Más intereses, menos pasiones

Por Vicenç Villatoro, escritor (EL PERIÓDICO, 20/01/06):

En las relaciones entre Catalunya y España se entrelazan conflictos de intereses y conflictos de pasiones, y en principio es más fácil negociar intereses que pasiones. Cuarenta académicos e intelectuales reunidos este fin de semana en Barcelona, venidos de casi todas partes de la península, se pusieron más o menos de acuerdo en un diagnóstico de este tipo ante un problema que ha atravesado los últimos 100 años de historia de España y que ahora ha vuelto al primer plano con el lío en torno al Estatut. Digo que se pusieron –nos pusimos– de acuerdo en torno a este diagnóstico sobre intereses y pasiones, pero el acuerdo no llegó a mucho más. No hubo acuerdo ni en cómo gestionar los intereses ni mucho menos en cómo gestionar las pasiones. Para unos, las reacciones contra el Estatut han sido desmesuradas. Para otros, lo desmesurado es el propio Estatut. Para unos, el nacionalismo español es una antigualla fósil prácticamente inexistente. Para otros es una realidad viva y rampante, que te encuentras cada día en los papeles, el dial y la Constitución. Para unos, el Estatut es una solución. Para otros, un problema. Pero si compartimos una parte del diagnóstico, algo habremos avanzado. Podemos subdividir el llamado problema catalán en un conflicto de intereses y un conflicto de pasiones, y es mejor empezar por los intereses. De acuerdo. No es un escenario ingrato para el catalanismo. Vamos a intentar resolver el conflicto de intereses que forma parte importante del contencioso catalán, que es a la vez –aunque Quevedo pensase lo contrario– por el huevo y por el fuero. Uno de los intelectuales presentes definió los intereses con una típica metáfora: a los ciudadanos no les preocupa quién hace las carreteras, lo que les importa es que se hagan. Pues bien, buena parte de los ciudadanos de Catalunya tienen la sensación, hoy, que las carreteras que necesitamos no se hacen. Empecemos, pues, por los intereses. Los catalanes, nacionalistas y no nacionalistas, necesitamos para nuestro progreso y nuestro bienestar que reviertan sobre nuestra sociedad en forma de servicios los impuestos que pagamos. Y tenemos la sensación de que esto no sucede. No es un problema sólo de financiación autonómica. Son como mínimo cuatro problemas mal resueltos: cómo se financian las instituciones catalanas; cuánto gasta el Estado directamente en inversiones en Catalunya; quién decide qué se gasta, dónde y cómo, y quién determina los límites en cantidad y duración de las aportaciones a la solidaridad. Todo esto son intereses, no pasiones. Es física, no metafísica. Y esto está, en la percepción de la mayoría de los catalanes, mal resuelto. La financiación, el déficit fiscal y la posibilidad de decidir por nosotros mismos. ¿Queremos discutir los intereses? Pues hay margen. Mucho margen. El catalanismo tiene un proyecto de defensa de los intereses catalanes, y el Estatut, mejor o peor, lo recoge.

PERO EL debate Catalunya-España es también de pasiones. Josep Ramoneda decía acertadamente que el terreno de juego político debe ser el lugar de encuentro y desencuentro de las pasiones. Pero es cierto que los problemas de pasión son más difíciles de resolver. Algunos pedimos en el encuentro de intelectuales un proceso de desarme multilateral y simétrico de pasiones. Estos desarmes suelen ser el camino hacia la derrota. Pedir un desarme multilateral siempre queda bien, porque cada una de las partes está convencida de que la otra es la que está de verdad armada. Todas tienden a ignorar sus armas. Y aún más los nacionalismos de Estado, que precisamente porque son de Estado se convierten en imperceptibles, en inadvertidos, en transparentes. Si se pide al nacionalismo catalán que se centre en la discusión de los intereses y que quite hierro a las pasiones, y se le ofrece un proceso de desarme mitológico y pasional simultáneo y simétrico por parte del nacionalismo español, yo creo que el catalanismo podría aceptarlo. Y que haría un buen negocio. En el campo de los intereses, tenemos mucho por mejorar, mucho camino por recorrer. Un catalán que no sea identitariamente catalanista, pero que quiera defender el nivel de progreso y bienestar de Catalunya, no puede estar contento con el status quo. Pero también debemos dar salida a las pasiones. Y si la salida es intentar por las dos partes rebajar tensión y situarnos en un punto equilibrado, simétrico, el catalanismo también tiene mucho camino por recorrer, pero también por recibir. España tiene margen para cambiarse sin romperse. Reconocimientos simbólicos, políticos y económicos que hoy se presentan como fórmulas para desmembrar España se aplican –incluso con más ambición– en otros estados que nadie cree que se estén desmembrando. La reforma no es una amenaza de ruptura. Y una ruptura pactada siguiendo cauces inequívocamente democráticos tampoco sería el fin del mundo.

¿LOGRAREMOS este punto de encuentro, este espacio de intersección entre el catalanismo y el españolismo? Lo veo difícil. En Catalunya son mayoría los ciudadanos que creen que existe un problema mal resuelto, para sus intereses y para sus pasiones. Por eso los partidos nacionalistas ganan las elecciones, los partidos de ámbito estatal tienen en Catalunya formaciones con personalidad propia y el Parlament aprueba con el 90% de los votos cosas que en el resto de España suenan a desmesuradas. Por el contrario, en el resto de España, en general, se considera que no hay problema, que el Estado de las autonomías tal como está es un invento fantástico y que nos podríamos quedar todos tan ricamente como estamos. Para quien cree que existe un problema, el Estatut es una posible solución. Para quien cree que el problema no existe, el Estatut es un engorro.