Más Extremadura, más España y más Europa

Quizá por los momentos de dificultades económicas que estamos atravesando, quizá por el ancestral sentimiento de la vida que conlleva ser español, somos dados a imaginar soluciones drásticas o a realizar pronunciamientos que se alejan de una racionalidad aconsejable, con frecuencia alejados del sentido común. Poner en entredicho el Estado de las Autonomías me parece una salida fuera de tono y de prudencia, cuando gracias a ella hemos conseguido unos logros que ni soñarlo pudiéramos hace 30, 50 o 100 años. ¿O es que nuestra memoria, tan caprichosa, quiere volverse amnésica? Por supuesto que no hemos solucionado todos los problemas, y que la primera reacción es replegarse ante la adversidad y mirarse el ombligo. Pero precisamente en los tiempos de dificultades es cuando se mide la capacidad de reacción de los pueblos y de sus dirigentes. Pero que nadie olvide el precio que tuvieron que pagar algunos pueblos de España hasta que llegó nuestra Constitución, con una emigración de la mitad de su población y unas tasas de analfabetismo que hoy deberían sonrojar a quienes culpan a las autonomías de todos los males. A algunos les salió muy caro el centralismo.

Otra cuestión son los ajustes, que toda organización, toda maquinaria, precisa. Y la España de las autonomías también. Algunos de ellos, imprescindibles para seguir progresando y compartiendo la prosperidad. Desde hace tiempo, antes de que nos estallase la tan mencionada crisis financiera, inmobiliaria y de valores, desde Extremadura veníamos reclamando una mayor coordinación entre los gobiernos de las distintas autonomías y pedimos una conferencia de presidentes autonómicos para ver precisamente cómo ajustar todos esos aspectos que estaban haciendo percibir a la ciudadanía que lo que había sido tan positivo empezaba a generar dificultades a la libre circulación de personas o a la unidad de mercado; al igual que una reforma del Senado como auténtica cámara de representación territorial. Y no estábamos insinuando una cesión o disminución de competencias, sino una coordinación efectiva desde los principios de austeridad, equidad y cohesión territorial. Por poner ejemplos sencillos, que ya expusimos en momentos pretéritos, los calendarios de vacunación infantil deberían ser comunes para toda España; o los permisos de caza o de pesca, o las tarjetas sanitarias… O la puesta en marcha de nuevos servicios sanitarios o de nuevas titulaciones universitarias se podrían hacer en común entre dos o varias comunidades autónomas. Se trataría, en suma, de homogeneizar y simplificar para ganar en efectividad y servir mejor al ciudadano, que es en definitiva el objetivo de toda acción de gobierno. O lo que es lo mismo, quedarnos con todo lo bueno de la España de las autonomías y eliminar las hierbas nocivas que obstaculizan su desarrollo y crecimiento.

Hay cuestiones que pueden y deben estar «centralizadas» (término que al parecer ahora causa pasión a unos y rechazo a otros) porque nos pertenecen a todos, nos identifican como pueblo y garantizan la cohesión en todo el territorio. Hablo de la energía, del agua, de las grandes infraestructuras. Más Extremadura a costa de menos España acabaría significando menos Extremadura también. Por eso en nuestra reforma estatutaria hemos elegido que la carta de derechos y deberes sea la que marca la Constitución para todos los españoles. Y no para dar lecciones a nadie ni de nada, sino para ser coherentes con lo que venimos defendiendo hace ya muchos años. España es un gran país precisamente por su diversidad y su pluralidad, que cada uno puede vivir y sentir a su manera, pero derechos y deberes son la esencia de la convivencia.

Pero es que, además, la tan socorrida globalización nos recuerda de forma constante que, en el mundo tan competitivo actual, o luchamos con una marca potente o seremos engullidos de forma inmisericorde. De cara al exterior, por tanto, la marca España, la de todos sin exclusiones, debe ser el paraguas en el que nos cobijemos todos, porque esa es nuestra fortaleza mayor. España, además de la nación y del estado social y democrático que es y que quedó definido en la Constitución, puede ser un sentimiento de distinta intensidad. Pero en el mundo de hoy la realidad es tozuda.

Sucede lo mismo con la Unión Europea. Todo iba muy bien hasta que la crisis económica mundial hizo tambalearse la confianza que los ciudadanos del Viejo Continente teníamos depositada en Europa. De pronto, los ataques a distintas economías nacionales hicieron peligrar a la propia moneda, el euro, que considerábamos una salvaguarda frente a los altibajos y vaivenes de los mercados financieros. Y dentro de los desajustes producidos por el aumento a 27 países miembros, con sus tradiciones, culturas, lenguas y vivencias distintas, volvieron a surgir las voces disonantes en algunas naciones, como si la solución pudiera salir desde cada trocito de Europa sin tener en cuenta al resto. Verdad es que el camino está a la mitad de su recorrido y que a la unión monetaria no le sucedió la unión económica, y que cuando sobrevino la crisis cada país tomó sus propias medidas acordes a sus respectivas economías locales. Todo ello ha puesto en evidencia, una vez más, que en la globalización de los mercados y en la pérdida de poder ante la emergencia de otros países, en especial del sudeste asiático, o actuamos unidos o tendremos más dificultades en el futuro. Es decir, necesitamos más Europa, puesto que los tiempos, sencillamente, han cambiado.

Todo ello comportará ceder parte de la toma de decisiones o, lo que es lo mismo, el antiguo concepto de «soberanía nacional», pero no significará en modo alguno la pérdida de las singularidades de cada estado. Se hace imprescindible profundizar en una mayor armonización fiscal y laboral en la UE. Solamente así serán verdad algunas de las cosas que decimos. Y ahí tendremos que pelear a cara de perro para defender determinadas conquistas sociales que no han sido el origen de la crisis, aunque algunos se empeñen en evidenciarlo.

La construcción de la Unión Europea empezó a fraguarse entre las dos grandes guerras mundiales y se consolidó tras la segunda, después de contabilizar millones de muertos. Y la memoria, tan quebradiza hoy en día, nos recuerda que nos iba la supervivencia y conseguimos que los padres fundadores, los líderes políticos de los años cincuenta del siglo pasado, llegasen a un acuerdo del que nacería lo que hoy nombramos como Unión Europea. Pero el mapa geopolítico ha cambiado, igual que cambió en la Edad Media y en la Moderna, y cambiará en la Espacial, sin que sepamos ahora mismo, con exactitud, cómo será.

Lo que nunca tendremos que perder —o ceder— son nuestras creencias, los valores en los que hemos fraguado nuestro desarrollo, porque ante la pujanza económica de los llamados países emergentes olvidamos con frecuencia aspectos como los de libertad, solidaridad, democracia… Y todo esto puede venirse abajo si dejamos que la economía nos domine de forma exclusiva y excluyente. Uno de los miembros de la Academia Europea de Yuste, el recordado Nobel de Literatura José Saramago, decía que si el poder real es el económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia.

Desde el Monasterio de Yuste, con motivo de la entrega del Premio Europeo Carlos V de la Fundación Academia Europea de Yuste a Javier Solana, queremos recordar que más España y más Europa nos hará más fuertes, sin que perdamos nuestras señas de identidad.

Por Guillermo Fernández Vara, presidente de la Junta de Extremadura.

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