Mas y Díaz

Me da miedo Susana Díaz porque cada día se parece más a Artur Mas. Sospecho que ambos políticos, a los que les separan indudables posiciones ideológicas, tienen un parecido concepto de patria. Y lo juegan políticamente. Y uno se teme con buenas razones que lo hagan en busca de su propio beneficio, de su carrera pública. Díaz se identifica con Andalucía como Mas se identifica con Cataluña, dando la impresión de que se arrogan el derecho de interpretar en sus personas las esencias del andalucismo y del catalanismo, con un fondo de sevillanas y sardanas para calentar los ánimos de los compatriotas.

Lo de Mas queda fuera de dudas. O digamos mejor: lo de Convergencia. Y viene de antiguo, viene desde aquellos días en que al honorable Pujol, cuando se le sacaban las cuentas sobre posibles tropelías financieras, se envolvía en la señera. A tanto no ha llegado su sucesor, pero sigue lo mismo: estar contra la independencia es estar contra Cataluña, sacar sus trapos sucios es atacar a Cataluña, hablar de corrupción entre las filas independentistas es una forma de segar la hierba bajo los pies al proyecto catalán…, suma y sigue. Lo que sucede es que, tras la pantomima del referéndum y la derrota de su banal convocatoria, el plumero de Mas ha quedado al descubierto y el propio presidente comienza a tomar distancias de su particular radicalismo, en tanto que su aliado circunstancial, Esquerra Republicana, pretende ahora que ponga sus cuentas sobre la mesa. Y eso, quizás, es ya demasiado pedir por parte de Junqueras.

Susana Díaz debería de reflexionar mucho y muy despacio a propósito de Mas y Cataluña. Sobre todo porque «su» Andalucía ha tenido históricamente, y tiene todavía, mayor vocación universalista que provinciana. Blas Infante estaba muy bien: pero para darle los colores a la bandera y al Betis, no para crear las bases de una nación andaluza. Yo no digo –¡Dios me libre de tamaño desafuero!– que la señora Díaz vaya a alzar la voz en nombre de la independencia de su tierra, entre otras cosas porque creo que se daría un monumental bofetón. Pero sí que observo en ella una tendencia irrefrenable a convertir su patria chica en un fortín inexpugnable.

Me explico: desde que la política española ha comenzado a deslizarse hacia el final del bipartidismo –y quien no lo vea es que está ciego–, se cruzan las apuestas para ver cuál de los dos grandes partidos será el más castigado por los votos. Y todo apunta, en este momento, a que el gran batacazo le puede caer al PSOE. A Pedro Sánchez le buscaron hace meses como solución para cubrir un vacío, pero no como el hombre para enfrentarse a una crisis política de enorme calado, en la que se juega el ser o no ser del partido. El PSOE está más lleno de problemas que la maleta de la juez Alaya de papeles. A Susana Díaz le han sonado de pronto las alarmas.

¿Por qué ha convocado elecciones autonómicas de forma casi inmediata? A mí, lo de la ruptura con IU de Andalucía me suena a oportuno pretexto. Díaz ha olido la derrota que espera a su partido en las próximas convocatorias electorales, si las cosas no cambian, y ha decidido construir su entramado defensivo. La reflexión es sencilla: el PSOE casi siempre ha ganado en Andalucía o al menos ha logrado la mayoría de los votos, y allí mantiene una estructura sólida y fiable, con un electorado más leal que una cofradía de Semana Santa a la Virgen de turno. Con Podemos pillado por sorpresa y sin apenas estructura de partido en la región, con el PP sin ser capaz de vencer por K.O. al socialismo en tierras machacadas por el «señoritismo» tradicional, la victoria del PSOE resulta allí más que probable. Y cuando lleguen los desastres del socialismo en otras autonomías y Sánchez se despeñe en las generales, ahí quedará Díaz, firmemente asentada en su fortín, siempre preparada para decirles a los españoles que en «su» Andalucía, su tierra, su nación y su patria amada, está el reducto desde el que reemprender la Reconquista. De modo que, en unas elecciones previas a todas las que se celebren en el país durante este 2015, el PSOE tiene una buena probabilidad de una Díaz victoriosa, en tanto que, para recibir los guantazos en las narices, Sánchez cuenta con todas las papeletas.

Yo creo , no obstante, que Sánchez es más despabilado de lo que aparenta y ha visto venir la jugada. Y su estrategia de hoy cosiste en abrir un doble frente a Díaz: radicalizar su partido como posible única alternativa al PP –dejando sola a Díaz en la trifulca con Podemos– y presentarse como un partido con sentido de Estado al formalizar acuerdos con el Gobierno de Rajoy, como el reciente suscrito contra el yihadismo. O sea, que viene a decirle a Díaz: tú pelea con los lobos, lo mío es cosa de elefantes.

Pero el supuesto juego de la líder andaluza resulta al mismo tiempo peligroso para un país que cree injusto el reparto del costo social y económico de la crisis y en el que, si bien dormidos, palpitan los rescoldos de un rencor teñido de nacionalismo que no acaba de apagarse. Hace unos días, en un obituario en memoria de no recuerdo quién, leía al necrólogo de turno esta frase sobre el muerto: «Era extremeño de nascencia y de querencia». Me quedé pasmado y me pregunté: ¿seré yo un madrileño de lo mismo?, ¿y quién sera mi líder?

El nacionalismo es una enfermedad cuyos síntomas principales son la manía en encamarse con sábanas propias, aunque estén sucias –que conste que no es una metáfora sobre Pujol– y negarse a entender cualquier cosa que no tenga nada que ver con su «nascencia». Pero es una enfermedad contagiosa que, en ocasiones, en el curso de la historia, ha traído asoladoras pandemias con el consiguiente número de víctimas.

Díaz haría bien mirándose en el espejo de Mas, para romperlo luego como la madrastra de Blancanieves.

Javier Reverte, escritor.

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