Más allá de la política industrial

Más allá de la política industrial
melitas/Getty Images

Estados Unidos (re)descubrió la política industrial. Según la estrategia de seguridad nacional del presidente Joe Biden, su gobierno considera que la «estrategia industrial y de innovación moderna» es el eje de la economía del futuro. Se trata de una política económica, una filosofía comercial y una estrategia política centradas tanto en fabricar como en vender, en producir como en comprar, y en la dignidad como en la eficiencia.

Como base para un cambio hacia una economía y una sociedad posneoliberales, este marco de política tiene potencial, especialmente por su énfasis en la inversión pública estratégica. Pero para cubrir todo el espectro de desafíos que enfrentan los estadounidenses debe ir más allá y abrazar nuevas formas de fabricar bienes y proveer servicios que enfaticen el valor de las relaciones y las economías locales saludables.

Como sugiere su nombre, la política industrial surge de una era en que el término «industria» era sinónimo de la fabricación a escala mediante la producción masiva. El economista de la Universidad de Harvard Dani Rodrik describe a la política industrial contemporánea como la ilustración de una nueva doctrina de «productivismo», con énfasis en buenos empleos y buenos salarios distribuidos «en todas las regiones y todos los segmentos de la fuerza de trabajo». A diferencia del neoliberalismo, el productivista no reconoce el papel fundamental del gobierno y la sociedad civil para la creación de empleos; a diferencia del keynesianismo, se centra en medidas del lado de la oferta que permitirían a los trabajadores producir su propio sustento en vez de depender de la redistribución y las transferencias sociales.

Los logros legislativos emblemáticos de Biden, la Ley de Semiconductores y Ciencia, o CHIPS, y la Ley de Reducción de la Inflación, que incluyen gran cantidad de cláusulas de «compra local», ciertamente se ajustan a esta descripción. Del mismo modo, gracias a la Ley (bipartidista) de Empleos e Inversión en Infraestructura, sancionada por Biden en noviembre de 2021, ya se desplegaron cuadrillas de construcción en carreteras y puentes de todos los estados, y esta ley promete crear una gran cantidad de empleos para ampliar el acceso a la banda ancha.

La política industrial del gobierno se centra en invertir intensamente en la producción local de energía y las manufacturas, con énfasis en algunos sectores —como el de los semiconductores, la informática avanzada y las biotecnologías— que prometen crear buenos puestos de trabajo para trabajadores cada vez más educados y bien remunerados. Si somos realistas, de todas formas, toda la industria manufacturera dependerá del aumento sostenido de la automatización impulsada por la inteligencia artificial, que amenaza con dejar de lado a millones de trabajadores en el largo plazo.

Hace falta un cambio más radical. Necesitamos un paradigma económico y social que incorpore el valor de las relaciones interpersonales y procure aprovechar nuestra capacidad para ayudarnos a prosperar los unos a los otros. Ese enfoque abrazaría la producción, pero insistiría en que los trabajadores estén conectados entre sí, con aquello que producen y con el ecosistema más amplio del que todos dependemos. En línea con el marco de la economía del dónut propuesto por la economista británica Kate Raworth, reconocería que la prosperidad depende de nuestra capacidad para cuidarnos a nosotros mismos, los unos a los otros, y a la Tierra, mediante políticas que «satisfagan las necesidades de la gente dentro de las posibilidades del planeta».

Ese enfoque también procuraría reinventar la economía de servicios. La meta sería generar una gran expansión del empleo del cuidado —que depende de la naturaleza y calidad de nuestras relaciones— para incluir todas formas de interacción humana concebibles que producen salud y bienestar en todas las etapas de la vida, entre ellas, la educación, el coaching, las terapias, la mentoría, la capacitación y la orientación.

Sin embargo, primero debemos examinar los supuestos que dieron forma a nuestros antiguos paradigmas de política económica, partiendo de la naturaleza humana. Los marcos de política anteriores nos concebían como homo economicus, en busca de nuestro beneficio a través del cálculo racional y la competencia. Pero la biología, la sociología, la antropología y la psicología nos han mostrado que los seres humanos, además de la agencia individual, necesitamos conectarnos y pertenecer. Es más probable que alcancemos nuestras metas personales cuando fomentamos las relaciones saludables y de apoyo.

El énfasis del neoliberalismo en el individualismo por sobre el mutualismo ha implicado un gran costo social. Como señaló el director general de sanidad de EE. UU., Vivek Murthy, el país está sumido en una epidemia de soledad: el 60 % de los estadounidenses y el 75 % de los jóvenes del país se sienten socialmente aislados. Resulta que para encontrar la felicidad, los humanos necesitamos tanto del cuidado y la comunidad como de la libertad para tomar nuestras propias decisiones.

A través de esta lente, la nueva generación de políticas industriales descansa sobre cimientos filosóficos erróneos. Aunque enfatiza las prioridades del desarrollo local y regional, continúa basándose en la lógica de la competencia entre estados, localidades y entidades. Además, estos marcos de política emergentes aún perciben a la prosperidad como función del crecimiento económico. Un mejor enfoque, especialmente para el desarrollo económico regional, consideraría al bienestar como un fin en sí mismo más que como un subproducto del aumento de la producción.

Hay experimentos en curso que destacan los beneficios potenciales de un marco económico basado en la conexión, la comunidad, el cuidado y la participación. La organización Industrial Commons de Morganton, Carolina del Norte, por ejemplo, promueve un ecosistema de producción textil regional mediante una red integrada de cooperativas industriales cuyos dueños son los propios empleados, que usan tecnologías de última generación para reducir los residuos. Para lograr la prosperidad local a largo plazo, la organización planea desarrollos inmobiliarios de viviendas de los trabajadores, cooperativas sociales y un «espacio de fabricantes» comunitario.

Otro experimento que combina la tecnología innovadora con la comunidad, el cuidado y la participación es la Iniciativa para el Desarrollo Cooperativo del Bronx, que creó una red de organizaciones comunitarias y laborales, pilares institucionales y pequeñas empresas centrada en la innovación en tecnologías de fabricación digital. Las organizaciones regionales sin fines de lucro y a cargo de las comunidades, como el Good Work Institute de Hudson Valley, Nueva York, insisten en que existe «una forma diferente» basada en «el cuidado y la conexión, y la sabia defensa de los recursos que compartimos».

Estos esfuerzos ilustran una corriente más amplia. Tal vez no se asemejen mucho a las fábricas de alta tecnología que imagina la nueva política industrial de Biden, pero estas iniciativas locales están creando modelos económicos que se basan menos en la producción masiva que en la conexión personalizada, multiplicada mediante redes. El marco de políticas que necesitamos debiera fomentar una economía que apoye a las industrias del florecimiento humano en un planeta saludable.

Anne-Marie Slaughter, a former director of policy planning in the US State Department, is CEO of the think tank New America, Professor Emerita of Politics and International Affairs at Princeton University, and the author of Renewal: From Crisis to Transformation in Our Lives, Work, and Politics (Princeton University Press, 2021). Elizabeth Garlow is a senior fellow at the New Practice Lab at New America. Traducción al español por Ant-Translation.

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