Martín y Soler. De Valencia a San Petersburgo

En este año de reforzamiento de los vínculos entre España y Rusia, parece oportuno evocar la figura y la personalidad artística de Vicente Martín y Soler, nacido en Valencia el 2 de mayo de 1754 y fallecido en San Petersburgo el 30 de enero de 1806. Después de llevar a cabo una brillante carrera como compositor en diversos territorios europeos, se estableció en la capital del Imperio de los Zares y trabajó activamente en distintos periodos de los reinados de Catalina «la Grande», Pablo I y Alejandro I.

Conocí, en directo, la producción de tan excepcional maestro gracias a mi amistad con un excelente barítono, también valenciano —Javier Galán— que me invitó a verle y oírle en «Il tutore burlato», opera buffa considerada como la primera creación conocida de su amplio repertorio, compuesta en 1775, con libreto de Filippo Livigni, cuando contaba solamente veintiún años de edad. La obra me pareció sumamente atractiva, tanto que me llevó a pensar en lo poco conocidas que son en nuestra tierra la vida y las geniales obras de este singular compatriota al que hoy se le ha llegado a denominar el «Mozart español», aunque las gentes de su tiempo le calificaron como «Martín lo Spagnolo» o el «Mozart valenciano». Fue un personaje de reconocido prestigio internacional en su momento, periodo caracterizado por un refinado espíritu cosmopolita que triunfaba de Lisboa a San Petersburgo y de Londres a Nápoles, propio de la fase culminante del absolutismo, en su vertiente del despotismo ilustrado.

Martín y Soler, que se inscribe cronológica y artísticamente en la segunda mitad del XVIII y en la transición de la Edad Moderna a la Contemporánea, alcanzó la fama gracias a sus más de treinta óperas y una veintena de ballets, a los que se sumaron conciertos, cantatas, cánones, temas de música sacra, canciones y otras piezas. Llevó a cabo muchas de ellas para instituciones del más alto rango consagradas a la música: el San Carlos, de Nápoles; el Burgtheater, de Viena; el Ermitage, de San Petersburgo; el King’s Theatre, de Londres y otros más. Entre quienes interpretaron sus obras aparecen las máximas voces de entonces: Marchessi, Ansani y Nelly, Balduchichi, Todito o Storace (castrati, tenores, sopranos…). Para él escribieron Metastasio, Da Ponte, Moretti, Bernardini o Zeno, además de otros libretistas de éxito. También preparó creaciones para ambientes cortesanos y fue muy estimado por diferentes monarcas, sobre los que destacan Carlos IV, siendo Príncipe de Asturias, el emperador José II y la zarina Catalina «la Grande». Gracias al primero de ellos que le protegió, pudo acudir a Nápoles y componer para Fernando IV.

Se conoce muy poco de la fase inicial de su vida. Siendo muy joven, entre los seis y los quince años, cantó en el coro de la catedral de Valencia; más tarde viajó a Madrid y, después de traducirla al castellano y adaptarla en forma de zarzuela, con el título de «La madrileña», presentó la ya citada ópera «Il tutore burlato». Tal estreno, que tuvo lugar en el palacio del Real Sitio de la Granja de San Ildefonso, le otorgó tal grado de aceptación que le permitió recibir el apoyo del heredero del trono español, muy interesado por el mundo artístico en general, especialmente el musical, y violinista él mismo.

Entre 1777 y 1785 trabajó en Nápoles, viajó por Italia y en 1785 marchó a Viena, donde se estableció después de recibir una oferta ventajosa. Reinaba José II, de quien pronto fue uno de sus músicos favoritos. Por entonces, la espléndida metrópoli era el más reconocido hogar de la ópera italiana y fue allí donde estrenó «Il burbero di buon cuore», «Una cosa rara» y «L’arbore di Diana». El público le otorgó su favor, a pesar de competir con Paisiello, Salieri y Mozart. Pero al final del verano de 1788 le llegó una tentadora propuesta de la todopoderosa emperatriz de Rusia, Catalina «la Grande»: nombrarle compositor de corte con grandes emolumentos; aceptó y acudió a San Petersburgo. Entre 1793 y 1796 residió en Londres y prosiguió sus tareas, pero cuando cosechó un fracaso, a la vez que otros problemas, retornó a las orillas del Neva. A lo largo de todos esos años también compuso varios ballets: «Dido abandonada», en 1792; «Amor y Psiquis», en 1793, «Tancredo» y «El regreso de Poliorcetes», ambos en 1799. Estas magníficas creaciones fueron las más significativas en una etapa de su vida en la que fue decayendo su producción a la vez que el periclitado mundo del Rococó era sustituido en las preferencias estéticas generales por la depurada sobriedad del Neoclasicismo triunfante.

El personal estilo de Martín y Soler fue claramente el de su tiempo, lo que le abocó, debido a su carencia de un proceso renovador, a pasar de moda relativamente pronto. Sus aires musicales son los del exquisito clasicismo vienés, dulce y pleno de gracia debido al predominio de inspiradas melodías, de la estructura a tres voces, así como de la periodicidad del fraseo y de la forma. Su trayectoria está sembrada de grandes éxitos en distintos lugares, aunque alcanzó la culminación durante su periodo vienés, en el que fue muy admirado, y el mismo Mozart, que le frecuentaba y estimaba, empleó una melodía del valenciano perteneciente a «Una cosa rara» para «Don Giovanni». Un ejemplo de sus jornadas más inolvidables lo constituyó el estreno, el 4 de enero de 1786, de «Il burbero di buon cuore», ópera que el Gran Teatro del Liceo de Barcelona repondrá en esta próxima temporada. Del tipo drama giocoso, con libreto de Lorenzo Da Ponte, sobre un argumento precedente de Carlo Goldoni, fue muy apreciada, incluso por el propio emperador José II, que asistió aquel día.

Martín y Soler falleció, por causa de una fiebre catarral, en medio de los terribles fríos del comienzo de 1806, cuando la nieve cubría la mítica San Petersburgo. Contaba 51 años, se había casado muy joven con la cantante Olivia Masini y tuvo un hijo que también se dedicó a la música, Federico; no obstante, fue un hombre bastante mujeriego y, al parecer, pudo haber tenido una relación «especial» con su gran protectora rusa. Después de su muerte, su figura y su producción cayeron en el olvido durante casi dos siglos; no obstante, en el presente, se está haciendo mucho por su recuperación, tanto en Valencia como en Madrid, merced a representaciones de sus obras y estudios de especialistas. En la lápida de su tumba, existente en el cementerio Wassili-Ostrov, se lee en el epitafio una frase que resalta su elevada categoría humana: «Admirado en las principales ciudades y cortes de Europa por su talento como por sus bellas y nobles cualidades morales».

Por Juan J. Luna, conservador del Museo del Prado.

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