Más unos pequeños delincuentes que unos islamistas

Los atentados perpetrados en París, el 7 de enero, en nombre del islam, solo pueden suscitar horror y reprobación. Solo podemos unirnos al movimiento colectivo en Occidente a favor de la libertad de expresión y contra el antisemitismo. Pero ¿es posible en este clima de unanimismo reflexionar sobre la mejor respuesta posible a estos atentados? Proclamar que «París es la capital del mundo» y que el ataque contra una tienda de alimentación kosher pone de manifiesto «el regreso del antisemitismo», como ha hecho el presidente François Hollande, o declarar como el primer ministro Manuel Valls que las democracias están «en guerra contra el islam radical», son eslóganes y posturas, como tantos otros, en los que el análisis brilla por su ausencia.

Más unos pequeños delincuentes que unos islamistasPeor todavía, los eslóganes dan satisfacción a los terroristas al otorgarles una especie de grandeza y de legitimidad; las más altas autoridades del Estado y las multitudes que han desfilado en toda Europa están confiriendo a estos tres pequeños delincuentes de los suburbios la nobleza ideológica y religiosa que pretendían encarnar. Sin duda, entendemos que haya que manifestar una vez más la indignación y la solidaridad con las víctimas, pero ¿debemos negar por ello la realidad? Los «terroristas» no eran más que unos delincuentes de poca monta parisinos a quienes el islam de pacotilla difundido por internet aportaba un traje de escena y una teatralización de su banalidad. Al centrarnos en sus proclamaciones, evitamos reflexionar sobre su origen y su trayectoria, y acusamos a unos conceptos inaprensibles, como el islam radical y el antisemitismo, en lugar de mirar en nuestro patio trasero para averiguar cómo y de qué nacieron estos criminales. Los tres crecieron en el caldo de cultivo propicio de los barrios periféricos franceses, vivían del hurto más que ejerciendo una profesión, se movían por unos barrios llamados sin ley en los que la Policía no penetra, y han pasado por la cárcel, que es la universidad de la delincuencia y de la radicalización islamista. Su estancia en prisión, como es costumbre en Francia, fue demasiado breve para que estos pequeños delincuentes permaneciesen aislados de forma duradera.

Que no nos extrañe que a los tres compinches, rechazados por la sociedad francesa, se les idealice como a héroes en los barrios de los que proceden, de la misma manera que Osama bin Laden, después de los atentados del 11 de septiembre, se convirtió en el Robin de los Bosques de la juventud árabe. El antisemitismo y el islam radical son, evidentemente, odiosos, pero las etiquetas no deberían servir para ocultar las circunstancias sociales de la producción delictiva; un millón de jóvenes franceses de origen africano y magrebí «se pudren» (es su vocabulario) en unos barrios sórdidos, sin colegios, sin leyes y sin empleo. Ningún gobierno, ni de derechas ni de izquierdas, ha propuesto o aplicado nunca una política fuerte y continua para eliminar esas condiciones objetivas que transforman a unos desamparados en pequeños delincuentes y a unos pequeños delincuentes en terroristas. Y, por desgracia, esto se comprueba en todas las capitales en Europa. El tildar de antisemitas y de islamistas a estos delincuentes de poca monta es, en resumidas cuentas, una manera cómoda de no plantearse preguntas sobre la ecología social del antisemitismo y del islamismo. Pero ¿son siquiera apropiados los términos antisemitismo e islamismo?

El antisemitismo en Francia fue, durante siglos, la doctrina de la Iglesia, y luego la ideología de la burguesía conservadora, de la intelligentsia nacional, y, por último, la ley en el Estado de Vichy. El antisemitismo fue mucho más que el odio hacia los judíos, y este antisemitismo institucional en Francia ha desaparecido. El hecho de calificar una toma de rehenes en una tienda de alimentación kosher de acto antisemita me parece que es ignorar lo que fue el antisemitismo y confiere a un acto criminal aislado una profundidad histórica que el pequeño delincuente de la Puerta de Vincennes ignora por completo.

El uso del término «islamismo radical» me parece igual de peligroso, ya que supone que el islamismo deriva del islam, lo que todavía no está demostrado. La práctica totalidad de las autoridades y de los dirigentes religiosos en el mundo musulmán no han dejado de desvincularse del islam radical, pero se les escucha poco. Sin embargo, resulta palmario y evidente que los terroristas islamistas como los tres pequeños delincuentes parisinos no son más que musulmanes de pacotilla, «convertidos» por y discípulos de un imán autoproclamado, estadounidense, que emigró a Yemen.

En vez de utilizar un vocabulario que remite a unas categorías conocidas, y por tanto tranquilizadoras, más valdría describir esta nueva violencia con unas palabras adecuadas para evitar equivocarse en el análisis y en las soluciones. El filósofo francés André Glucksmann propuso, tras el 11 de septiembre de 2001, calificar a estos atentados de «nihilistas», y era acertado porque estos atentados no servían para nada. George W. Bush quiso darles un significado racional al enmarcarlos en una «guerra contra el terrorismo» y se enredó en una sucesión de conflictos a raíz de su equivocación en el análisis. Convendría no repetir el mismo error después de los atentados de París porque nos enfrentamos a unos criminales nihilistas en busca de una causa, pero no es la causa –antisemitismo e islam radical– la que origina su crimen. La causa solo es la etiqueta. Observemos más bien lo que hay en el fondo del tarro. Ese tarro nauseabundo está lleno de malos colegios, de policías desencantados, de un mercado laboral cerrado por un exceso de normas, de zonas sin ley, de cárceles que son escuelas de la delincuencia y de políticas de inmigración no aplicadas. La limpieza del tarro en Europa no eliminaría el terrorismo, pero limitaría su capacidad de reclutamiento. Evidentemente, es más fácil y glorioso manifestarse en contra del terrorismo que hacer una limpieza en casa.

Guy Sorman

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