaro de Diego es director del Doctorado de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA)

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