Marruecos

Pero, ¿cómo podéis ir de vacaciones a Marruecos? ¿No os da miedo? A los pocos minutos del maldito trayecto de la furgoneta blanca por el paseo central de la Rambla –a un minuto y medio de donde vivimos– empezamos a recibir un aluvión de llamadas y sms de amigos de todas partes. «Si, estamos bien, en Marruecos. ¿No os da miedo haberos quedado en Europa?». Y,  acto seguido, nuestros vecinos de la medina llamaban a nuestra puerta, llorando, abrazándonos, recordándonos que el Corán quiere el bien de todos.

La verdad: no me ha afectado más el atentado cometido a las puertas de casa que los de Atocha, Niza o el parisino Bataclan. Es la cuota que nos toca pagar por pertenecer a la sociedad en que hemos decidido vivir. La diferencia es que un herido o muerto de los nuestros recibe muchísimos más minutos de adjetivos, prensa y televisión que las aterradoras matanzas que se producen casi a diario fuera de los límites de nuestra finca.

Los calificativos escuchados a través de TVE Internacional fueron ni más ni menos los que el momento exigía: vil, cobarde, asesino, canalla, bárbaro, execrable…  Y,  los unos mucho más que los otros, pronunciaron hasta el hartazgo la palabra ‘unidad’, expresión de la que no se parará de hablar a la vuelta de vacaciones, cuando se irá extinguiendo el recuerdo de muertos y heridos. Heridas, heridos, muertas y muertos de 34 nacionalidades, e incluso una más, a decir del torpe ‘conseller’ de Interior. Decididamente, Barcelona está en el mapa.

Y, a partir de ahora, también lo estarán Cambrils, Alcanar, Ripoll, Subirats… Inocentes pueblecitos de pesebre que solo saltan a primera plana cuando les toca el Gordo, la Grossa o cuando allá se vierte sangre, ya pasional, ya yihadista. Según los vecinos, los terroristas eran gente común, más bien cariñosa, que decían buenos días y buenas noches, que jugaban al futbolín y vendían cerezas, tal vez robadas en el súper, insinuó la vecina de escalera de uno de los catalano-marroquís. Sí, en la barbarie de la Rambla participó un  terrorista catalán.

Parece ser que en esta ocasión no se puede hablar de hambre, miseria y marginación como causa principal del atentado; imagino que estos jóvenes estudiaron en escuelas catalanas y en catalán y vieron los partidos del Barça por TV-3. ¿Fracaso escolar? ¿Fracaso de control de los imanes que atraen pequeños pedacitos de hierro hacia el crimen y el suicidio asegurándoles que en el paraíso de Alá hay barra libre de odaliscas, jamón ibérico y alcohol? Ya de noche, sentados en la calle a la luz de un té, mi amigo Adil, periodista de la cadena televisiva Al Arabia, propuso una teoría mucho más rápida y eficaz que el aleccionamiento: la hipnosis.

Como todas las cosas complejas, la disección del planeta entre civilización y barbarie me parece poco fiable, y aún menos desde que sabemos que antes las armas eran para hacer la guerra y ahora las guerras son para vender armas. Si la civilización fuese realmente civilizada –y ahora habla Mafalda– no permitiría de ninguna manera que algunos perros luzcan collares de diamantes cuando para millones de humanos un vaso de agua sucia y un mendrugo de pan desnudo siguen siendo su plato del día (Lean ‘El pan a secas’, de Mohamed Chucri, una de las grandes novelas de la literatura árabe contemporánea, en la que el autor, luego amigo de Tenessee Williams y de Jean Genet, cuenta su miserable infancia y adolescencia hasta que decidió aprender a leer y escribir.)

Occidente se equivocó al sentenciar que todas las personas éramos iguales, cuando ahora les dice a muchas, a millones,  que no valen nada,  que no son nadie. Y es entonces cuando en algunos cerebros nace la atroz idea de canjear su mierda de vida por la muerte de otros que sí que valen.

Me voy con Mohamed, mi amigo taxista, a Larache, en cuyo cementerio español («Es duro el foso, es duro el paisaje impersonal, es duro el adiós») están enterrados los restos de Jean Genet («Lo que necesitamos es el odio. De él nacen nuestras ideas») y de Juan Goytisolo («España, tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti»), dos europeos que escogieron Marruecos como tierra donde vivir y morir. Me detengo en silencio antes sus humildes tumbas, como de vuelta a Barcelona también me detendré ante los altares de peluches, velas y flores de la Rambla.

Juan Ollé, director teatral.

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