Más que un cambio histórico

Si nos quedase alguna duda de que hemos cambiado no de siglo sino de era, la reanudación de relaciones entre Estados Unidos y Cuba nos lo confirma. El término «histórico» está demasiado desgastado para usarlo de nuevo, por lo que prefiero rotular la fecha como «el día que se acabó definitivamente la Guerra Fría», que tuvo en Cuba uno de sus puntos candentes, estando a punto de llevarnos a la Tercera Guerra Mundial con la crisis de los misiles en 1962 y hubiese significado la destrucción de buena parte del planeta. Una guerra, la fría, que ganaron los Estados Unidos por abandono del contrario, la Unión Soviética, al reconvertirse en Rusia, pero de la que quedan aún focos abiertos, con capacidad de crear problemas a unos y otros. Corea del Norte e Irán son todavía dos de ellos y puede que sigan siendo durante algún tiempo, ya que Asia es el escenario del nuevo campo de batalla. Pero el de Cuba se cierra. Se cierra, además, del modo más súbito, inesperado y vulgar, todo al mismo tiempo, con un canje de espías, tras muchos meses de negociaciones en las que intervino nada menos que el Papa. Aunque la mayor sorpresa es que se cierra de mutuo acuerdo, simbolizado por el anuncio simultáneo de ambos presidentes, sin que ninguno de los cuales alardeara de victoria. Más bien al contrario, con lejano aire de derrota. «Hay que aprender a convivir con nuestras diferencia», dijo Raúl Castro. Mientras Obama admitía: «El aislamiento (léase embargo) no ha dado frutos». Lo que no va a impedir que en uno y otro bando se alcen voces atribuyéndose la victoria, como ha hecho un Maduro que debe sentirse hasta cierto punto abandonado. Lo que espera todo el mundo es qué va a decir Fidel. De momento, no ha dicho nada y es posible que no lo haga, aunque debe costarle. De aquellos sueños de extender su revolución por todo el continente americano, liberándolo de la bota yanky, ¿qué ha quedado? Suponemos que ha renunciado hace tiempo a ello, pero ¿había pensado que vería la apertura de una embajada USA en La Habana y, algo bastante peor, el desembarco del gran capital, de los productos, de las modas, de las ideas norteamericanas, a las que combatió a lo largo de su vida. No van a llegar de la noche a la mañana, pero que esa invasión, mil veces más peligrosa que la de la Bahía de los Cochinos, llegará a Cuba, no queda la menor duda, tras levantarse el embargo y restablecerse los lazos comerciales que ambas partes buscan, absolutamente necesarios para que la isla salga de la economía del trueque que hoy tiene y empiece a crecer. Con el riesgo adicional de que, si no se permite, ¿cómo van los castristas a justificar el desabastecimiento y el subdesarrollo que sufren, una vez levantado lo que ellos llamaban «bloqueo»?

El paso dado por los dos políticos tiene riesgos para ambos. El Partido Republicano, que controlará el Congreso a partir del próximo enero, ya ha mostrado su disconformidad con las medidas y advierte de que no deberían haberse tomado «hasta que el pueblo cubano recupere su libertad». Y falta por oír a los más radicales, los que quieren ver limpia la isla de todo resto del castrismo, entre los que se cuentan las más tradicionales asociaciones de exiliados en Miami, aunque han ido perdido fuerza a medida que las nueva generaciones, nacidas ya aquí, adoptan posturas mucho más flexibles ante la cuestión. De todas formas, su líder más destacado, Marco Rubio, candidato a la Presidencia por los republicanos, ya ha dicho que la política norteamericana hacia Cuba no debe «cambiar hasta que cambie la política cubana». Pero Obama, ya liberado de todo compromiso electoral hasta el fin de su mandato, está resultando mucho más audaz de lo que ha sido a lo largo de su mandato, como si se diera cuenta de que el peligro para su país y el mundo ya no viene de Cuba, ni del comunismo, sino de un islamismo infinitamente más amenazador y antioccidental (a fin de cuentas, el comunismo es una vieja idea en Occidente y la pusieron en marcha Marx y Engels con su manifiesto). Como Raúl Castro sabe que, acabada la ayuda soviética y siendo cada vez más escasa la venezolana, su país está condenado a una agonía lenta y angustiosa. Lo único que puede hacer es dar al Castrismo un entierro decente, que es, según todo apunta, lo que intenta.

No le va a ser fácil. Sólo enumerar los problemas pendientes en una normalización de relaciones Cuba-Estados Unidos nos muestra la magnitud de la tarea. ¿Qué se hace con las propiedades de los exiliados? ¿Qué destino se da a las empresas estatales, en bancarrota la inmensa mayoría de ellas? ¿Qué va a sobrevivir y qué va a desmantelarse del régimen castrista, que alcanza hasta los últimos rincones del país? En la Europa del Este fue relativamente fácil con el envío de todo ello a la chatarra y la conversión del comunista en un partido más, no desde luego entre los preferidos, al menos de entrada. Pero en la «Perla del Caribe» va a ser mucho más difícil, por haber hincado raíces más hondas, sobre todo entre la población de color, entre los intelectuales orgánicos, entre el ejército y las fuerzas de seguridad. Y no quiero decirles nada si bajamos a los problemas personales, como las reparaciones de todo tipo que pueden pedirse. Esperemos que se imponga la prudencia por ambas partes, porque un ajuste de cuentas llevaría a la isla a una confrontación no beneficiosa para nadie.

Va a ayudar el «cambio de era» del que hablaba al principio. Lo que vivimos ayer era inimaginable hace treinta, veinte, incluso diez años, pero a estas alturas ya todo es posible, mejor dicho: es lo único posible, pues la realidad lo impone. Solucionar los problemas racionalmente, con las consiguientes concesiones, es una exigencia para poder hacer frente al enemigo común que, como los nuevos bárbaros, amenaza hoy a todo el mundo, dispuesto a darle la vuelta e imponer el más descarnado de los totalitarismos. Estoy hablando del yihadismo, del nacionalismo, del populismo, basados en el monopolio de la verdad, la conquista violenta del poder y la exclusión de cuantos no comulgan con su doctrina política, dogma religioso o etnia tribal. Se trata de auténticos enemigos de la humanidad, como nos muestran a diario.

Y llegado a este punto, no puedo resistir la tentación de preguntar en voz alta por qué pueden norteamericanos y cubanos entenderse pese a estar tan distantes ideológicamente y no pueden entenderse los dos grandes partidos españoles para hacer frente a los mismos problemas que tiene hoy el mundo civilizado.

La única respuesta que encuentro es que, en efecto, somos diferentes. Pero no en el sentido que solemos darle.

José María Carrascal, periodista.

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