Mártires armenios del siglo XX

Armenia es un país con una historia larga y estremecedora. En España lo conocemos menos de lo que debiéramos. Sin embargo, el pueblo armenio tiene más de un rasgo común con el nuestro. Es una nación cuya identidad va estrechamente ligada a la fe cristiana, mantenida en secular confrontación cultural e incluso bélica con el islamismo; una nación que, en el siglo XX, sufrió también una terrible persecución religiosa, saldada con centenares de miles de víctimas y de mártires.

El pasado 19 de julio tuve el honor de ser recibido en Echmiadzin, capital religiosa del país –muy cercana a la capital política, Ereván– por el cabeza visible de la venerable Iglesia apostólica armenia, el Catolicós Karekin II. Me correspondió encabezar una peregrinación de ocho personas –expertos en ecumenismo– organizada por la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales, de la que soy miembro. El motivo principal de nuestra presencia allí era venerar la memoria de los mártires que aquella Iglesia hermana había canonizado el 23 de abril. ¿Qué mártires son esos?

martires-armenios-del-siglo-xxArmenia fue la primera nación que aceptó oficialmente el cristianismo como religión propia, cuando, en el año 301 el rey Tiridates III fue bautizado por san Gregorio el Iluminador. Roma había de esperar todavía doce años para que Constantino decretara su famoso edicto de tolerancia, en 313. En España no iba a suceder algo semejante hasta que, en el año 589, el rey Recaredo abrazara en Toledo la fe católica.

Los armenios tuvieron que defender su fe desde muy pronto frente a los persas y su autonomía como nación frente a Bizancio. No pudieron participar en el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451, cuando ellos libraban la batalla por la fe frente a los persas. Luego, las tensiones con los bizantinos y la lejanía de Roma, no les permitió seguir el camino de la Iglesia católica. Reivindicaban y reivindican para su Iglesia un origen apostólico, evangelizada por San Bartolomé y San Judas Tadeo, y han permanecido como una de las antiguas iglesias orientales, junto con los coptos y los sirios. No son, pues, propiamente «ortodoxos», quienes, como confesión propia, son un producto posterior, del llamado cisma de Oriente, acontecido en 1054.

El pueblo armenio tiene raíces históricas muy antiguas, conocidas arqueológicamente desde el siglo IX antes de Cristo, en el reino de Urartu. Su espacio vital se sitúa al sur del Cáucaso. Tiene como referencia el mítico monte Ararat, mencionado por la Biblia como lugar en el que tocara tierra el arca de Noé, y ha llegado a extenderse entre los tres mares: desde el Caspio, hasta el Negro y el Mediterráneo, incluyendo también, por tanto, el oriente de Anatolia. Todas estas tierras estaban pobladas por armenios en una u otra proporción. Buena parte de ellos fueron súbditos del Imperio Otomano hasta la Primera Guerra Mundial.

El año 1915, avanzada ya la Gran Guerra, es una fecha trágicamente simbólica para los armenios. Los sultanes otomanos habían considerado su Imperio como un conglomerado de etnias, culturas y religiones, en el que, si bien sólo los musulmanes eran ciudadanos de pleno derecho, había también un lugar para los cristianos. Los armenios llegaron a ser una minoría muy influyente desde el punto de vista cultural y económico, incluso en Estambul. En el territorio oriental antes descrito constituían además una fracción importante de la población, estimada en cerca de dos millones de personas.

Tras la revolución de 1908, el partido de los Jóvenes Turcos había traído una nueva política. Las pérdidas sufridas en Grecia y los Balcanes, así como la amenaza de Rusia en el otro lado del Imperio, constituían las condiciones geopolíticas que los nuevos dirigentes entendieron como una exigencia histórica para salvar a Turquía como nación sobre las bases de la raza turca y de la fe musulmana. Los líderes de los Nuevos Turcos se habían formado en universidades occidentales y estaban lejos de la fe de sus padres. Pero entendieron que el elemento religioso era un ingrediente necesario para su proyecto nacional. No había lugar para los armenios en la nueva Turquía. La población armenia había sufrido ya pogromos terribles a finales del siglo XIX, con el sultán Abdul Hamid II. Pero ahora, la Gran Guerra ofrecía a los nuevos políticos una pantalla ideal para sus propios planes de limpieza étnica sin ser molestados desde el exterior. Fue lo que llevaron a cabo desde 1915 hasta 1923 de manera sistemática y cruel. Víctimas de esta política nacionalista panturquista fueron en torno a un millón y medio de armenios. Según los autores más serios, se trata del primer genocidio del siglo XX, reconocido como tal por diversos organismos internacionales. La palabra «genocidio» fue acuñada por el judío polaco Rafael Lemkin precisamente mientras estudiaba desde un punto de vista jurídico el caso armenio y se adelantaba a lo que iba a suceder poco después con los judíos.

Al celebrar este año el centenario de aquel «Gran Mal», la Iglesia apostólica armenia ha declarado santos a todos los que entonces murieron por su fe. Los católicos armenios que vivían en Turquía padecieron el mismo destino que sus hermanos apostólicos. A la mayoría se les ofreció la posibilidad de salvarse si renunciaban a su fe y se hacían musulmanes. Eso hicieron con el arzobispo armenio católico de Mardín, Ignacio Maloyan, asesinado cruelmente junto con todos sus sacerdotes y con su pueblo, y beatificado por san Juan Pablo II en 2001.

Los mártires armenios son también nuestros, tanto los centenares de miles de la Iglesia apostólica, como los católicos y protestantes. Es lo que le hemos dicho a Karekin II. Los mártires del siglo XX son los primeros impulsores de la unidad de los cristianos. Para los perseguidores, todos eran simplemente cristianos, sin diferencia de confesión: los armenios de 1915, los rusos de 1917 y de décadas posteriores; los españoles de 1934 y 193639; o los centroeuropeos de 1939-45 y después.

El siglo XX ha sido el siglo de los mártires, porque ha sido el siglo de los genocidios y de las guerras totales, urdidos por los totalitarismos de uno u otro signo político. No nos está permitido olvidarlo, aunque tampoco debemos vengarlo si no es con la verdad y la reconciliación. Los mártires cristianos no mueren matando, sino perdonando.

Juan Antonio Martínez Camino, obispo auxiliar de Madrid.

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