Más allá de Irak: España en un orden unipolar

Por Rafael Bardají, subdirector del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos (ABC, 11/03/03):

La unipolaridad no es una opción, es una realidad. La desaparición de la Unión Soviética acabó con un orden bipolar, dejando en herencia un mundo con una única superpotencia. Estados Unidos era, a comienzos de los 90, el único país que disfrutaba de una economía dinámica, una base tecnológica innovadora, una fuerza militar muy superior a la de amigos y enemigos, y la posibilidad de poner todo eso al servicio de una actuación en pro de la estabilidad internacional. Los años de Clinton consolidaron la superioridad de Norteamérica en casi todo excepto en su voluntad de ser decisivos para el mundo. El internacionalismo de Clinton se detenía en la retórica y su actitud básica hacia el mundo fue la del «sheriff reticente», según la expresión del hoy director del Departamento de Planificación del Departamento de Estado, Richard Haas. Sólo en su voluntad fueron débiles los Estados Unidos durante la década pasada.

El 11-S consolidará la configuración del orden unipolar. Porque expondrá de manera clara que las capacidades americanas superan con mucho a la del resto de países. Pero, sobre todo, porque va a provocar una reflexión política en el presidente George W. Bush que le llevará a abandonar la continuidad con el realismo pragmático de su padre para adoptar como referente y padre político a Ronald Reagan. Bush hijo pasará de la tentación aislacionista a desarrollar una visión suma de intereses nacionales e ideales globales, así como una política de intervención activa. Para Bush no basta con detentar el poder real, hay que ejercerlo.

La actual crisis de Irak va a acelerar la unipolaridad del orden internacional. Unipolaridad y unilateralismo no son sinónimos ni tienen por qué ir unidos. Ahora bien, el rumbo multilateralista adoptado por los Estados Unidos bajo la aparente influencia de Colin Powell, lejos de dar sus frutos políticos se ha convertido, de hecho, en un auténtico calvario que ha ahondado la brecha existente entre el mundo de las instituciones emanadas de la Segunda Guerra Mundial y las realidades estratégicas de hoy día. Desde el bloqueo de la OTAN a la crisis de la ONU pasando por la ruptura del modelo sobre el futuro de Europa, vivimos en un momento donde la incapacidad de la comunidad internacional para ser consecuente con sus responsabilidades está planteando la necesidad de ajustar el mapa del poder real con los cauces para darle expresión en el mundo. La consolidación de la hegemonía de los Estados Unidos tenderá a reflejarse inexorablemente en las estructuras internacionales y en las relaciones entre países, amigos y enemigos de Norteamérica. Es cuestión de tiempo.

¿Cuál puede y debe ser el papel de España en este orden unipolar y cuáles son sus cartas para jugar provechosamente en el mismo? Frente a las superpotencias se conocen históricamente dos reacciones: alinearse con ellas o integrarse en un bloque que sirva de contrapeso y hoy por hoy, el único eje para contener a los Estados Unidos es el formado por París-Moscú-Pekín, línea contra natura donde las haya que en nada interesa a España. A España, de hecho, la consolidación del actual orden unipolar no le viene mal, todo lo contrario. En primer lugar, porque hay una clara conjunción de intereses con Estados Unidos. España sabe por experiencia propia lo que es el azote del terrorismo. Por eso y por el convencimiento de que hay que frustrar la conjunción de armas de destrucción masiva y grupos terroristas, España participa en la operación Libertad Duradera. Pero conviene distinguir bien las razones de dicha participación. Se tiende a pensar que nuestra contribución busca una cooperación activa americana en la lucha contra ETA, lo que es legítimo y justo, pero hay más. Aunque no sufriéramos a ETA deberíamos estar en el Indico y en Afganistán o en otro sitio. Para Washington, la lucha contra el terrorismo global, es la Tercera Guerra Mundial. Todos aquellos que lucharon junto a los Estados Unidos en las dos guerras mundiales salieron beneficiados con ello. España, ausente de esos conflictos, no debería permitirse esta vez quedarse al margen y dejar de ir al lado de los americanos porque sólo con ellos podremos alcanzar los objetivos globales que compartimos a la vez que obtener mayor resonancia y espacio en el tablero internacional: siendo más importante para América, España será más influyente en Europa, Norte de África y donde quiera actuar.

Siendo la lucha contra el terrorismo lo más evidente por su inmediatez, hay otros muchos campos de coincidencia entre Washington y Madrid. Por ejemplo, España no puede apoyar el proyecto de una Europa cuya fortaleza se mida esencialmente por su capacidad de contraponerse a América, sino que tiene que apostar por la complementariedad; España tampoco puede permitirse el hundimiento de un continente como Latinoamérica y debe trabajar con los Estados Unidos en aras del fortalecimiento de las instituciones políticas y económicas de la zona; y España, por cerrar estas pocas ilustraciones, tampoco debe admitir la brecha transatlántica respecto al conflicto israelo-palestino, sino que debe aspirar a moderar el nivel de divergencias.

Ahora bien, las relaciones de amistad a largo plazo se construyen sobre las acciones en el corto y ahora toca Irak. No hace falta recordar aquí las razones ni los hechos que hacen de Saddam un sátrapa para su pueblo, una amenaza para sus vecinos y un creciente riesgo para el mundo entero. Todo eso lo asumió el Consejo de Seguridad una vez más en la resolución 1441. Derrocar a Saddam es un objetivo estratégico justo y necesario desde el interés de la comunidad internacional. Pero para España es eso y mucho más. Es pasar finalmente de ser un país de segunda división a uno que juega ya entre los grandes.

Mucho de este salto se debe a la especial relación entre Bush y Aznar, pero quienes ven en ese personalismo la razón para la crítica se equivocan. Ahora se abre la posibilidad de trascender esa relación humana e institucionalizarla. El presidente Aznar ha decidido estar con su amigo Bush, pero para que sea España la que está ahora con América -para que América también esté con España- tendríamos que hacer nuestros propios deberes en casa. El primero, Irak, ya lo ha asumido el Gobierno. Pero no basta. Hay que realizar un esfuerzo en imaginación que deseche inercias burocráticas de la Administración y persiga nuevas políticas para España en el mundo unipolar que nos toca vivir. Y también hay que dotarse de los medios necesarios para desarrollar esas políticas. Es imprescindible, por ejemplo, la creación de un Consejo de Seguridad Nacional; como resulta vital reforzar el servicio exterior, los servicios de inteligencia y las fuerzas que lidian directamente con el terrorismo. Igualmente, cabe esperar un mayor esfuerzo en defensa donde no sólo hay que gastar algo más sino, tras la profesionalización, acelerar la transformación de los ejércitos, en sus medios, organización y procedimientos. Y hay que saber explicarlo.

Para jugar en primera división hay que contar con jugadores de primera. España, con la colaboración de los Estados Unidos puede conseguirlo. Sin los Estados Unidos, difícilmente. Contra los Estados Unidos, imposible

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