Marx, siempre Marx

A estas alturas, yo me sigo considerando marxista, aunque, desde luego, no en el sentido corriente del término. No creo en la dictadura del proletariado, ni en la plusvalía, ni en la teoría del valor-trabajo, ni menos en el materialismo dialéctico, cuyo significado nunca he comprendido. Sin embargo, siempre me ha parecido muy bien el materialismo histórico: la teoría marxista de la Historia. Queda claro, por tanto, que admiro a Marx como historiador, pero no como economista.

Sin embargo, ambas cosas estaban en él muy imbricadas, porque su teoría de la Historia es que los hombres, individual y colectivamente, se mueven por motivos económicos. Esta idea básica es lo que él llamaba «materialismo histórico» o, también, «poner sobre los pies» la teoría histórica de Hegel, su maestro, que decía que eran las ideas lo que movían a la Historia. Según la metáfora de Marx, para Hegel la base o motor de la Historia eran las ideas (la cabeza), mientras que para él era la economía (los pies). Este darle la vuelta a la teoría de la Historia convierte a Marx en un pensador revolucionario, no solo por haber sido un profeta de la revolución, sino por haber revolucionado la teoría de la Historia, que es tanto como decir de la sociedad.

Marx, siempre MarxAsí, Marx no sólo ofendió a los burgueses y personas de orden porque amenazaba el ‘status quo’, sino también a los bienpensantes que consideraban al hombre inspirado por sus ideas y no por sus intereses materiales. En esta labor de reducción del hombre a sus principios elementales estaba bien acompañado de su admirado Charles Darwin y, más tarde, de Sigmund Freud. Darwin provocó la ira de numerosos seguidores de lo que a mediados del XIX era la ortodoxia (desde el obispo Wilberforce hasta el destilero Bosch, productor del Anís del Mono) al postular que las especies eran producto de la evolución y no necesariamente del designio divino, con su corolario de que el hombre estaba relacionado genéticamente con los antropoides. Freud también escandalizó a generaciones más recientes señalando que el instinto sexual y el subconsciente eran poderosos determinantes de la conducta humana, en lugar de, o en competencia con, la razón o la inspiración divina.

Hay que reconocer que Marx y Freud ya habían sido prefigurados por el Arcipreste de Hita, y este por el genio de Estagira, ya que el Libro del Buen Amor nos informa que: «Como dice Aristóteles, cosa es verdadera,/ el mundo por dos cosas trabaja: la primera/ por haber mantenencia; la otra cosa era/ por haber juntamiento con hembra placentera». Aquí tenemos a Marx (la mantenencia, es decir, la economía) y a Freud (el juntamiento, es decir, la libido). Pero quizá porque al Arcipreste no se le toma todo lo en serio que se debiera (él estaba de guasa perenne) y porque de Aristóteles se recuerdan otras cosas, estas doctrinas no hicieron su pleno impacto hasta que Marx y Freud les dedicaron consistentes volúmenes. Fue entonces cuando, tras el escándalo del darwinismo, vinieron los escándalos del materialismo y del psicoanálisis.

Hoy sorprende un poco todo esto, porque, salvo en ciertos reductos intelectuales, las doctrinas de estos tres genios revolucionarios han sido aceptadas con generalidad, incluso entre los que formalmente las rechazan. Hoy el darwinismo está ampliamente aceptado en el mundo científico. Se vio, además, confirmado por la genética molecular y por la paleontología, y los conceptos de «selección natural», «caracteres hereditarios», «mutación» y demás forman parte del lenguaje corriente. Incluso algunas iglesias han intentado con mayor o menor éxito adaptar las doctrinas bíblicas de la creación a la teoría evolucionista.

En cuanto a Freud, ocurre algo parecido. Su terapia es muy cuestionada, pero sus intuiciones psicoanalíticas han alcanzado una enorme difusión, sus discípulos y adeptos se cuentan por millones y sus conceptos han pasado al lenguaje corriente, como prueba la frecuencia con que se utilizan palabras como «complejo», «ego», «trauma infantil», «Edipo», «sublimación», etcétera.

Ocurre en general con estos genios que, junto a enormes rechazos, provocan también grandes entusiasmos, y tanto los enemigos como los discípulos tienden a deformar la doctrina original, lo cual la banaliza y desprestigia científicamente, pero a la vez la populariza. En eso Darwin llevaba ventaja, porque era un científico puro y sus doctrinas, aunque no fáciles de demostrar, por la dificultad de someterlas a experimento, sí pueden someterse a contrastes parciales que, por su multiplicación, acaban resultando ser pruebas casi irrefutables. Las doctrinas históricas son mucho más difíciles de contrastar empíricamente, y el psicoanálisis más difícil todavía, aunque se han dado infinidad de casos de curación de neurosis y otros trastornos por el método psicoanalítico.

También Marx, tan denostado, ha tenido gran aceptación entre los historiadores, y muchos de sus conceptos son ampliamente aceptados hoy. Palabras como «burgués», «proletario», «lumpen», «superestructura», «plusvalía», «contradicciones internas», «lucha de clases», han pasado al vocabulario corriente de personas que no han leído ni el Manifiesto Comunista. Y la idea de que la economía tiene importancia para comprender a la sociedad y su devenir está muy ampliamente extendida, incluso entre personas que se definirían como enemigas del comunismo. Nadie podrá acusar de ser marxistas a tantos historiadores que estudian la economía porque creen que en ella van a encontrar la clave del cambio político y social. Ni nadie podrá llamar marxista a James Carville, el asesor de Bill Clinton que popularizó la frase «es la economía, estúpido» para indicar cómo se debían ganar las elecciones. Y nadie podrá llamar marxista al presidente Mariano Rajoy, que ha apostado casi exclusivamente por la economía como palanca para ganar las próximas elecciones generales.

Yo, como marxista confeso, debiera aplaudir tal táctica. Sin embargo, ya dije más arriba que mi marxismo no es del tipo corriente: hay ruedas de molino que no estoy dispuesto a tragarme. Apostarlo todo a la sola carta económica me parece algo arriesgado, sobre todo si el incipiente enderezamiento se ha conseguido por medio de una subida muy pronunciada de la presión fiscal, habiendo antes prometido todo lo contrario. Por otra parte, la economía no es una ciencia exacta, y cualquier fallo imprevisto a última hora puede dar al traste con una recuperación que, en el mejor de los casos, no puede ser sino parcial. El desempleo, por mucho que baje de aquí a noviembre, seguirá siendo embarazosamente alto, y a los parados y sus familias les interesan muy poco las curvas de tendencia y los decimales, especialmente a la hora de votar. Por añadidura, el estilo de Rajoy es cauteloso, por no decir timorato, y la reforma laboral que llevó a cabo su Gobierno al comienzo de la legislatura iba quizá en la buena dirección, pero se quedó a medio camino por miedo a irritar a la izquierda y los sindicatos. Lo descafeinado de la reforma ha traído como consecuencias la lentitud con la que ha tenido efecto y el hecho de que vayamos a llegar a noviembre con los niveles de paro a que antes me referí. Además, la timidez y moderación con la que se acometió la reforma no ha servido en absoluto para acallar a los disconformes, que han encontrado en la lentitud con la que ha actuado un motivo más para alzar la voz denunciándola. Y hay que recordar que, a la hora de votar, todo el problema económico se reduce al nivel de desempleo. Que la balanza de pagos esté o no en equilibrio, que el presupuesto tenga o no déficit, que la inversión aumente o caiga, que haya estabilidad de precios o inflación, todo eso es muy interesante, pero al votante lo que le importa es el nivel de desempleo. Y hay muy poco tiempo para acelerar su baja.

Por otra parte, la economía es muy importante, pero incluso los historiadores económicos con ribetes marxistas sabemos que no lo explica todo. Es difícil justificar que con una mayoría absoluta no solo en las Cortes, sino en casi todas las autonomías, se haya hecho tan poco para solucionar el problema del nacionalismo periférico, la violación sistemática de la Constitución, el despilfarro de las autonomías, el embrollo de la deficiente educación que este país arrastra desde hace décadas, el problema de la corrupción, el de la Justicia, y un largo etcétera. Ahora se prometen cambios, después de decir que no los habría. Todo esto debería haberse encarado al comenzar la legislatura. Podríamos decir, parafraseando a Carville: «No solo es la economía, estúpido».

Gabriel Tortella es economista e historiador, autor de ‘Los orígenes del siglo XXI. Un ensayo de historia social y económica contemporánea’.

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