Mariana de Pineda, hoy

Por Antonina Rodrigo es escritora y biógrafa de Mariana de Pineda (EL PAÍS, 28/06/06):

Se cumple este año el 175º aniversario de la ejecución de Mariana de Pineda. Fue en Granada el 26 de mayo de 1831, a manos del verdugo, en garrote vil. La mujer subió al patíbulo en aras de su compromiso con la causa liberal y contra el absolutismo de Fernando VII. Su muerte, serenamente heroica, quedó en la memoria popular como símbolo revolucionario. Su lucha por la libertad, la igualdad y la ley representa un feminismo incipiente.

El 1 de octubre de 1823 era abolida la Constitución liberal de 1812. Fernando VII dispuso: “Son reos de lesa majestad y quedan condenados al patíbulo los que se declaren contra los derechos del rey o a favor de la Constitución”. Se suprimían las libertades, la Iglesia recuperaba sus privilegios y se restauraba el régimen señorial del absolutismo. Las cárceles se hacinaban de gentes perseguidas por sospecha o denuncia, y muchos, tras juicios sumarísimos, eran conducidos al cadalso. En estas circunstancias se iniciaba la militancia de Mariana de Pineda, viuda con dos hijos de corta edad.

Su actividad política se desarrolló durante la llamada década ominosa (1823-1833). En Granada, Mariana se convierte en enlace de los exiliados de Gibraltar, gestiona pasaportes falsos para perseguidos, asiste a los presos de la cárcel y logra la evasión de un condenado a muerte. Ella se sabe perseguida por Ramón Pedrosa, subdelegado de Policía, que estrecha la vigilancia a su alrededor.

El 13 de marzo de 1831, Pedrosa tuvo conocimiento de que en el Albaicín se bordaba una bandera “subversiva” por encargo de Mariana de Pineda. La bandera, de color morado, favorito de masones y liberales y con los lemas Libertad, Igualdad y Ley a medio bordar, es descubierta y va a constituir el cuerpo del delito, del crimen de traición, por el que será condenada Mariana en una vista sin la menor garantía jurídica.

Pedrosa, nombrado juez de la causa, estaba autorizado a indultar a la reo a cambio de la delación de los nombres de sus correligionarios. Pero Mariana, desde su primera declaración, asume la causa de la lealtad: “Nunca una palabra indiscreta escapará de mis labios para comprometer a nadie. Me sobra firmeza de ánimo para arrostrar el trance final”. Tras dos meses de reclusión en el beaterio de Santa María Egipciaca, sale hacia la cárcel para entrar en capilla. Hasta el último momento el poder mantiene la oferta de indulto a cambio de nombres. Pero el silencio de Mariana será su gesto legendario.

Mariana de Pineda parece haber sido líder de un importante número de resistentes liberales granadinos, algo notorio en una ciudad como Granada, donde ocho años antes de su nacimiento, en 1804, el propietario de una esclava llamada Juana del Carmen la vendía “con equidad a quien quisiera comprarla”, según publicaba el Mensajero Económico y Erudito. Esta ciudad de acusado espíritu religioso era a la vez extremadamente librepensadora, cuna y sede de sociedades secretas desde el siglo XVIII.

Pero Mariana, tan implicada en el movimiento liberal, no era una excepción femenina en la lucha contra el absolutismo. Otras mujeres participaban en los combates por la libertad, incluso con las armas. En Barcelona, en 1820, varios escuadrones de milicianas armadas con picas atendían a los heridos de las revueltas liberales. Frente a esto, el régimen absolutista llegó al extremo de condenar a Soledad Mancera a diez años de prisión por esconder en su casa un retrato del general liberal y constitucionalista Riego.

En el comunicado oficial que la Gaceta de Madrid ofreció de la ejecución de Mariana, trece días más tarde, se justificaba el castigo a las mujeres como respuesta a los métodos de los revolucionarios, “que han adoptado la táctica villana de tomar por instrumentos y por escudos de sus locos intentos al sexo menos cauto y más capaz de intentar la ajena compasión”. No por ello las mujeres dejaron de apoyar la causa liberal. Cuatro años después de la ejecución de Mariana, las autoridades pregonaban un bando prohibiendo su participación en manifestaciones callejeras, con la amenaza de que serían consideradas como “mujeres públicas”.

Aún faltaban décadas para que la lucha de la mujer se llenase de contenidos directamente feministas; es decir, la reivindicación de su derecho a la plena igualdad en la esfera familiar, en la instrucción intelectual y en los mundos laboral, político y social. Logros que la mujer española conquistaría, en un corto espacio de tiempo, en los años treinta, amparada por la Constitución de la II República. Libérrima legislación, cuyas leyes de protección a la mujer serían derogadas con la llegada del franquismo, la pérdida de garantías jurídicas y, por tanto, de esa Libertad, Igualdad y Ley por las que luchó Mariana de Pineda.

Hoy no hemos alcanzado aún la plena igualdad real. Los reductos patriarcales no son fáciles de erradicar en la familia, en las grandes empresas y en los centros de poder. Para la mujer es duro conciliar la vida familiar y laboral, y, salvo honrosas excepciones, los hombres comparten mínimamente las tareas domésticas. Y a pesar de la Ley Integral de Violencia, los asesinos continúan cobrándose víctimas femeninas.

Pero hay una enorme diferencia con lo ocurrido hace 175 años: hoy las marianas son muchas, miles, millones de ellas.