Más allá del pacifismo

Por Edgar Morin, sociólogo francés (EL PAIS, 25/03/03):

La historia de la humanidad comenzó hace ocho milenios. Se puso en movimiento con el desarrollo de los Estados, impulsados por una megalomanía dominadora que determinaba la sed de gloria de sus soberanos y la sed de sangre de sus dioses. La historia nace de la guerra y da nacimiento a la guerra. Contempla el desarrollo de las civilizaciones; cada una aporta sus artes, sus técnicas, sus mitos y sus obras maestras. Pero también contempla el naufragio de estas civilizaciones, con la pérdida de bienes y personas en innumerables Titanic históricos. La historia ha actualizado el potencial racional, técnico, económico, imaginario, estético, creador, lúdico y poético, pero también la locura y la desmesura del Homo sapiens-demens.

Las guerras tomaron un nuevo rumbo a partir de la revolución industrial, que multiplicó el poder mortífero del armamento. Los Estados, convertidos en dueños de formidables megamáquinas sociales, pasaron a utilizar armas cada vez más masivamente mortíferas. La Primera Guerra Mundial provocó hecatombes sin precedentes, afectó a poblaciones civiles y se convirtió en una guerra total. La Segunda Guerra Mundial multiplicó por 10 la eficacia de las armas de destrucción, aniquiló a millones de civiles mediante bombardeos y deportaciones y culminó con los hongos fúnebres de Hiroshima y Nagasaki. La civilización científico-técnica-militar pasó a ser capaz de aniquilar a la humanidad, es decir, de aniquilarse a sí misma.

El pacifismo moderno nació como reacción de horror a la Primera Guerra Mundial. Se desintegró bajo la ocupación nazi, ya que su lógica condujo a la paradoja de la colaboración con la guerra hitleriana y, en muchas personas, entre ellas el autor de estas líneas, dio lugar a la Resistencia, es decir, a la entrada en un campo de guerra. No obstante, la amenaza nuclear tras Hiroshima hizo renacer el pacifismo. Pero, en cuanto la URSS se hizo con el arma atómica, el Movimiento por la Paz, manipulado por la URSS (que prohibía dentro sus fronteras toda discordia pacifista) siguió centrándose en el armamento occidental. Lo que llevó a François Mitterrand a decir acertadamente: “Los pacifistas están en el Oeste, y los misiles, en el Este”.

La guerra de Vietnam y las guerras de liberación colonial dieron nacimiento en los países colonizadores a una oposición a las guerras represivas. En Estados Unidos, el movimiento pacifista idealizó al Vietminh, ignoró el sistema totalitario que instauraba y se encontró a contrapié cuando Vietnam invadió Camboya. Pese a su enfermedad infantil prosoviética, el pacifismo posterior a Hiroshima atestiguaba la conciencia del paso a una amenaza global contra la humanidad. El pacifismo contra la guerra de Vietnam, pese a su carácter equívoco, mostraba que en los países colonizadores se había formado una conciencia universalista del derecho de los pueblos y reclamaba a Occidente que rompiese con su pasado hegemónico. Sin embargo, no hubo un movimiento civil global a favor de la eliminación de todas las armas de destrucción masiva, empezando por las nucleares.

Las recientes manifestaciones han formado una coalición heteróclita integrada por un pacifismo absoluto, un antiamericanismo que es la última herencia del prospectivismo muerto, un pacifismo motivado contra una desvergüenza e imprudencia belicosa y, por último, un pacifismo que revela las necesidades vitales de la era planetaria. En efecto, en el levantamiento pacífico hay en parte una reacción contra la desvergüenza de una caza a Bin Laden que se transforma por arte de magia en una caza a Sadam Husein, una reacción contra la inutilidad de los argumentos sobre el peligro iraquí, contra la ocultación de los verdaderos objetivos, básicamente estratégicos y petrolíferos, que están dirigidos a controlar Oriente Próximo. Más aún, hay una reacción contra la política hegemónica casi imperial de EE UU, decidida a garantizar el orden mundial incluso sin el acuerdo de Naciones Unidas. También hay en parte una reacción contra la imprudencia de una intervención en el centro de la zona sísmica del planeta. Una guerra contra Irak no puede quedar circunscrita; es una operación de aprendiz de brujo que puede desencadenar una reacción en cadena catastrófica.

A mi modo de ver, tras las imponentes manifestaciones recientes en Europa, en EE UU y en Australia, es decir, en el propio mundo occidental, está el sentimiento subyacente de una amenaza apocalíptica. No se trata en absoluto de salvar a Sadam Husein. Se trata de una reacción contra un círculo vicioso de odio y de terror ya en actividad de forma abominable en la relación entre Israel y Palestina. Además, la situación actual lleva en sí un mensaje todavía no formulado: la guerra, hija de la historia y madre de la historia, ha llegado al punto fatal en el que corre el riesgo de hacer zozobrar la historia. Esta reevaluación cobra sentido, no sólo porque el propio desarrollo de la historia -que se ha vuelto planetaria- conduce al abismo, sino porque nos conduce al mismo tiempo a los prolegómenos de una poshistoria posible. La última etapa de la mundialización, iniciada en 1990, ha producido las infraestructuras tecnoeconómicas de una sociedad-mundo. Pero es incapaz de instaurar las estructuras y desencadena un caos que la vuelve muy improbable.Estamos, pues, ante la paradoja de nuestro tercer milenio: contamos ya con la posibilidad de salir de la historia por arriba, es decir, accediendo a una sociedad-mundo que supera los Estados y sus conflictos e instaura, no un Gobierno, sino un timón mundial a partir de instancias de decisión relativas a los problemas vitales del planeta. Pero, al mismo tiempo, las naciones no son capaces de instaurar el poder supranacional que limitaría su soberanía; Naciones Unidas se ve impotente para constituir la fuerza de gobierno mundial que permitiría dejar atrás la era de las guerras superando la era de la soberanía absoluta de los Estados nacionales. Pero estamos ante una alternativa: o la ONU logra asumir su papel de pacificación planetaria o la vía quedará libre para la dominación de un nuevo Imperio que aspire hoy a hacerse cargo de la sociedad-mundo. Reformar la ONU se ha convertido en una importante exigencia para la humanidad.

La alternativa va a volverse cada vez más acuciante; o salir de la historia por arriba o dejarse engullir por los últimos coletazos de la historia. En ese caso, saldríamos de la historia por abajo. Tenemos un presagio de ello en la película Mad Max, donde se desencadena una barbarie formidable de todos contra todos utilizando los restos y desperdicios de la civilización técnica. La idea de “salir de la historia” parece utópica. Pero, ¿acaso no salió la humanidad de la prehistoria hace varios miles de años? Salir de la historia no significa inmovilizarse. Significa continuar la evolución, pero siguiendo otras normas y en un metanivel. Así, la evolución de las sociedades humanas continuó la evolución biológica, pero siguiendo otras normas y en un metanivel… Y la era planetaria produce las condiciones para una metaevolución. Todo esto ocurre bajo la sombra de la muerte. La crisis planetaria se intensifica. Pero sabemos que tener conciencia del peligro puede prevenirlo si, claro está, no llega demasiado tarde. Y es en la crisis cuando pueden surgir y activarse las potencias generadoras y regeneradoras que están insertadas, inhibidas y dormidas en cada ser humano, en cada sociedad y en toda la humanidad.

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