Marlaska, ese increíble hombre menguante

A finales de enero, coincidiendo con la toma de posesión del Gobierno socialcomunista en España, un superviviente de los campos de exterminio nazi, Marian Turski, aprovechaba el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz para alertar a los jóvenes, a los coetáneos de su nieta, de que el horror no cae del cielo, sino que se cultiva con la indiferencia. El historiador polaco analizó cómo, paso a paso, la gente puede llegar a normalizar lo que antes le resultaba execrable e insensibilizarse ante el mal hasta entronizarlo. Si un pueblo culto como pocos se habituó a que la minoría que produjo hombres de la talla de Einstein, Heine o Mendelsohn podía ser empujada a los márgenes de la sociedad y al exterminio, esto puede suceder en cualquier parte.

Para ayudar a entenderlo, Turski evocó la vida del Berlín de los años 30. Así, al aparecer en los bancos del parque la inscripción «los judíos no pueden sentarse aquí», muchos pensaron que, siendo injusto, existían otros lugares donde tomar asiento. Cuando esa prohibición se enmarcó en las piscinas, se arguyó que no era agradable, pero se podía nadar en lagos y canales. Cuando se les negó su ingreso en agrupaciones musicales, se disculpó con que podrían hacerlo en otro sitio. Cuando se decretó que sus hijos no podrían jugar con los niños arios, se relativizó con que ya lo harían solos. Al disponer las tahonas que sólo les venderían pan después de las 5 de la tarde se excusó porque podrían hacerlo al cierre. Y así hasta adquirir pauta de conducta relegar y estigmatizar a quienes resuelva el poder. Ya advirtió La Boétie, en su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, cuán pronto el pueblo se vuelve súbdito. «Obedece tan fácil –concluyó– que uno es llevado a afirmar que no ha perdido su libertad sino que ha ganado su esclavitud».

Marlaska, ese increíble hombre menguanteEse desentendimiento de avestruz llevó a Roman Kent, presidente del Comité Internacional de Auschwitz, a sumar un undécimo mandamiento a la Ley de Dios: «No seas indiferente», pues esa indiferencia se vuelve contra el indiferente. Por eso, como comunicó Turski ante asistentes como el Rey de España, el único modo de luchar es «defender tu Constitución, tus leyes y derechos» porque «sólo entonces podrás vencer todo ese mal». Si se descompone el marco legal, nadie puede garantizar que «eso aquí no puede ocurrir», sino que se franquea el paso para que esa eventualidad se haga certeza. Bien a prisa como Hitler en Alemania o Chávez en Venezuela, bien a pasos apenas apreciables pero que, juntos, obran efectos letales para la libertad y convivencia como se avizora en la España del gobierno Sáncheztein.

Primero fue RTVE, saltándose la ley para colocar a una administradora única que se eterniza como interina haciendo del ente público un abrasivo instrumento de propaganda gubernamental, mientras se bromea con su lapsus sobre la «televisión espantosa». Luego el apoderamiento del CIS con las encuestas bacteriológicas de Tezanos, pero ahí sigue bombardeando a la opinión pública y facilitando los marcos ideológicos de debate al Gobierno. Le siguió la devaluación de la Abogacía del Estado, aprovechando el juicio a los golpistas del 1-O, en Letraduría del Gobierno hasta acusar a los jueces de abrir «causas generales» –lenguaje que hasta ahora sólo empleaban partidos y particulares– por imputar al delegado del Gobierno en Madrid en el sumario del 8-M y la consiguiente propagación del virus. La Fiscalía adoptó parejo reclinar, pese a su condición de ministerio público, con el aterrizaje de la ex ministra Delgado ratificando lo dicho por Sánchez: «¿La Fiscalía de quién depende? Del Gobierno. Pues ya está». No ha escapado siquiera el Centro de Alertas Sanitarias, donde su director, Fernando Simón, devino en activista que escamoteó primero la virulencia del Covid-19 hasta que se celebrase el 8-M y manipula ahora las cifras de muertos como los trileros que antaño vivaqueaban en la sevillana calle Sierpes. Y así un inabarcable etcétera.

Pero, sin duda, lo más escandaloso por ahora, al ignorarse las secuelas que esté infligiendo a los servicios secretos la irrupción de Pablo Iglesias en el CNI, sea el intento de un ministro-juez como Marlaska de ordenar la comisión de un delito a un subordinado. Actuando como policía judicial y supeditado a las instrucciones de la magistrada Rodríguez Medel, maniobró para que se instara al coronel Pérez de los Cobos a que revelara al Gobierno el informe sobre el 8-M en cuya marcha feminista participó medio Gabinete, entre ellos, el titular de Interior. Quiso hacer lo mismo que el ex ministro Rubalcaba le hizo a él cuando era magistrado y saboteó el desmantelamiento del aparato de extorsión de ETA en el bar Faisán mediante un chivatazo para no interferir las conversaciones secretas de Zapatero con la banda en 2006. Los jefes policiales, más atentos a Rubalcaba que a él, no le dieron cuenta de la filtración hasta discurridas 72 horas cuando «disponían del teléfono profesional de este instructor y su móvil», según hizo figurar Marlaska en las diligencias.

Protagonizando lo que podría calificarse el increíble caso del hombre menguante, como la película de ese título, Marlaska evoca a aquel secretario del gobernador de Irlanda que, al ser designado, le expresó sus dudas a Samuel Johnson acerca de si estaría a la altura de la encomienda: «No tenga miedo ninguno, señor. Pronto será usted un magnífico bribón». Ya antes, un irreconocible Marlaska había abroncado a los mandos de la Guardia Civil por no pormenorizarles los detalles de la significativamente denominada operación Judas contra un comando terrorista de los CDR catalanes cuando no ignoraba que se debían al juez García Castellón. Pero, esta vez, al destituir al coronel Pérez de los Cobos, cuya cabeza de Juan Bautista puede entregar de paso, como tributo a los socios separatistas del Gobierno por haber asumido el mando único durante la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña, lo que evidencia el mal pago del Estado a los servidores que se se jugaron el tipo a raíz del 1-O, lanza un aviso a navegantes que entraña una quiebra de la confianza hacia estos agentes del Estado de derecho.

Si el jefe del Estado Mayor de la Benemérita, José Manuel Santiago, al que escogió tras destituir al general Arranz, explicó cómo normal que velaba por el buen nombre del Gobierno, cuando la ley obliga al Cuerpo a ser neutral y no correa de transmisión partidista, la Guardia Civil tendrá de Policía Judicial el nombre. Ello torpedea la independencia de la institución y de esos tribunales, cuyos magistrados están en el punto de mira de un Gobierno que no vacila en sus propósitos atentatorios contra el Estado de derecho. «Ni pena ni miedo», autotituló su biografía Marlaska cuando parecía grande y era admirado, salvo para sus actuales aliados. Ahora da pena cómo echa a perder su prestigio y miedo por la arbitrariedad con la que se guía.

Cuando el maestro Belmonte vio a su rehiletero Miranda presidir un festejo como gobernador, lo interpretó como una muestra de degeneración de su otrora subalterno y del gobierno al que representaba. Otro tanto cabe decir de quien es pálida sombra de lo que fue y que, por muchos méritos que haga para que le respeten en el Gobierno, sólo logrará algo de conmiseración, una vez que se ha perdido el respeto a sí mismo y el de quienes tiene a sus órdenes. Pena de juez para no ser gloria de político.

Pero, más allá de los avatares de quien desanda su biografía, Marlaska ejemplifica como la democracia española marcha por la deriva del procés catalán y su golpe de Estado desde las instituciones bajo la diarquía de Pedro Sánchez y su vicepresidente Iglesias, quienes viajan juntos, pero con diferentes estaciones término. Si el primero busca eternizarse en La Moncloa alterando las reglas del juego, el líder de Podemos persigue modificar no sólo las reglas sino también el juego para comandar un cambio de régimen en toda regla. Entretanto, hace rehén a Sánchez y se blinda para que, caso de tener la tentación de deshacerse de él, sea a un coste inasumible al haberse adueñado de enclaves cardinales del Estado como para desatar efectos desestabilizadores.

A diferencia de Sánchez, que puede hacer una cosa o su contraria mintiendo siempre, Iglesias hace un uso instrumental de la democracia, como expuso en Zaragoza a jóvenes comunistas de UJCE. «La palabra democracia –reveló– mola, por lo tanto, habrá que disputársela al enemigo cuando hagamos política. La palabra dictadura no mola, aunque sea del proletariado. No mola nada, no hay manera de vender eso. Aunque podamos teorizar que la dictadura del proletariado es la máxima expresión de la democracia en la medida en que aspira a anular unas relaciones de clase injustas que en sí mismas, ontológicamente, anulan la posibilidad de la igualdad que es la base de la democracia».

Iglesias no oculta su pretensión de colapsar la democracia coronada por Felipe VI para hacerse con el poder como Chávez, al que sus posteriores víctimas sacaron de la cárcel donde penaba condena por su golpe militar, del mismo modo que muchos prestan al líder neocomunista los medios con los que avanzar en su planes para garantizarse su protección o, al menos, cierto miramiento. Por eso, hay que convenir con lo que John Julius Norwich proclama en su Historia de Venecia: «El grado de libertad y democracia de que disfruta un Estado varía de manera inversamente proporcional a la grandilocuencia con que son proclamadas». Así, cuando Iglesias descalifica a sus adversarios tildándolos de «golpistas», en realidad, trata de escamotear sus planes en este sentido y luego acometerlos como si fuera en defensa del sistema. Es tan evidente que muchos no reparan en ello. Como tampoco se percataron de que la carta secreta del relato de Poe descansaba sobre la mesa del despacho, mientras se hurgaba lo recóndito.

A este respecto, fue muy ilustrativa la trifulca del miércoles entre Iglesias y Cayetana Álvarez de Toledo. Tras dirigirse a ella con retintín llamándola señora marquesa para arriba, señora marquesa para abajo, lo cual no deja de ser una hipocresía por parte de quien encarna la nueva casta con su meteórico enriquecimiento a cuenta de la política, pasando de vivir de prestado en una casa de protección oficial en Vallecas a disponer de un lujoso casoplón en Galapagar, ésta señaló que el padre del dirigente podemita había sido terrorista al militar en una organización como el FRAP que ejerció la lucha armada en el tardofranquismo. Todo ello en abierta ruptura con aquel PCE que, en 1956, apostó por la reconciliación nacional y fue clave en la Transición que denosta Iglesias.

Puede entenderse la indignación. Sin embargo, no puede decir que su progenitor se jugó la vida por la democracia, sino por la sustitución de la dictadura franquista por otra marxista-leninista que tenía su paraíso en la mísera Albania estalinista. Ni su reacción se corresponde con el homenaje que, al poco de ser diputado, sin que la presidenta del Congreso entonces, Ana Pastor, mandara retirarlo del acta, le hizo desde la tribuna a José Humberto Baena, correligionario de su padre y condenado a muerte por matar al policía Lucio Rodríguez.

Al margen de lo que hiciera su padre, eso no tendría por qué marcar al hijo, naturalmente, pero el hoy vicepresidente asumió el legado del FRAP con su apología del asesinato de un funcionario público. No parece, dado como elogia también a ETA, que esté arrepentido ni dispuesto a que se borre de las actas del Congreso al tenerlo por timbre de gloria. Lo peor, con todo, es que quiera hacer de ese pretérito imperfecto el porvenir que espera a los españoles.

Frente a esa realidad, cabe bien mirar para otro lado y relativizarlo todo hasta que lo temido se haga irremediable, bien tratar de ponerle remedio no haciéndose el indiferente, como alertaba el superviviente de Auschwitz. Por eso, frente a los que arguyen que Álvarez de Toledo, con su supuesto extravío, impidió cobrarse la cabeza de Marlaska, hay que señalar que la portavoz del PP, con todos los peros que se le quieran poner, hizo bien. Primero, en no dejarse humillar por el nuevo marqués de la situación, y luego por ir a la cabeza del procés español timoneado por quien gobierna a un presidente que se deja mangonear, mientas Sánchez se extasía como un Narciso ante el espejo de la televisión.

Además, Marlaska ya es un cadáver político, aunque él no lo sepa ni figure en la estadística oficial. Como esos miles de muertos del Covid-19 que no se reconocerán hasta que no se apaguen las últimas brasas de la pandemia para no chamuscar al Gobierno. Luego están los juegos de poder interno dentro del PP, pero eso es otra historia, como decía el cantinero de Irma la Dulce.

«Si uno no quiere luchar por el bien cuando puede ganar fácilmente sin derramamiento de sangre, si no quiere luchar cuando la victoria es casi segura y no supone demasiado esfuerzo, es posible –anotó Churchill– que llegue el momento en el que se vea obligado a luchar cuando tiene todas las de perder y una posibilidad precaria de supervivencia. Incluso puede pasar algo peor: que uno tenga que luchar cuando no tiene ninguna esperanza de ganar, porque es preferible morir que vivir esclavizados».

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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