Más allá de la culpa

Por Reyes Mate (EL PERIÓDICO, 19/10/08):

Baltasar Garzón vuelve a apostar fuerte en el viejo desafío entre derecho y justicia. “Siempre –dice– tiene que prevalecer el derecho de las víctimas”, aunque para ello tenga que tensar el derecho hasta extremos que muchos juristas juzgan inaceptables. Habla de derecho y piensa en la justicia.
Invoca la competencia de la Audiencia Nacional en asuntos de rebelión contra el orden establecido para llamar a capítulo al general Franco y demás espadones de 1936 y así pedirles cuentas por un acción criminal que iniciaron entonces y sigue activa: la desaparición de víctimas. Los golpistas no querían solo matar sino hacerlas desaparecer y mientras sigan desaparecidas, dice el auto, no se podrá decir que aquello ya pasó. Sigue pasando y es tarea de la justicia penal poner fin a esa acción criminal investigando su paradero y convocando a los responsables. Como los cabecillas de la asonada están muertos, habrá que declarar extinta su responsabilidad penal. Para ese viaje no hacían falta tales alforjas, comentan malhumorados expertos en Derecho.

AUNQUE EL proceso tuviera poco recorrido legal, a nadie se le escapa que no hay manera de archivar el derecho de las víctimas. Nos pasará como a los alemanes que estuvieron décadas sin querer oír –quizá sin poder hablar– de Auschwitz y ahora no paran. Para entender el auto de Garzón hay que relacionar más derecho con justicia, dos campos que se administran de manera autónoma, pero que no pueden estar unidos por la espalda como hermanos siameses.
No se explica la conmoción de esta iniciativa jurídica sin un caldo de cultivo social que valora la memoria más que al olvido y a las víctimas, más que a los héroes. Son signos de los tiempos. La argumentación de Garzón es incomprensible sin la presión del sentimiento moral, que se ha apoderado de la sociedad contemporánea, sobre el Derecho. Por eso los juristas no pueden apropiarse del asunto, ni pretender tener la última palabra.
Esa bivalencia del auto explica su fuerza y su debilidad. Su fuerza reside en las implicaciones que encierra la memoria de las víctimas. Por ese camino, en efecto, se llega a recalificar la estrategia exterminadora de los sublevados como posible crimen contra la humanidad y, si lo fue, a reconocerlo imprescriptible y, por tanto, a la legitimación de un proceso que quiera acabar con un largo silencio “que no sólo ha otorgado de facto la extinción de la responsabilidad penal, sino la impunidad”.
Pero también tiene una debilidad. El auto del juez tiene por objetivo el castigo de los culpable, por eso cuando invoca el derecho de las víctimas, lo hace para que “el Estado a través de los tribunales de justicia, juzgue a los transgresores”. Pero por ahí no va la justicia de las víctimas. La reflexión moral que se ha hecho en torno a Auschwitz tiene muy claro que lo importante no es el castigo al culpable sino la reparación del daño a las víctimas y en la medida en que ese daño es irreparable, en memoria de lo irreparable.
Esta matización tiene su importancia porque si lo importante del derecho de las víctimas es la memoria de la injusticia sufrida y no, en primer lugar, el castigo al culpable, la memoria de las víctimas está de acuerdo con el espíritu de concordia de la transición. Lo criticable de la transición no es la voluntad de concordia, sino su olvido, entendiendo por tal la nula importancia política que entonces dimos a las víctimas. Hemos vivido la democracia como una genial creación ex nihilo. Desde el punto de vista ético, la memoria es un momento necesario de la reconciliación.

SI NOS ATENEMOS a la significación moral de la memoria, tenemos que abandonar la idea del enfrentamiento de unas víctimas contra otras. Lo que se opone a memoria es olvido, esto es, construir la historia sobre el sufrimiento ajeno sin que eso nos sobresalte. Quien se indigne moralmente en un caso, se indignará siempre, combatiendo, a partir de se momento, por una política sin violencia. Recordar la culpabilidad de los golpistas de 1936 y de los dirigentes, hasta 1952, con los desaparecidos, tiene que llevarnos a reconocer la de quienes asesinaron a inocentes del otro bando, que los hubo. Y eso independientemente de que juzguemos la rebelión de los “nacionales” como un golpe de Estado contra un poder legítimo.
Richard von Weizsäker, presidente de la República Federal de Alemania, tardó décadas en reconocer la responsabilidad colectiva del pueblo alemán. La justicia transicional necesita tiempo. Los daños son de tal envergadura y las culpas tan hondas que tiene que haber un cambio generacional para que descubramos la deuda de las generaciones presentes con las pasadas.
En Alemania, esa elaboración del pasado culpable ha llevado a repensar la identidad nacional en términos de responsabilidad colectiva. El orgullo nacional por pertenecer a una gran historia ha dejado paso a unos relatos compasivos, lejos de todo ese triunfalismo y victimismo que alimenta los nacionalismos. Esa es una tarea que está pendiente en España. Ningún heredero de la contienda debería sacar pecho de la iniciativa de Garzón porque lo que nos pone ante los ojos es una inmensa responsabilidad colectiva.