Más de 7.500… y creciendo

Durante la mayor parte de la historia el ritmo de crecimiento de la población mundial ha sido muy lento. Hasta principios del siglo XIX no se alcanzaron los 1.000 millones y fueron necesarios 125 años más para llegar a los 2.000 millones. Pero durante el último medio siglo la población mundial ha entrado en un periodo de crecimiento acelerado, aumentando de 3.000 a más de 7.500 millones. El ritmo de crecimiento es tal que en el momento de escribir estas líneas somos casi 47 millones de almas más que a finales del año pasado (resultado de contabilizar alrededor de 77 millones de nacimientos y cerca de 30 millones de defunciones). Y las últimas proyecciones de Naciones Unidas hablan de que la población mundial seguirá creciendo a lo largo de este siglo, alcanzando los 9.300 millones en el 2050 y los 10.100 millones en el 2100, aunque, obviamente, estas proyecciones presentan un considerable nivel de incertidumbre.

Según Naciones Unidas, India, con 1.690 millones de habitantes será en el 2050 el país más poblado del mundo, desplazando a China, con 1.390 millones, al segundo lugar del ‘ranking’. Otro dato interesante es que los países en desarrollo aglutinarán en el 2050 al 86% de la población mundial, absorbiendo el 97% de todo el incremento de la población previsto hasta el 2050. Por esta última fecha, Asia seguirá siendo la región más poblada, con un 55% del total, aunque África será la que habrá experimentado un crecimiento más rápido, albergando el 24% de la población mundial en el 2050.

Asimismo, las previsiones nos dicen que a mediados de este siglo el 69% de la población mundial se concentrará en áreas urbanas y que en los países desarrollados la relación entre población en edad de trabajar y la que no lo está habrá caído de forma alarmante.

El panorama descrito suscita inmediatamente la vieja cuestión de si el crecimiento demográfico nos empobrecerá o no. Una cuestión sobre la que no existe acuerdo. La polémica se inicia a finales del siglo XVIII con Thomas Malthus, quien pronosticó que, como consecuencia de un crecimiento de la población más rápido que el de la producción de alimentos, la miseria y la pobreza serían un destino inevitable para los humanos. Un punto de vista que volvió a popularizarse en 1968, tras un trabajo de Paul R. Ehrlich (‘The population bomb’).

Sin embargo, en contraposición a estas visiones pesimistas, otros estudiosos han defendido que la escasez de recursos asociada a un aumento demográfico estimula el ingenio humano, propiciando avances tecnológicos y cambios institucionales que impulsan un rápido incremento en la producción de alimentos y del nivel de vida. Y, junto a estas dos visiones extremas, también tenemos otra más escéptica, que defiende que no puede demostrase la existencia de una relación consistente, positiva o negativa, entre crecimiento demográfico y crecimiento económico.

En cualquier caso, sabemos que el centro de gravedad de la demografía mundial seguirá desplazándose desde los países ricos a los menos desarrollados y que muchos de estos se enfrentan a retos sin precedentes en lo que respecta al suministro y distribución de alimentos, agua, vivienda y energía. El crecimiento de la población también suscita muchas inquietudes en temas como la degradación medioambiental y el cambio climático, ya que la creciente demanda de recursos y el aumento de los desechos resultantes de su uso suponen un gran impacto sobre un ecosistema complejo que se encuentra en un estado cada vez más delicado.

Al mismo tiempo, la aceleración del ritmo de envejecimiento de la población en los países industrializados (y en no pocos países en desarrollo) puede crear nuevos desafíos en los ámbitos del crecimiento económico, la seguridad financiera y la viabilidad del denominado Estado del bienestar en facetas tan importantes como la sanidad, educación y el sistema de pensiones. Y el panorama mundial se complica aún más si tenemos en cuenta las incertidumbres actualmente existentes en torno a las pandemias, las guerras, la emigración, nuestra capacidad para la cooperación global, etc.

Sin duda, el crecimiento de la población también creará nuevas oportunidades. Pero la concreción de estas implica la toma de decisiones políticas para moldear la demografía y prevenir o aprovechar aquellas tendencias razonablemente más previsibles. Prestar atención a los indicadores demográficos y actuar de manera proactiva sobre sus causas y consecuencias resultará fundamental para asegurar el bienestar humano.

Mariano Marzo, Catedrático de Recursos Energéticos. Facultad de Geología (UB).

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