Más guerra que paz

«Sólo los muertos han visto el fin de la guerra». La máxima de George Santayana parece especialmente apropiada en estos días en que el mundo árabe, desde Siria e Irak hasta Yemen y Libia, es una caldera de violencia; en que Afganistán está trabado en un combate con los talibán; en que zonas de África central están maldecidas por una competencia sangrienta -muchas veces de tipo étnica y religiosa- por los recursos minerales. Hasta la tranquilidad de Europa está en riesgo -prueba de ello es el conflicto separatista en el este de Ucrania, que antes del alto el fuego actual se había cobrado más de 6.000 vidas.

¿Qué explica este recurso al conflicto armado para solucionar los problemas del mundo? No hace mucho tiempo, la tendencia era hacia la paz, no hacia la guerra. En 1989, con el colapso del comunismo, Francis Fukuyama anunció «el fin de la historia», y dos años más tarde el presidente George W. Bush celebraba «un nuevo orden mundial» de cooperación entre las potencias del mundo.

En aquel momento, estaban en lo cierto. La Segunda Guerra Mundial, con una cantidad de bajas de por lo menos 55 millones de personas, había sido el punto culminante del salvajismo colectivo de la humanidad. Pero desde 1950 hasta 1989 -la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, hasta el fin de la Guerra Fría- el promedio de muertes por conflictos violentos fue de 180.000 por año. En los años 1990, el número cayó a 100.000 por año. Y, en la primera década de este siglo, se redujo aún más, a unas 55.000 bajas por año -la tasa más baja de cualquier década en los 100 años anteriores y el equivalente a apenas unas 1.000 por año para el «conflicto armado promedio».

Lamentablemente, como destaco en mi nuevo libro The World in Conflict (El mundo en conflicto), la tendencia ahora es hacia arriba. Considerando que tantas guerras de África, desde la República Democrática de Congo hasta el conflicto en Somalia, comenzaron hace décadas, la explicación reside en otra parte: en el mundo musulmán desde el norte de Nigeria hasta Afganistán y más allá.

Desde que estalló la guerra civil de Siria en 2011, la cantidad de muertes ha superado las 250.000, y la mitad de la población ha sido desplazada, lo que causó una ola de refugiados a los países vecinos y la Unión Europea. De hecho, la contienda siria por sí sola ha bastado para cambiar el gráfico del conflicto -y la trayectoria ascendente se vuelve aún más pronunciada cuando se incluyen las muertes en Irak, Yemen y Libia.

Aquellos que clamaron la Primavera Árabe hace cinco años ahora deben reconocer que sus retoños murieron rápido. Sólo Túnez tiene credenciales democráticas razonables, mientras que Libia, Yemen y Siria se sumaron a Somalia en la categoría de estados fallidos, y Egipto, el país más poblado del mundo árabe, se ha convertido en una autocracia que raya con la dictadura.

La pregunta es cuándo la tendencia volverá a revertirse -si es que esto sucede alguna vez-. Gracias esencialmente a organismos multilaterales como las Naciones Unidas, los estados rara vez entran en guerra con otros estados (la breve guerra de Rusia con Georgia en 2008 es una excepción que confirma la regla). De la misma manera, gracias a la UE -que recibió el Premio Nobel de la Paz en 2012 porque «durante más de seis décadas había contribuido al progreso de la paz y la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa»- otra guerra franco-alemana es inconcebible.

Por el contrario, las guerras son entre estados y actores que no son estados -entre, digamos, Nigeria y Boko Haram, o entre India y sus insurgentes naxalitas-. O son guerras civiles -por ejemplo, en el sur de Sudán o Libia-. O son batallas indirectas del tipo que caracterizaron a la Guerra Fría -vale de prueba el despliegue por parte de Irán en Siria de combatientes del grupo libanés Hezbollah para defender al régimen de Bashar al-Assad.

Más allá de cuáles sean las diversas, y muchas veces superpuestas, causas del conflicto -ideología, religión, etnicidad, competencia por recursos-, el general prusiano Carl von Clausewitz hace dos siglos dio la respuesta más sucinta a la pregunta de por qué recurrimos a la violencia: «La guerra es un acto de fuerza que intenta obligar al enemigo a someterse a nuestra voluntad».

Ahora bien, ¿la fuerza por sí sola puede provocar la sumisión del Estado Islámico o el fin del extremismo yihadista en el mundo musulmán? Hay dos motivos para poner en duda que esto sea posible. Uno es la reticencia de las potencias externas militarmente fuertes, ya sea Estados Unidos como sus aliados de la OTAN o la Rusia de Vladimir Putin, a «poner botas en el terreno» después de sus experiencias dolorosas en Irak y Afganistán (un desastre para la Unión Soviética en los años 1980 y en este siglo para Estados Unidos y la OTAN).

El segundo motivo es el atractivo subyacente del mensaje islamista para muchos de los 1.300 millones de musulmanes en el mundo. Los estados nación del mundo árabe son inventos coloniales, que sustituyeron a los califatos -omeya, abasí, fatimí y finalmente otomano- que alguna vez propagaron la civilización desde la Mesopotamia hasta el Atlántico. Cuando Abu Bakr al-Baghdadi en junio de 2014 anunció un nuevo califato, y se autoproclamó el «comandante de los fieles», tocó una fibra sensible. Es más, la brutalidad de su Estado Islámico fundamentalista a muchos no les parece muy diferente del comportamiento de Arabia Saudita, que ha pasado décadas desplegando su fundamentalismo wahabi por las mezquitas y las madrazas del mundo.

En otras palabras, el mensaje debe cambiar si queremos que la paz regrese al mundo musulmán. Eso no sucederá pronto. Arabia Saudita, sunita, primero tendrá que moderar su antipatía por los musulmanes chiitas en general y por Irán, de mayoría chiita, en particular. Mientras tanto, el Estado Islámico tiene gente, dinero, territorio y experiencia militar (que obtuvo, en gran medida, de ex oficiales del ejército iraquí).

Arabia Saudita finalmente terminará admitiendo que necesita de la ayuda de Irán para derrotar al Estado Islámico. Y el Estado Islámico finalmente terminará implosionando cuando sus súbditos exijan el derecho a escuchar música y a comportarse como quieran. Es triste que «finalmente» sea la palabra clave. El instinto de Arabia Saudita, nacido en la antipatía centenaria entre árabes y persas, es ver a Irán como una amenaza que hay que enfrentar más que contemplar. En cuanto al Estado Islámico, Corea del Norte es prueba de que los regímenes brutales pueden ser muy perdurables. Mientras tanto, el gráfico de las muertes como consecuencia del conflicto seguirá arrojando una curva ascendente, burlándose de los diplomáticos, los conciliadores y las pretensiones del mundo de humanidad y civilización.

John Andrews, a former editor and foreign correspondent for The Economist, is the author of The World in Conflict: Understanding the World’s Troublespots.

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