Marine Le Pen necesita a la izquierda populista para ganar

Emmanuel Macron afirmó la semana pasada en Estrasburgo que esta segunda vuelta de las presidenciales francesas sería también "un referéndum sobre Europa". Allí, en una de las capitales de la Unión Europea (UE), el candidato que busca la reelección quiso que los ciudadanos fuesen conscientes de que con su voto de este domingo no iban sólo a decidir su próximo presidente, sino también a qué idea de Europa otorgaban su confianza.

Ante una disyuntiva tan trascendental, quizá no se ha prestado la debida atención al resultado de otro referéndum, uno que se celebraba en la primera vuelta. Lejos del idílico paseo del que Marine Le Pen creía que iba a poder disfrutar hasta el cara a cara final con Macron, la incombustible candidata de la ultraderecha francesa ha sudado tinta estos meses debido a la irrupción del outsider Éric Zemmour, cuya candidatura parecía por momentos eclipsar la de Le Pen.

No se trataba de una lucha de egos. El enfrentamiento de Le Pen y Zemmour suponía la cristalización de una honda discrepancia estratégica e ideológica entre dos facciones: la capitaneada por Le Pen y la que personifica su sobrina, Marion Maréchal.

Maréchal piensa que el derrumbamiento de la derecha tradicional (que no tradicionalista) es el paso previo a la reconstrucción de una nueva derecha auténticamente conservadora, que se reconozca heredera tanto del catolicismo como del monarquismo, hasta ahora algo tabú en una Francia fuertemente laica y republicana.

Se trataría de una droite catho-conservatrice opuesta al aborto, al matrimonio homosexual y a la islamización de Francia, que seduzca al común de los franceses con épica nacionalista y a la vieja derecha burguesa con liberalismo económico.

Lo contrario de lo que piensa su tía, a la que exasperan desde hace años las declaraciones de Marion Maréchal. Marine Le Pen se enfrenta a la islamización de Francia esgrimiendo el laicismo, se dice ecologista y animalista, es partidaria del aborto y, tras cambiar su opinión de 2017 sobre el matrimonio igualitario, se presenta ahora como una defensora de homosexuales, bisexuales y transexuales.

Ni tan siquiera se considera de derechas, convencida de que el eje convencional de izquierda y derecha ha sido reemplazado por la división entre "globalistas" y "patriotas". Por encima de todo, es nacionalista, especialmente en el ámbito económico, con sus apuestas por el proteccionismo, la intervención de la economía y un mayor peso del Estado y del gasto público.

A Le Pen el proyecto de su sobrina le huele a rancio. Ella no quiere refundar la derecha, quiere liderar un movimiento transversal en el que puedan reconocerse todos los nationaux franceses (no en vano su partido se llama Agrupación Nacional) para combatir a las élites burguesas e internacionalistas, encarnadas en el "arrogante banquero" Macron.

El conflicto larvado entre las dos facciones estalló en la primera vuelta. Maréchal unió su destino a Zemmour (una decisión que su tía calificó de "brutal y violenta"). Pero, a la hora de la verdad, el outsider obtuvo un resultado mediocre para sus expectativas: un 7% de los sufragios. Le Pen ganó ese referéndum. Maréchal concedió la victoria y pidió el voto para su tía en segunda vuelta.

Le Pen se ve ahora con las manos libres para desplegar su proyecto, que pasa por el acercamiento a lo que ella llama la "izquierda soberanista". El viejo comunista Jean-Luc Mélenchon, ahora al frente de Francia Insumisa, quedó tercero con un 21,9% de los sufragios, una bolsa de votos demasiado grande como para que la ignore cualquiera de los candidatos.

Macron apela a ellos hablando de cambio climático y transición ecológica (su futuro primer ministro, dice, será también quien desempeñe esta cartera), consciente de que mucho ecologista que renegó de los Verdes ante las mejores expectativas electorales de Mélenchon podría inclinar ahora la balanza a su favor.

Por su parte, Le Pen aspira a ganarse al votante obrero, a los partidarios de la reindustrialización de Francia, a quienes puede seducir tanto por abrazar el intervencionismo económico como por defender una rebaja sustancial del IVA de los carburantes. Recordemos que el precio de los combustibles fue el desencadenante en 2018 de las protestas de los chalecos amarillos contra Macron.

Es el mismo perfil del votante que en las presidenciales estadounidenses de 2016 dio la victoria a Donald Trump en el cinturón del óxido (Michigan, Wisconsin y Pensilvania), que hasta entonces votaba a los demócratas, pero que Hillary Clinton desatendió en campaña.

Se ha dicho que Le Pen lograría el apoyo de al menos dos de cada diez votantes de Mélenchon. Son estos quienes, nos guste o no, tienen ahora la llave de la victoria en segunda vuelta, y quienes podrían convertir a Marine Le Pen en presidenta de Francia, tanto si votasen por ella como si dejaran de votar por Macron.

Incluso aunque este gane, las encuestas vaticinan que no lo hará por el holgado 66% que obtuvo hace cinco años. Y con el llamado Frente Republicano desaparecido tras el colapso de socialistas y conservadores, que no suman juntos ni el 7%, será necesario un examen de conciencia minucioso y honrado por parte de quienes pretenden representar a la Francia sensata.

No sirve de nada llevarse las manos a la cabeza y maldecir el auge de la peligrosa ultraderecha como si estuviese escrito en las estrellas. Que casi la mitad de los votantes abrace el populismo no se explica sin la dejadez de funciones, por acomplejamiento, de la que son culpables los partidos tradicionales. Estos no dieron respuesta cuando debían hacerlo a las inquietudes reales de los ciudadanos (inmigración, islamización, inseguridad, encarecimiento de la vida), dejando así el camino expedito para que alguien con dudosas credenciales pudiera capitalizar el hartazgo popular.

A pesar de que las últimas encuestas dan más de quince puntos de ventaja a Macron sobre su rival, en política no hay nada escrito y todo es posible. Marine Le Pen está hoy más cerca de ganar las elecciones que en 2017, y haberle tendido la mano a la izquierda populista de Mélenchon sería la clave de una hipotética victoria que, confiemos, no llegue a producirse.

José Ramón Bauzá fue presidente de Baleares y es eurodiputado de Ciudadanos y miembro de la Comisión de Exteriores del Parlamento europeo.

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