Más de lo mismo

Por Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (EL PAÍS, 12/01/07):

¿Esto era todo? El envío de un 15% más de tropas y algo más de 900 millones de euros adicionales para la reconstrucción y la creación de empleo. ¿Puede esta decisión del presidente George W. Bush ser considerada como una nueva estrategia en Irak, que va a mejorar la deplorable situación de inseguridad y subdesarrollo derivada de los casi cuatro años de conflicto? La cuidada presentación del plan no logra ocultar unas deficiencias y debilidades que sólo el tiempo se encargará de confirmar.

– No es una estrategia, sino un gesto político que busca mantener el rumbo hasta llegar a las elecciones presidenciales de 2008. Se trata de mostrar firmeza, de no abandonar la pieza que se persigue desde hace años: la consolidación de la presencia estadounidense, con regímenes manejables, para asegurar el control estratégico de sus reservas energéticas. La salida del país no es una opción, no porque ello pueda hacer más difícil la vida a los iraquíes, sino porque impediría dicho control (mientras Irán aumenta la apuesta para liderar la región).

– No sigue las recomendaciones del informe Baker-Hamilton (más esfuerzo económico y diálogo con Siria e Irán), sino las propuestas que había presentado el jefe de Estado Mayor el 13 de diciembre: incremento de tropas; concentración del esfuerzo militar en la destrucción de las milicias chiíes en Bagdad (16.000 de los nuevos efectivos serán dedicados a incrementar esa capacidad) y ofensiva sostenida contra las milicias suníes que operan en la provincia de Anbar (a donde serán destinados los restantes efectivos ahora movilizados).

– No es creíble, como pretende Bush, que las Fuerzas Armadas iraquíes asuman eficazmente la seguridad para noviembre. De momento sólo gestionan tres de las 18 provincias y nada indica que su operatividad se vaya a ver incrementada hasta ese punto. El problema no es tanto su preparación, muy limitada, como el grado de infiltración por insurgentes, su adscripción tribal-étnica-religiosa por encima de la obediencia a unos gobernantes nacionales cuestionados.

– No es un plan militar sólido. El despliegue será progresivo. Se movilizarán de inmediato dos brigadas (estacionadas en Kuwait) y posteriormente, en un plazo no anunciado, se irán sumando más tropas hasta completar el número previsto. Esto augura que el impacto militar sobre el terreno será limitado, insuficiente para modificar la situación. Washington tiene desplegados en Irak 40.000 soldados (los que asumen en la práctica tarea de combate y de seguridad), mientras que los casi 100.000 restantes están dedicados a misiones de protección de la fuerza, logísticas y de apoyo, así como de instrucción de las fuerzas iraquíes. En estas condiciones, y aunque se sostiene que las nuevas tropas serán empleadas en cometidos de combate, la conclusión final sigue siendo la misma.

Para evaluar este volumen adicional de tropas hay que considerar, en primer lugar, que las estimaciones de fuerza de las principales milicias chiíes (Ejército del Mahdi y Organización Báder) se elevan a 50.000 y 10.000 miembros, respectivamente. Si a esto se suman los cerca de 20 grupos menores, incluyendo a los suníes y los yihadistas, y al conjunto de una población que muestra un rechazo a la presencia extranjera, es difícil imaginar cómo podrán imponerse las unidades estadounidenses en una lucha contrainsurgente que se desarrolla en las calles de la capital.

– No basta con quebrar la insurgencia en Bagdad. Todo se hace depender del hipotético éxito de la operación en la capital, ¿y si se cosecha otro fracaso? La operación Forward Together concentró en 2005 a 60.000 efectivos, entre tropas estadounidenses e iraquíes, y los resultados no fueron positivos. Aun en el caso de que se logre un éxito en Bagdad, sería prematuro interpretarlo como una victoria.

– El aumento de tropas anunciado no puede ser adecuado para el tipo de combate urbano que se prevé. Cuando los manuales al uso cifran como ideal el despliegue de unos 20 soldados por cada 1.000 habitantes, resulta ilusorio imaginar que se vaya a lograr en esta ocasión ese nivel de concentración de fuerzas durante meses. Tal vez interesa refrescar la memoria sobre las reiteradas peticiones -rechazadas por el ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld- de llegar a los 250.000 soldados, que deberían ser acompañados por otros 200.000 iraquíes, para garantizar un efectivo control de la situación, una vez que terminó la fase de invasión y comenzó la de ocupación. Sin esos efectivos -es irreal suponer que Bush decida algo similar con un despliegue cerca de su límite máximo y que Al Maliki consiga un ejército de ese tamaño a corto plazo- el objetivo parece imposible.

En definitiva, no estamos ante una estrategia de victoria, sino ante una medida previsible y continuista que trata de ganar tiempo. Bush tiene en contra a muchos iraquíes, a su propia población (61%, según Gallup), a los demócratas (con Edward Kennedy empeñado en bloquear la aprobación de fondos) y a relevantes mandos militares. Por si fuera poco, conviene insistir en que la fuerza militar no es la vía para resolver los errores cometidos en Irak por quienes en su día decidieron, entre manipulaciones y equivocaciones estratégicas, desmantelar el Ejército iraquí. Hoy son esos mismos los que pretenden evitar que el país se fragmente sin remedio, sin entender que su propia estrategia ha contribuido de modo muy significativo a tensar aún más las rivalidades internas y a estimular la injerencia de algunos vecinos. Malos tiempos para la esperanza.