Máster y doctora(n)do en aparentar

Desde que se destapó la trama del Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos con el caso Cifuentes, los españoles hemos descubierto que una parte de la clase política (y lo que no conocemos aún…) ha estado utilizando las titulaciones universitarias como uno más de los órganos vitales de un país susceptibles de ser parasitados y puestos al servicio de sus caprichos personales.

La obtención de títulos como prebendas es una práctica corrupta que presenta características habituales y fácilmente reconocibles.

En primer lugar, se observa la parasitación de una institución y la perversión de sus objetivos para extraer -cual sanguijuela- beneficios privados o partidistas. Hablamos estos días de cierto instituto universitario, pero el mismo modus operandi lo hemos visto con ministerios, medios de comunicación, empresas estratégicas del estado o altos tribunales.

En segundo lugar y como resultado de la infección, se produce el desprestigio de la institución en su conjunto. Algo que, en el caso del sistema público de universidades, es de una irresponsabilidad terrible, ya que hablamos de dañar el buen nombre de un patrimonio común construido a lo largo de los siglos y nuclear para el desarrollo de un país moderno.

El tercer y último elemento que presenta la fabricación en serie y posterior obsequio de títulos universitarios a alumnos vip y que es común a cualquier actividad corrupta es la indignación que ello genera entre la gente honesta y trabajadora.

Miles de alumnos invierten los ahorros de su familia y muchos años de esfuerzo para formarse y obtener un título que les permita prosperar en la vida. Miles de investigadores y profesores se matan a trabajar preparando e impartiendo clases, sacando adelante proyectos de investigación de primer nivel mundial o dirigiendo y evaluando tesis doctorales y de fin de máster serias y de verdad. La indignación de todas estas personas -y, de hecho, de toda la sociedad- cuando se destapa la trama de los parásitos es natural, es justa y es lo mínimo.

Lo interesante del tema de los títulos universitarios es que suma a estos tres elementos un cuarto: un afán insano por aparentar lo que uno no es. Algo que produce verdadera vergüenza ajena y define a los protagonistas de la historia.

Porque, más allá de que una jueza haya encontrado indicios de prevaricación y cohecho impropio en la persona de Pablo Casado por su máster de la Rey Juan Carlos, no debemos olvidar esos otros «másteres» que mostró -jactancioso- a los periodistas y que luego descubrimos que eran cursos de unos pocos días, sin examen y que donde ponía Harvard realmente quería decir Aravaca.

Y qué decir del ridículo que ha hecho esta semana Albert Rivera con su «Doctorando en Derecho» (sic). Cualquiera que haya pasado cinco minutos en una universidad sabe que un doctorando no es ni un título… ni medio título. Un doctorando no es un doctorado a medio hacer. Es un ser humano que actualmente está cursando un doctorado.

Sorprende y avergüenza este afán por exagerar los propios méritos y aparentar lo que uno no es. Sorprende y avergüenza, pero solo en parte. Porque, al fin y al cabo, ¿no es exactamente eso en lo que ciertos políticos basan su discurso y sus campañas?

Un montón de mentiras mezcladas con medias verdades, un traje caro para parecer solvente y una sonrisa profidén para la foto del currículum.

Pablo Echenique

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