Más allá del enfrentamiento

Por Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (EL PAIS, 22/03/03):

Las circunstancias de la segunda guerra del Golfo son el producto de dos lógicas contradictorias. En primer lugar, la de los neoconservadores estadounidenses, cuya formulación más sintética se encuentra en la doctrina de la acción preventiva. Esta se asemeja al “principio de precaución” al que los europeos, en planos diferentes, están tan apegados: en última instancia, el Gobierno estadounidense justifica la guerra no por una amenaza que Sadam ejerce en la actualidad, sino por las que con el tiempo pueda ejercer contra el propio Estados Unidos, unas amenazas virtuales que ningún régimen de inspecciones podría eliminar. En segundo lugar, la lógica internacionalista, a la que Francia ha dado su voz. París ha creído o ha hecho creer que la guerra podía evitarse con un régimen de inspecciones suficientemente firme. Cada uno ha fingido entrar en la lógica del otro y ambos bandos han considerado la resolución 1.441 como una victoria propia, ocultando en un primer momento unas interpretaciones divergentes.

Los estadounidenses han pretendido que querían evitar la guerra y que sólo dependía de que Sadam se sometiera “a la voluntad de la ONU”. Los franceses han afirmado que los despliegues estadounidenses habían logrado su objetivo ya que, gracias a ellos, Irak había empezado a desarmarse de forma efectiva. En definitiva, un verdadero-falso diálogo de sordos. La sorpresa a lo largo de este interminable baile diplomático han sido las opiniones públicas de todo el mundo. Hemos visto formarse y crecer un verdadero frente contra EE UU, que se explica a posteriori por dos razones complementarias. La primera es un fuerte resentimiento contra George W. Bush, cuya arrogancia, durante los primeros meses de su presidencia, se ha manifestado en todos los ámbitos de su política exterior. La segunda, más profunda, es el rechazo casi universal a una hegemonía estadounidense.

En EE UU, la opinión pública ha oscilado como un péndulo. Primero, pareció reacia a un compromiso unilateral contra Sadam. Pero los estadounidenses son patriotas. Siguen conmocionados por el 11-S y han terminado por considerar la discrepancia dentro de la ONU como un combate anti-estadounidense, lo que les moviliza en torno a su presidente. En un principio, toda esta evolución no era nada evidente. Todavía hace poco, muchos observadores preveían o esperaban un compromiso entre EE UU y Francia. Pero los dos presidentes, llevados por su lógica, por el impulso de las pasiones o de las ilusiones, cada cual con su temperamento y su entorno, han seguido trayectorias divergentes. Las armas decidirán. Irak es un país exangüe e impotente. La superioridad estadounidense es todavía más aplastante que en 1991. Pueden producirse unos espasmos terribles, pero la hipótesis más verosímil -algunos responsables franceses parecen tener una opinión diferente- es que la guerra será breve y decisiva. En cualquier caso, Washington ha apostado por ello. Las dificultades no dejarán de surgir, pero más tarde. Gane Bush su apuesta o la pierda, de aquí a unas semanas, la escena internacional será diferente. En el plano diplomático, los anglosajones ya han dejado ver el sentido de su estrategia de comunicación. Francia será el chivo expiatorio. Será designada responsable del fracaso de la ONU pese a que no haya podido ejercer de manera efectiva su derecho de veto. Fracaso no quiere decir quiebra porque, pese a todas las vicisitudes, el mundo necesita a la ONU. En las Azores, Bush fue muy prudente respecto a este punto.

No obstante, en un primer momento EE UU maniobrará para evitar cualquier nuevo enfrentamiento en el Consejo de Seguridad. Procurará formar coaliciones ad hoc. A la espera de un reequilibrio del sistema, se verá tentado de aprovechar cualquier ocasión para marginar, rebajar, incluso humillar a todo aquel que ose cruzarse en su camino. Para la diplomacia francesa, el nuevo periodo será muy delicado porque los países que a lo largo de la crisis se han parapetado detrás suyo seguirán su propio juego. La cuestión de la Alianza Atlántica está planteada desde la caída de la URSS. Su desaparición no es probable, porque EE UU la necesita para “controlar” a Europa y una mayoría de Estados europeos consideran a EE UU el garante último de su seguridad. Alemania aprovechará la primera oportunidad para reestablecer los lazos con la superpotencia. Tarde o temprano, Washington le tenderá la mano, no sin segundas intenciones hacia Francia. En cuanto a la Unión Europea, no habrá desempeñado ningún papel durante la crisis iraquí.

Ninguno de los actores principales ha tratado de implicarla como tal. Han juzgado que todo intento en ese sentido hubiese resultado vano. Los próximos meses se anuncian difíciles. La Convención que preside Valéry Giscard d’Estaing -para la reforma de las instituciones de la Unión- tiene grandes posibilidades de chocar, incluso de descarrilar, ante el punto central de la política exterior y de seguridad común. Y afirmar que la ampliación a 25 miembros en ausencia de un marco institucional apropiado sería peligroso es quedarse corto. Pero si, por una u otra razón (se pueden contemplar varias), la ampliación fuera aplazada a una fecha posterior -lo que, en teoría, podría parecer sensato-, el riesgo de una división insalvable sería enorme. A todas luces, un fracaso de la apuesta estadounidense en Irak aumentaría la confusión y, por muy críticos que seamos con el presidente Bush, no es deseable. Por otro lado, resulta imposible descartar la hipótesis de una oleada terrorista consecutiva a la nueva guerra en Irak. Sea como fuere, incluso en el caso optimista de una victoria rápida con los mínimos daños colaterales, la reorganización de Oriente Próximo será una cuestión extraordinariamente compleja. Además, la Casa Blanca parece haber comprendido que no puede permitirse aplazar eternamente la cuestión israelo-palestina.

Más allá de Oriente Próximo, Washington se verá obligado rápidamente a dedicarse de lleno a la cuestión norcoreana. Si añadimos que EE UU entra pronto en campaña electoral, imaginamos que el presidente Bush tendrá otras cosas que hacer aparte de dirigir una campaña activa contra Francia. Por su parte, el presidente de la República francesa se ha esforzado en restar importancia al alcance de la crisis franco-estadounidense. Si las palabras tienen algún sentido, esto significa que la hora de la diplomacia efectista ha acabado. De todos modos, a largo plazo, la mejor baza de la política exterior francesa radica en su capacidad de reforma económica y social, porque es inútil apostar únicamente por los milagros del poder “moral”, el soft power. El actual quinquenio de Chirac será juzgado por sus reformas. En lo inmediato, tendremos que participar, con paciencia y modestia, en la reconstrucción del rompecabezas internacional. Si ésa es realmente la intención de Francia, Washington tendrá que entrar también en el juego, porque los halcones harán pagar más cara la victoria cuanto más espectacular sea. Éstos quieren “castigarnos”. Ya conocemos el plazo para iniciar una posible reconciliación: dentro de poco más de dos meses, en Evian, con motivo del G-8. Entonces, el mundo ya no será exactamente el mismo.

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